lunes, 10 de septiembre de 2007

2. Batata Macabra

Sí, ese es mi nombre. Cielo. Poco común, pero claro: no podía llamarme de otra manera. Era previsible que mi nombre no podía ser común, tenía que ser especial. A veces me pregunto si me castigaron por toda mi vida mis viejos al darme ese nombre. Quizás si me hubiera llamado Florencia o Marta no me hubieran sucedido mitad de las cosas que me tocó vivir, sufrir, negar, experimentar, etc. Así que mi nombre es especial, como yo (según mis padres). Sí, ahora tengo amigas (y de las mejores) pero ellas no creen que sea especial, simplemente que estoy loca. “Una loca linda” como está de moda catalogar a los retorcidos mentales para que no se violenten. Y no es que yo crea que soy una retorcida. Sí, a decir verdad creo que soy una retorcida, pero concuerdo con mis amigas: no puedo hacerle daño a nadie. Solamente a mi misma o a otros por medio de mí. Llegó una época en mi vida cuando en vez de enojarme con alguien me castigaba a mi misma para afectar a ese otro alguien. Pero eso viene más tarde. Sostengo que todavía es temprano.

Después de las experiencias de mi primer colegio mis viejos decidieron mandarme a otro. El segundo colegio al que fui lucía mucho más como un colegio normal que el anterior. Los alumnos llevaban guardapolvos blancos y se sentaban en los famosos “bancos” o “pupitres” de los que tanto había oído hablar pero nunca había visto. Vale aclarar que en el Pedagógico (mi primer colegio) nos sentábamos en alfombras y en posición “chinito” haciendo una ronda. Escribíamos en el piso y no teníamos pertenencias. Era el comunismo hecho colegio. Nunca te enterabas si tu compañerito tenía plata o no porque no lo veías vestido de ninguna manera. Usábamos “pintores”: una suerte de guardapolvo pero que te mandaban a hacer (a tu mamá, claro) del cual podías elegir el estampado o el escocés que querías llevar todo el año. Una porquería. Como decía, ni siquiera nos dejaban llevar pulseras o relojes. “No todos los chicos pueden comprar relojes o pulseras así que ninguno de ustedes debe traerlos al colegio”. Esa fue la manera que encontraron las maestras de adueñarse de pulserita o reloj que veían brillando en el recreo. Se quedaban con todo (supongo que como “castigo por haber roto las reglas”). Una gansada, como todo lo de ese colegio. No usábamos porta-útiles o cartucheras, simplemente había una caja de madera con lápices con el nombre de cada alumno. Y cuatro gomas de borrar. Tampoco había lapiceras, ni exámenes, ni boletines, ni nada. Era absolutamente cualquier cosa. Y a mí me molestaba mi prima que se quedaba siempre con la goma de borrar en la mano. Sobretodo porque yo era básicamente mala en matemáticas y tenía que borrar todo el tiempo. Nunca me gustó eso del comunismo. ¿Todo para todos? Siempre hay algún vivo que se apropia de lo que es de todos. Mejor me compro mi propia goma de borrar y problema solucionado. Nunca lo hice, ahora que lo menciono. Porque nunca rompía las malditas reglas del colegio. Y nunca faltaba, porque mi mamá no me dejaba y más porque cuando faltaba al colegio me aburría. Claro: no tenía amigas, ¿qué iba a hacer en mi casa todo el día? Comer y mirar televisión, ¡qué pregunta!
Entonces me sacaron de ese colegio donde me hicieron leer “El clan del oso cavernario” a los diez años (y créanme, tiene partes lo suficientemente subidas de tono para considerarlas material inapropiado para alumnos de diez años) y me cambiaron al Estrada. Un colegio “normal”, con compañeros normales y hasta quizás más crueles que los del pedagógico. Porque peor que hablen mal de uno es que ni siquiera lo miren o noten su presencia. En eso me convertí yo: en la gorda que va al colegio privado y cheto de la ciudad. Eso suponía:
a) que no iba a tener amigas o
b) que mis amigas iban a ser tan fracasadas o más que yo

Ninguna de las opciones me parecía viable pero simplemente caí en ese colegio desprevenida. Ah, ahora que recuerdo: Rocío. ¿Nunca odiaron y admiraron a alguien a la vez? Sí, probablemente a sus padres, pero me refiero a un par: un compañero de colegio, de trabajo, de algo. A mí me pasó, más de una vez y es el momento de hablar de Rocío y más indirectamente de mi madre.
Mi mamá siempre quiso que yo sea un diez. Es decir, un palo y un cero al lado. Siempre fui un cero, bien redondo y gordo.. Y tiempo después me enteré de la existencia de “los diez”. Una pareja amiga de mis viejos que eran diez, en puntaje, claro. Eran cinco pero los escuchabas hablar de sus habilidades y te sentías miserable en menos de dos palabras. Jugaban tenis, golf, básquet, nadaban, eran perfectos alumnos, arquitectos, hablaban perfectísimo inglés, hacían viajes por todo el mundo, eran extremadamente independientes no solo económicamente sino en todo sentido de la palabra. Eran 10. Así de fácil.
Tuve la maldita suerte de que la amiga perfecta de mamá tenga una hija de mi exacta edad pero abismalmente diferente. Rocío. Ella no tocaba piano pero hacía todo lo demás, imaginen cualquier cosa posible: Rocío lo hacía. El panorama se me complicó un poco cuando empecé a escuchar a mamá diciendo periódicamente que algún hijo perfecto de su amiga había recibido algún estúpido premio. Básicamente me empezó a molestar la repetición en serie de comentarios edulcorados hacia Rocío, o cualquiera de sus familiares. Como ella estudiaba inglés, mi mamá me mandó a estudiar inglés. Como ella bailaba danzas contemporáneas yo empecé a hacerlo. Y así seguía como un detective frustrado las huellas de Rocío. O mejor: cumplía los caprichos de mi madre. Quizás mamá pensó que se iba a parecer a su amiga si yo me parecía a su hija. No sé.
Gracias a Rocío mis habilidades eran innumerables: natación, danzas de todo tipo ¡¡¡patinaje artístico!!! Destreza, patinaje sobre hielo, estudiante de inglés… argh… era una vulgar fotocopia de mi amiga y compañera del colegio: porque mamá me cambió al Estrada porque Rocío iba al Estrada.
Y ahí quería llegar. Ah, olvidé mencionar que mientras yo pesaba 64 kilogramos, Rocío no pasaba los 39. Pero claro “tienen contexturas diferentes”. Si la vieran (la sigo viendo) sabrían de lo que estoy hablando. Tiene el cuerpo que toda mujer quisiera, creo. Dura y blanca y con una cara preciosa y flaca y asquerosamente perfecta. Y es buena mina. Para odiarla, ¿no? En fin.
Así que empecé en el Estrada. El primer día de clases de guardapolvo blanco y cartuchera propia había llegado. Y fue un fiasco. Se compartían los bancos y no tenía con quién sentarme. Rocío me había dejado absolutamente sola y claro, yo también me hubiera dejado sola. Pero no volví llorando a casa, estaba más que acostumbrada a la soledad… y de hecho la disfrutaba. Nunca había tenido amigas, no porque me costara relacionarme, sino porque no sabía lo que significaba eso ni cómo hacerlo. No se puede extrañar algo que nunca se tuvo y yo jamás había tenido amigas ni relaciones de ningún tipo con chicos/as de mi edad. Así que simplemente me sentía en una obra de teatro donde los actores eran los mismos y las situaciones similares; donde lo único que cambiaba era el decorado. En vez de sentarme en alfombras ahora me dolía la cola contra una silla dura y apoyaba mi carpeta en un banco atestado de frases escritas con liquid-paper. Y ahora en lugar de cortar pasto en el enorme bosque del pedagógico tendría que contar baldosas en un típico patio de dos por tres metros cuadrados. Una delicia.
Pero a medida que pasó el tiempo me fui acostumbrando a lo “normal” y empecé a despreciar lo “especial” que antes apreciaba tanto. Empecé a tener tarea, deberes, profesoras como en la televisión, compañeros de guardapolvos blancos, recreo con timbre en lugar de campana y hasta un kiosko. Cosas que hasta ese momento eran impensables para mí dentro de un colegio.
Y aunque muchas cosas habían cambiado a mi alrededor, yo seguía siendo la misma. La gorda, aunque esta vez no era la única. Y no era la única nueva. Así que me empecé a juntar con una bandita de fracasadas, esas que no tenían amigas (justo como yo).Corría 1997 y mi teléfono empezaba a sonar. En vez de leer libros por placer comenzaba a hacerlo por deber. Las cosas seguían cambiando y yo estaba cambiando. De repente la solitaria persona que yo era fue desapareciendo y apareció el vestigio de lo que soy hoy, pero una versión extra-large. La personalidad se estaba forjando pero todavía quedaba un larguísimo tramo hasta la constitución de la serpiente en que me convertí.

6 comentarios:

IsabelPantojaAdelante dijo...

este libro me lo han regalado para reyes y me encanta!! eres la escritora?

lau karakachian dijo...

sos genial, por favor no me canso de leer esta página! En un ratito ya salgo de casa a comprar tu libro!
Ídolaaaaaaaaaaa

Anabel Olivia. dijo...

Mi niñez, identica.

Daniel Norvind dijo...

Mátame ...... Soy tú en versión niño.... Excelente

Daniel Norvind dijo...

Mátame ...... Soy tú en versión niño.... Excelente

edu dijo...

Hasta que año estuviste en el colegio Estrada? Y que es de la vida de tu amiga Rocio después que dejaste el colegio Estrada?