lunes, 10 de septiembre de 2007

1. Uno

Uff… que difícil empezar a escribir un libro. Bueno, tendría que presentarme. Antes de decirles mi nombre les voy a decir quién soy. O quién no soy mejor: no soy normal. No soy una mujer a quien las cosas le fueron difíciles en la vida, nunca me tocó sufrir problemas de dinero, ni problemas de divorcios de padres, ni problemas escolares, digamos que siempre tuve una vida lo suficientemente calma como para aburrirme hasta límites insospechados. Lo cual no quiere decir que haya tenido una vida perfecta: muy por el contrario: creo que tanto aburrimiento y tanto “no pasa naranja” me llevaron a angustiarme por la nada misma. Bueno, tendría que tener un par de charlas más con Néstor que es quien verdaderamente sabe de qué color es el repollo.
El tema es que en vez de jugar a las Barbies yo leía cuentos. Infantiles y no tanto. Recuerdo tomar los libros que mis padres dejaban olvidados encima de mesas o pianos. Pero por sobre todas las cosas: no tenía amigas. Literalmente y no estoy exagerando, no tenía una puta amiga. Siempre fui demasiado buena, creo que ese fue mi problema. Lo que decían de mí me afectaba absolutamente demasiado y, seamos sinceros, los comentarios de los infantes pueden ser muy destructivos. Sobretodo si tenés doce años y pesas 64 kilos.

Sí. 64 kilos. Medía poco más que un ficus enano y ya pesaba más que mi viejo. Era candalosamente gorda. Abominable. Bueno, no tanto, pero esa imagen pensaba YO que los DEMÁS tenían de mí. Hasta hace poco creí que mi imagen personal era buena, que mi autoestima era elevada y reposaba en límites correctos o esperados. Pero después me di cuenta de que no era que no tenía amigas porque era gorda: sino que era gorda porque no tenía amigas. Espero que se entienda. Es decir, no me gusta explicar mucho todo. Soy más de tirar y esperar a que se entienda, pero como recién estamos empezando, prefiero explicar, solo por las dudas. En realidad yo no me veía mal, pero sí me sentía mal entonces todo lo que hacía era COMER. Mis compañeras del colegio jugaban a la soga y yo comía, mis compañeros jugaban fútbol y yo comía, ellos eran perfectos alumnos y yo comía. Mientras ellos juntaban flores yo me enamoraba estúpidamente de Federico Rodríguez, un compañerito con anteojos que nunca me iba a dar bola. Simplemente porque pesaba 64kgs y seriamente: porque era rara. Y sí. Era la preferida de los profesores, nunca faltaba a clases, me pasaba los recreos caminando sola por el colegio sin emitir palabra y tocaba piano como los dioses.
Una nena que creció leyendo Bécquer mientras sus compañeras jugaban a ver quién se pintaba los labios del color más lindo, no es normal. Y nunca invité a una amiga a mi casa, nunca, nunca, nunca. Nunca me llamaron por teléfono (quizás de ahí mi quasi- fobia telefónica). Pero no exagero. Creo que ni yo me sabía mi teléfono de memoria. Bueno, era rara, simplemente, atrozmente rara. No solamente porque no tenía los mismos hábitos que todas las demás sino que era bastante acomplejada gracias a mis viejos y compañeritos del colegio.
Dos ejemplos rapidísimos:
Verónica. ¡Cómo olvidarte! En algún momento pensé que era mi amiga. Resultó ser una imbécil, como todas las demás. Y además, protagonista de uno de los peores recuerdos del maldito primero colegio al que fui. Ella delgada y morena. Yo cuasi obesa y blanca como los dientes de mi gato. Una profesora pidió a alguno de los alumnos que le alcanzase por favor la guitarra que estaba detrás de un mostrador de madera. Para acceder a la guitarra había que pasar por un estrecho (bueno, no tan estrecho) espacio entre pared y mostrador. Yo, voluntariosa y alumna predilecta, me levanté para alcanzar la guitarra y sucedió lo obvio. No pasé. Era un tanque, admitámoslo. Verónica, morocha, graciosa, con una sonrisa resplandeciente y delgada como una arruga se acercó dando saltitos al cántico de: “yo voy a Slim, voy a Slim, yo voy a Slim, voy a Slim”.
¿Qué más puedo agregar? Slim es una empresa de farsantes que dicen que te hacen adelgazar con geles y masajes extraterrestres y Verónica es una pelotuda por cantar esa canción con una chica obesa al lado. Y alcanzó la guitarra. Y yo me puse colorada. Y a llorar, supongo. Invento, porque no me acuerdo. Es imposible, si me acordara de todas las humillaciones por las que pasé no tendría que estar viva en este momento. Bueno, como si no hubiera intentado auto-eliminarme.
Enrique. Esta es la peor. Todavía no les conté pero me cambié de colegio cuatro veces. Verónica y Enrique pertenecen a mi primer colegio. Yo ya me había cambiado al segundo colegio pero como mis primas seguían yendo al primero, decidí pasar a visitar. Sobretodo porque después de intentar convencerme para que no me cambien las maestras no tuvieron mejor idea que pedirme que las fuera a visitar. Entonces fui al maldito Pedagógico y sentí el olor de la humillación. Estaba más gorda que nunca. Me habían crecido unos pechitos de grasa que eran bastante desagradables. Era verano pero tenía vergüenza de mostrar mi cuerpo entonces tenía una remera de mangas largas. Todavía no usaba corpiño así que mis tetitas eran absolutamente antiestéticas. Me sofocaba el calor. No miento, me sofocaba. Entré sigilosamente al aula y no había nadie. Fui al patio y los vi a los chicos jugando al fútbol: sorpresivamente estaban acompañados de las chicas. En mi cabeza y hasta ese momento siempre había sido muy femenina, o al menos creía que lo era. No se me cruzaba por la cabeza la idea de jugar al fútbol, eso es cosa de hombres. Me invitaron a jugar y me negué (otra vez excluida). Me quedé sentada cortando pastito del patio del colegio; y digo patio para no tener que explicar que eran varias hectáreas de hermoso parquizado, lleno de árboles, pinos y demás. Después todos se fueron a trepar árboles: peligro. No sé trepar árboles. Es decir, sí sé, pero nunca me animaba. Tenía la estúpida idea de que el árbol no iba a poder soportar mi peso. Y de hecho... sentía que las ramas se derretían debajo de mí. Es por eso que otra vez, mientras todos los demás subían a los árboles y jugaban a ver quién llegaba más alto, yo quedaba excluida. Abajo. Con las hormigas. Y los seres humanos arriba. Y yo abajo.

El tema es que después se cansaron de los árboles y caminamos todos juntos por entre los árboles arrancando hojitas y pastos y buscando flores de sapo (así les llamábamos a las amarillas chiquitas q apestan). Me sentía bien. Todos estábamos abajo. Cuando de repente Enrique no tuvo mejor idea que hacer un comentario filoso. ¿Ya les dije que me gustaba Enrique? Por eso cuando me miró y abrió la boca mi corazón se empezó a mover con más ganas (además de que estaba caminando a una velocidad considerable para mis 64 kgs. de grasa). Enrique me miró y me dijo: “Y pensar que cuando éramos chicos eras la más linda. Eras hermosa”. Yo me sonrojé y dije bajito “gracias”. Entonces Enrique prosiguió: “¿Cómo cambia la gente, no?”.
Mi mundo se disolvió. Esperé unos cuantos minutos antes de ponerme a llorar. Esperé estar sola, claro. Quizás si alguna vez después de este libro me cruzo de nuevo con Enrique o Verónica o alguno de los otros, me digan que no recuerdan para nada estas anécdotas. Así es el ser humano: subjetivo y con memoria selectiva. No recuerdo mucho acerca de ese colegio ni de sus integrantes; pero cuando mucho después me preguntaban por qué era anoréxica y no me creían que había sido gorda, yo pensaba para mis adentros: “ja... pregúntenle a Verónica o a Enrique”.

Y siguiendo con mis traumas, recuerdo a mis viejos. No es que nunca me hayan apoyado, nada que ver. Siempre dispuestos a ayudarme y cumplirme los caprichos. Soy la perfecta caracterización de la hija única de padres de clase media-alta argentina con descendencia italiana y española. Bueno, hija única fui hasta los 5 años cuando se le ocurrió nacer a mi hermano. En fin, la cosa es que nunca dejé de ser hija única, no porque mis hermanos no existieran sino porque yo tengo siempre diferentes necesidades. Me llevo 5 años con mi hermano y 6 con mi hermana, es decir: nuestras necesidades son diferentes.

Escena 3. noche. Comedor diario.

Sentados a la mesa mis viejos, mis hermanitos y yo. 13 años tenía en ese entonces. Seguía pesando 64, claro.
“dejá la mayonesa”- dijo papá
“¿por qué?”- pregunté inocentemente.
“porque engorda mucho”- me dijo.

En aquel momento mi mente infantil no me dejó leer entre líneas pero el episodio fue lo suficientemente perturbador para que 9 años después lo siga recordando. Mi papá me estaba diciendo que estaba gorda, pero como siempre en mi casa: las cosas no se dicen directamente. No sabemos decir las cosas directamente, es decir: adentro de mi casa. Porque afuera cada uno tiene una personalidad completamente diferente. De todas maneras, no quiero irme por las ramas porque es lo que siempre hago y voy a terminar el capítulo hablando de lo mucho que me gusta hablar en inglés o andar a caballo, en caso de que me gustase. De hecho, me gusta. Pero es otro tema.
Vuelvo con mis viejos. No, mejor hago un capítulo aparte de aquello. Aquella noche no dejé la mayonesa pero tampoco dejé de pensar en la cara de mi mamá mirando comer mayonesa casi son asco y arcadas y en por qué ella siempre, siempre, siempre comía ensalada. Lo que nunca me cuestioné era por qué ella era esquelética y yo obesa. No lo tenía en cuenta, yo estaba bien. El tema es que mis viejos me tiraban abajo. Me decían qué tenía que comer y qué no. Se empezaron a preocupar por mi aspecto físico pero jamás se preocuparon porque yo no tenía amigas o porque leía demasiado o porque no recibía llamadas telefónicas ni quería festejar mis cumpleaños. Esas cosas parecían no interesarles y se escudaban bajo la oración: “es que es una nena especial”.
Especial. Eso fui siempre, o al menos eso escuchaba que se hablaba de mí. Eso me hicieron creer, o eso querían que yo escuchara, o eso querían que los DEMÁS escucharan.
Especial. Entonces me hacían tomar clases de piano. A los 5 años mi abuela (mamá de mi mamá y concertista) me empezó a llevar a sus clases de piano y poco después empecé a tomar clases. No es por ser vanidosa pero era muy buena. Aprendía las notas de memoria, tanto que nunca tuve que aprender a leerlas en un pentagrama (algo que más tarde me costó caro cuando quise retomar el tema del piano). Así me podía aprender sonatas, sonatinas, o conciertos enteros de memoria. Me cansé de escuchar que tenía un oído increíble y que si me dedicaba a eso iba a llegar muy lejos. De hecho, sí. A los doce o trece años di un concierto donde toqué algo de Chopin, Bach o el boludo de turno. Tengo esa parte de mi vida tan borrada que dar detalles sería mentir burdamente. Lo cierto es que tengo el folleto de mi concierto en algún lugar de mi placard y también es cierto que estoy demasiado cómoda en este momento como para ir a buscarlo. Si estuviera la empleada doméstica le pediría que lo busque por mí. Aunque no estoy segura de que sepa lo que es un folleto de esta índole. Además es una metiche y me va a preguntar para qué lo necesito y me va a preguntar por qué ya no toco piano y no suelo darle explicaciones a la gente. Así que mejor no le pido nada. Aunque ni siquiera está, pero si estuviera acá tampoco le pediría algo. De todas maneras es un dato estúpido. ¿Qué importa?
No solamente era una excelente alumna de piano, sino que era el orgullo de mi familia. Mis hermanos eran todavía demasiado chicos como para tocar un instrumento (y a decir verdad, nunca les exigieron demasiado) así que yo era el tentempié de la casa. Siempre que venía algún invitado me pedían que toque una invención de Bach o alguna sonata, lo cual no me gustaba ni un poco, pero lo hacía. Me querían porque tocaba piano, estaba bien, tenía que hacerlo. Y ahora bien, si mi memoria no me traiciona lo que tocaba hasta el cansancio era Bertini, Heller, Cimovosa, Czerny y más tarde Chopin y Piazolla.
Además de piano me mandaron a tomar clases de tenis. Ahora deduzco que querían hacerme bajar toda la grasa. Así que tomé clases durante mucho tiempo y era buena. ¿Ven? Eso es lo que siempre me molestó: ser buena en todo lo que quería hacer, o mejor: en lo que me mandaban hacer. Porque si apestaba quizás me dejaban dejar de hacerlo pero era muy buena en todo.
Mis habilidades eran muchísimas: danzas, bailes de todos tipos, tenis, piano, natación, inglés. A los nueve años empecé a estudiar inglés y poco más tarde a nadar en un club. Era excelente en inglés y mucho más buena en natación. Pronto empecé a competir en torneos y gané todas las competencias. Excepto una. Y me acuerdo que mi “rival” era una chica mucho más grande que yo. No estaban bien definidas las categorías, no había forma de que le ganase a ese delfín de dos metros de altura. Perdí y no volví a nadar en ningún torneo. Sí, tengo miedo al fracaso. Por eso odio los exámenes y odio que mucha gente lea este libro y pueda criticarme. Pero con el tiempo y con los retos de mi vida me di cuenta de que lo que piensa la gente no me interesa, o que al menos puedo fingir que no me interesa y puedo hacer que la gente crea que soy autosuficiente. Lo cierto es que me interesa por demás de la línea de lo normal o esperado. Sí, claro. Siempre excediendo esa línea. Esa soy yo: Cielo, la que excede los límites de lo normal. Pocas veces para bien.

31 comentarios:

maribel dijo...

woowww esta super vacano esta primera parte..cielo latini te felicito que libro tan bueno ps te entiendo ya que tenemos muchas cosas en comun..ps sigo leyendo y cada ves me imprisiona a si sea q lo ahya leido 1000 veces ps esta muy bien organizado y eso es lo que importa bueno me despido..chaitoo

NO PUEDO PARAR DE COMER dijo...

OJALA PUEDAN PASAR POR MI BLOG. GRACIAS.

brenn dijo...

Oh vaya,
sigo encontrándote en todas partes

Mile ^^ dijo...

amiga, tenes una vida muy interesante.
me parece qe esta bueno qe te hayas dedicado a contar todo esto.

julietabianotti dijo...

la verdad me senti muy identificada con tu libro...hasta hace poco (cuando encontre tu libro) creia que yo era una geek de aquellas...que toda su primaria la hizo en una escuela infernal con compañeros mas crueles aun...que egocentrico puede hallarse uno mismo a veces...realmente un aplauso y me saco el sombrero ante vos por haber sacado toda la mierda que tenias encima...y como te digo...si fuera por mi te daria el premio del libro no hago comparaciones pero entre las cosas que he leido este año...sos la mejor caracterizacion de ese grupito de adolescentes que no encajamos en los canones de "la nena popular que le gusta a todo el curso" tus viejos tu vida tu niñez tus problemas realmente...me sirvio como terapia a mi tmb leer que esto no es algo con lo cual tengo que vivir yo sola que no soy el ombligo y que hay otros que pudieron superarlo o por lo menos catalizar...gracias flaca un millon de gracias!

Julieta

ohh my love! dijo...

muy bueno el libro;)

yesicaar dijo...

me encanto el libro me lo comi en 2 dias no podia dejar de leerlo...sos una mina re copada solo que tuvo que pasar por momentos de mala suerte.. pero pensa que tenes toda la vida por delante para recuperar el tiempo perdido.. suerte y muchos basos

fiorella dijo...

quiero conocer amigas para hablar con ellas de este tema les dejo mi correo fiorella5000@hotmail.com bye bye besos y abrazos

Kriz dijo...

Cielo tu libro es lo maximo, al momento de leerlo parece como si estuviera recordando lo que me a pasado estos ultimos 6 meses y gracias a ti he podido recapacitar y darme cuenta del daño que me hacia, te doy las gracias por escribir este libro y te pido que por favor no dejes de seguir escribiendo, besos cdt y gracias por todo

Pablo.M.Gette dijo...

a pesar de que lei el primer capitulo, me encanta .MUCHO. la verdad tenes la habilidad de cauitvar , si estubiera en mi casa seguiria leyendo pero en la facultad esto es un campo de vigilancia y es molesto leer de aratos . segui escribiendo , ESTO ES LO TUYO.

NC dijo...

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Makinis dijo...

Cielo una cosita: tus padres tienen ascendencia española o italiana, no descendencia. La descendencia sos vos, la hija.
Saludos!

agostina- dijo...

Que buen libro, que buen libro !

Sapphire dijo...

Me encanta su libro, me encanta como escribe y se expresa por eso la amo...
dejo mi blog

www.sapphire-lover.blogspot.com

Sapphire dijo...

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siganme please!

Marina dijo...

increíblemente el capitulo uno se parece mucho a mi vida, claro un poco mas chica, digamos unos 10,11 años , 1,50 de altura y 60kg de peso, con amigas, pero siempre muy solitaria, tanto que recuerdo pocas cosas de mi niñez y así quiero seguir recordando, hasta ahora leí solo el capitulo uno y me sentí identifica a un 100%.
Lo único que puedo decir, es que los kg, los baje pero con ejercicio y dieta,no fui a los extremos de la anorexia, pero en fin, la verdad con solo el primer capitulo ya puedo ver que es un increíble libro y lo voy a leer hasta el final!

Tamar Melian dijo...

Gracias por este artículo tan interesante. Tengo que leerme el resto del blog sin falta. Pásate por esta web y échale un vistazo a estos Libros

Un abrazo

almu.rock-wish dijo...

Tu libro me ha encantado,, me lo recomendo una amiga como una indirecta para superar mi anorexia-bulimia y la verdad empiezo a ver las cosas de otra manera, no se si mejor o peor, pero sí de otra manera.
Muchas gracias por tu libro, aunque no te conozca sería un placer y de nuevo gracias.
:) sigue escribiendo así de bien

too.much dijo...

La verdad es que empeze a leerlo por el siemple echo de estar aburrida y deprimida de no salir un viernes por la noche a ver al chico que me gusta, pero al verel prologo pense que iva a estar mejor de lo pensado y con solo leer el primer capitulo me doy cuento que este libro es muy bueno y de cuan dificil puede ser la vida de un ser humano, incluyendote. La verdad es que te felicito porque puede haber gente que se identifique con vos pero tambien hay gente que debe ver como para hacerse los cancheros o reirse un poco como pueden lastimar a alguien y hacerlo llegar hasta tu mismo punto. Soy una chica de los segundo que nombre, quizas no sea la perfecta ni la flaca ni la bonita pero lo hago, hacia. Me di cuenta de lo idiota que fui... Gracias por hacerme ver las cosas desde otro punto de vista y reitero, felicitaciones por este libro, es muy bueno y esta muy bien redactado. Saludos

Daniela Ladt dijo...

Uno de los mejores libros que he leído, al igual que Chubasco, la realidad es dura pero es la verdadera!

Florencia Soto dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
bren dijo...

Hola, pues, yo me siento indentificada, todo lo que dijo sacando lo de su peso y lo de sus hermanitos, soy igual,la verdad que es un libro exelente, o al menos hasta hora va mas que genial

Nato dijo...

Lindoooooooo

Nato dijo...

PASENSEEE

lorena perez dijo...

la verdad que muchas de las cosas que vos contas quete pasaron en la infacia ciento q las estoi escriviendo yo yo era tal cual lo descrivis vs

nobody♡ dijo...

"Me cansé de escuchar que tenía un oído increíble y que si me dedicaba a eso iba a llegar muy lejos. De hecho, sí. A los doce o trece años di un concierto donde toqué algo de Chopin, Bach o el boludo de turno. Tengo esa parte de mi vida tan borrada que dar detalles sería mentir burdamente. Lo cierto es que tengo el folleto de mi concierto en algún lugar de mi placard y también es cierto que estoy demasiado cómoda en este momento como para ir a buscarlo. Si estuviera la empleada doméstica le pediría que lo busque por mí. Aunque no estoy segura de que sepa lo que es un folleto de esta índole. Además es una metiche y me va a preguntar para qué lo necesito y me va a preguntar por qué ya no toco piano y no suelo darle explicaciones a la gente." Así o más egocéntrica? Que decepción.

Queen Drama dijo...

no entiendo este blog. este es el libro? o es un blog de la autora nada mas? el blog que aparece en la pelicula. sigue existiendo?

Silvina Noblia dijo...

No creo que normal sea lo estipulado socialmente! A mí me parece más interesante alguien profundo, auténtico que el común de la gente! Tocar bach o schubert no es algo tan excéntrico como para ser considerado un alíe, hay chicos así y que son considerados progidios por la sociedad, y son felices haciendo lo que hacen, aunque no hagan lo que todo el común de la gente. Si bien de los niños se espera otra cosa. Igual por como lo contas cielo, me parece que vos no eras feliz leyendo libros ni tocando bach...

Raquel norese dijo...

Ja y yo culpe a mis padres por no obligarme a hacer nada. Dure 1 semana en cada cosa que inicie, danza, teatro, ingles, natación, etc. Y siempre decidía no seguir por vagancia o por no sentirme segura relacionándome con los demás. Cada uno tiene su mambo, pero te felicito por expresarlo, para que los padres tengan una visión de lo que les puede pasar a sus hijos.

Barbara Urcola dijo...

nestor.. anteojos, rulos, un hombre increible,,nestor siempre sera un camino..... te mando un.beso cielo

Barbara Urcola dijo...

nestor.. anteojos, rulos, un hombre increible,,nestor siempre sera un camino..... te mando un.beso cielo