lunes, 10 de septiembre de 2007

36. Pastillita de la felicidad

De a poco recuperé la consciencia. No tengo fechas exactas, como dije anteriormente, aquel período de mi vida es más una mancha que verdaderas vivencias. Algo era verdadero: el dolor y el sentimiento de fracaso. Estaba viva, nunca iba a perdonarme estar viva. ¿Qué era? Un monstruo, un ser asexuado, un asco. Eso era: la peor versión de mí y sin embargo, no me arrepentía por lo que había hecho. Es lógico, si se piensa dos veces. Una persona que decide acabar con su vida no toma decisiones a la ligera, entonces ¿cómo podría arrepentirme de tamaña decisión? No solo no me arrepentí sino que tenía fuertes charlas con Néstor donde le decía que iba a morirme pronto. “No sé por qué estoy acá todavía, no entiendo qué pasó y no voy a preguntar, pero no me queda demasiado tiempo de vida. Yo ya estoy muerta”.
Aquella era una de las frases que más se escuchaba de mi boca cuando entraba en conversación: yo ya estoy muerta. Eso sentía: la muerte en cada célula de mi cuerpo y es que me parecía bastante a la muerte. Los huesos se me salían por todos lados y no tenía pelos, era un ser inevitablemente desagradable y sin embargo no me interesaba. Yo me sentía hermosa, no iba a pararme un error, cualquiera que hubiera sido. Iba a morirme, pronto y hermosa. Tenía por seguro que esa etapa en mi vida, la de resucitación no iba a durar más que unas semanas o como mucho un mes. No podía soportar esa clase de vida: encerrada, viendo médicos y caras lúgubres. Eso no era vida.
A menudo lloraba y les pedía a mis padres que me dejasen visitar a alguna amiga. Cinco minutos después estaba dormida fundida en mi llanto: solía quedarme dormida en todos lados. Después del efecto “estoy muerta” llegó el “te dormiremos”.
Sabrina, la psiquiatra que me atendía, decidió medicarme hasta que muriera (o al menos eso sentía en ese momento). Tomaba altísimas dosis de antidepresivos y ansiolíticos. “La pastilla de la felicidad” y “la pastilla de dormir”, así las llamaba respectivamente. Nunca dejé de tomarme las cosas con cierta ironía, aún internada era capaz de hacer reír a quienes me rodeaban. “Mamá, siento que me quiero morir ¿me das una pastilla de la felicidad?”. Obviamente ni Mamá ni ninguno se reía, pero para mí era melodramático ver cómo todos hacían sus mejores esfuerzos para que sobreviviese mientras yo tenía muy en claro que no iba a estar más en esta tierra. Sabía y me había convencido de que no iba a existir mucho tiempo más. Hace algunos días encontré una grabación que dura treinta segundos. Soy yo, internada, llorando y susurrando lastimosamente algunas pocas palabras. Dejé pistas por toda la casa, pistas que gritaban “no estoy bien”, “no me están ayudando” y “pronto no voy a estar”. La grabación es siniestra y de ella se entienden estas pocas frases: “Me quiero morir. No quiero estar más acá. Me quiero ir. Si ya me mataron a mí, ya no estoy más. Ya me fui”.

Mientras yo me desangraba y abandonaba a los mortales Alejandro no sabía lo que había pasado. Pocos minutos después de la charla de Miranda Glida (lo siento, sigue pareciéndome patético y lo recuerdo con dolor pero me causan algo de gracia y pena mis genialidades a minutos de haber estado muerta) habló con mi tía Roberta. “Sería conveniente, sería oportuno que vinieras a visitar a Cielo”. Alejandro accedió: “¿puedo ir hoy? Estoy muy preocupado”. Sí, claro.
Llegó a mi casa esa misma tarde. Yo estaba todavía bajo los efectos de los estupefacientes así que no registré aquella visita. Mis familiares me contaron que llegó y habló con mis padres y con mi tía. Más tarde supe algunos otros detalles que no vienen ahora al caso. Entró en casa y me saludó. No me dio un beso, eso es lo único que recuerdo porque me hizo sentir horrible, despreciable, un ser humano que había decidido morir siendo la criatura más espantosa e indigna del universo. No era más la reina, ahora era un ente asexuado. No sé de qué hablamos aquella tarde, solo sé que estuvo cinco minutos y se fue. Quizás me quedé dormida, no lo sé. No quiero preguntar a quienes me rodean, ya bastante sufrieron como para estar recordándoselo. Alejandro se fue así como llegó, de improviso y por mucho tiempo más no volví a saber de él. Se desentendió del asunto, como hacen todos los hombres con los que alguna vez estuve. No asumió la culpa que le tocaba, no entendió que había sido partícipe de ese sacrificio… porque fue eso: un sacrificio.
Alejandro era mi Dios, la persona a quien yo idolatraba. Ya alguna vez hace muchísimos años le escribí una carta diciéndole que él era para mí lo que Dios para los católicos, era una postración continua y eventualmente mortal. Sin embargo, quiso no tener nada que ver con el asunto y desapareció, como suelen hacer los hombres cuando estoy mal: desaparecen. No encontré todavía a alguien con la entereza siquiera para encargarse de la pequeña parte de la torta que le toca. Nadie quiere hacerse cargo de lo que hace nacer en los otros, de lo que engendra y menos si aquello es autodestrucción y varios intentos de suicidio.

Mayo 2004
Esto es una especie de carta de protesta para todo el mundo. Digamos que es una carta abierta a la comunidad que está TAN DOLIDA por el atentado TERRIBLE que intenté cometer.
¿Por qué no se ocupan de Irak y de Bin Laden? ¿Qué tengo de especial? Por favor, déjenme sola. No me dan respiros. Estoy todo el tiempo tan agobiada que no puedo pensar. Aprovecho hoy, que mi familia está distraída abajo, para escribir esto que tengo atragantando hace días, meses, años.
Me voy a morir, como todos. Pero antes quiero escribir mi manifiesto pro-suicidio. Porque a algunas personas a veces se nos ocurre pensar diferente. Y ahí vienen todos los estúpidos personajes-cubo (léase: con cabezas cuadradas) tratando de encarcelarlo a uno o de meterlo en una clínica psiquiátrica. ¿Por pensar diferente? ¡Por Dios! Me hubiera gustado ser una ignorante, un personaje-cubo, o un mono, que es prácticamente lo mismo. Incluso los monos a veces logran ser más hábiles que las personas. ¡Por Dios! No deja de sorprenderme que la gente use un porcentaje tan bajo de su cerebro. Y si alguien viene con una idea nueva, ¿por qué no se lo escucha? ¡Ah! ¡Porque no! ¡Porque hay que tildarlo de loco en seguida! Por favor, nadie que revolucione, nadie que traiga ideas nuevas, por favor, nadie que complique esta estúpida tranquilidad artificial. Este pensamiento tan chato que tiene la gente, que por favor se quede así. Porque es más fácil controlar a los seres no-pensantes que a personas que piensan. Eso se sabe desde el tiempo de ñaupa. Y yo, que pienso, que tengo ideas nuevas o “revolucionarias” (que estúpido), soy tildada de loca. Y la gente da ejemplos estúpidos, idiotas y yo me guardo mi discurso en el bolsillo, porque nadie es merecedor de escuchar mi discurso. Nadie tiene el intelecto necesario, ni la capacidad de adaptación necesaria para escucharlo. Menos para comprenderlo. Dios mío. Por eso quiero dejar esto escrito, porque pienso que en el futuro (dios quiera) las especies van a evolucionar y van a tomar mis conceptos como normales. Porque ahora es una cosa horrible, pero espero que la ideología pro-suicidio crezca. Voy a intentar escribir sobre esto durante mis últimos días de vida.
***Inconcluso***

Nunca seguí con mi manifiesto pro-suicidio, aunque la idea no era tan descabellada. Muchas personas después del suceso me preguntaron qué siente un suicida antes de intentar morirse. No creo en las respuestas universales porque solo sé lo que me sucedió a mí y algunas otras personas con quienes me contacté. Todos coincidimos en algo: no podemos seguir viviendo. No quiero decir que queremos dejar de vivir, la sensación es de no poder hacerlo aunque quisiéramos. El mundo se nos vuelve las cuatro paredes donde estamos encerrados y todo lo que esta fuera de esas paredes es enemigo: familiares, amigos, compañeros, amantes, todo nos daña, nos empuja centímetros más hacia la muerte. Odio irracional hacia uno mismo, soledad intensa y mortal desasosiego. En mi caso, sentía que debía quedarme por mis padres pero no podía hacerlo, el aire no me alcanzaba, todas las puertas estaban cerradas y lo único que podía hacer era pararme frente a una pared y contemplar su blancura: no hay futuro, hay solo una pared que con el tiempo se enmohecerá. Yo no tenía tiempo para esperar a que se enmoheciera, prefería morirme con la pared blanca como estaba. ¡Esa era la sensación! No quería esperar a oxidarme para morirme, quería desaparecer así: lánguida, neutra, lacrimógena. No podía esperar a ver la peor versión de mí, ni quería que terceros tuvieran que sufrir viéndome.
En aquellos tiempos suicidio era sinónimo de salvación y de única salida. No creía positivamente que alguien pudiese alguna vez ayudarme a salir del lugar donde estaba varada. Quiero que se entienda: cuando estás por morirte pensas que nadie puede ayudarte, aunque miles de médicos y especialistas prologuen que sí. No crees es nadie, ni en vos mismo. Solo te queda aquella pared o mirar para atrás. Son el pasado y vos, juntos para siempre (y siempre es muy poco tiempo). Entonces lo único que queda por hacer es concederte la muerte, darte un gusto: aliviar el dolor que es insoportable, que jamás termina, que es imposible de extirpar.
Se siente un dolor tan fuerte e infinito que no se va a superar, no hay otra salida. Entonces tomas coraje y redactas cartas y te eliminas, sabiendo que mucha gente va a sufrir pero lo van a hacer porque no saben que para vos tu muerte es la gloria. Por esos tiempos me la imaginaba como una mujer esquelética que me libraba de las cadenas, como un genio liberado podría volar hacia ningún lado ya libre de mi dolor. El suicidio era algo que festejar, eso creía. Entiendo todavía que quien decide matarse lo hace porque sabe que no hay otra salida (y escribí “sabe”, no “piensa”). Auténticamente entiende que es lo único que le queda por hacer en pos de alejar la decadencia inminente. No podía explicarles esto a quienes me rodeaban, no iban a entenderlo jamás. Pero no es una idea demasiado errada, sostengo algunas de las cosas que pensaba hace un año y medio. Si me hubiera muerto me hubiera perdido algunas cosas que sucedieron a partir de allí, pero también hubiera solucionado muchísimas otras que aún creo no tienen salida.
Haberme despertado después de saberme muerta fue otro de los motivos para querer seguir muriendo. Muchas personas habrán pensado que con los días me arrepentiría de aquello tan terrible que había intentado hacer. Estaban equivocados, no me arrepentí. Nunca me arrepentí. Aquello me enseñó tantas cosas de la vida, tantas de la muerte y me hizo pensar en consecuencias y razones, me llevó hasta lo más recóndito de mi ser para buscar respuestas. Algunas de estas todavía no existen, otras están acumuladas en mi cabeza. Si pudiera volver el tiempo atrás me quitaría la vida nuevamente, de otra manera no hubiera podido seguir viviendo. Contradictorio, absurdo.
Cuando comencé a tomar pastillas para la “felicidad” y para “dormir” lo poco que me quedaba de vida seguía semejándose a un tornado americano. Todo mi mundo estaba devastado y la gente a mi alrededor se achacaba culpas entre sí. Nadie tenía la culpa, solo mi pasado y yo en consecuencia. ¿Culpa? ¿Se puede hablar de culpa? Hay causantes, sí y hay personas que incidieron pero… ¿culpables? En aquel momento creía que sí y una sola palabra aparecía en cabeza intermitentemente: Alejandro. Él me había hecho lo que era; él fue mi mentor. ¿Cómo hubiera sido la vida si no lo hubiera conocido?
Estaba viva y me dolía estarlo. Me condenaban los recuerdos. No desaparecían, no querían desaparecer, no iban a hacerlo. Hacía silencio, no quería que me escuchasen llorar. Estaba viva y no lloraba de felicidad. Los primeros días de internación pasaron sin dejar demasiadas huellas: estaba demasiado muerta como para entender lo que me estaba pasando, pero las cosas tomaron otro rumbo cuando los días se convirtieron en semanas. Todo lo que pensaba era cómo morirme de nuevo, cómo intentar eliminarme y sin embargo que esta vez saliese bien. Pasaba horas planeando mi suicidio que no tardaría en acontecer. Al mismo tiempo me penetraba el más profundo de los dolores: la envidia por no estar muerta. Miraba el noticiero y me sulfuraba saber que mucha gente moría sin quererlo diariamente. Yo que quería no lo había logrado. Los envidiaba extremadamente.
Durante el día lloraba débilmente a escondidas y cuando salía de mi habitación miraba películas. Esa fue mi internación: mandar a Papá a que me alquilase dos o tres películas cada día. Me convertí en una loca del cine; vi durante esos meses más películas que las que había visto en diecinueve años. Mamá me acompañó en cada una de ellas, a veces dormida y muchas veces llorando silenciosamente. Yo sabía que lloraba pero prefería no emitir sonido. Elegía las películas más escabrosas donde siempre había suicidios. A decir verdad, me hice experta en el tema. Quería saber cómo, cuándo y dónde (me) daría el último golpe. A Néstor también le gustan muchísimo las películas así que me recomendó directoras y géneros que no conocía. Así, conocí el DOGMA del cual me fanaticé. Eran días complicados, demasiado salvajes como para recordarlos en detalle. Varias veces me tomaba por improviso un ataque de angustia que derivaron en ataques de pánico. Angustia desconmensurada partiéndome al medio, dejándome sin aliento, llenándome de un miedo intenso que no iba parar. Pronto sentía mis piernas, manos y nariz dormidas, inutilizadas. El miedo, el pavoroso temor me acalambraba y la hiperventilación me recordaba al mareo que sentí en Caballito cuando quise quitarme la vida. Aquellas noches la dosis de medicamentos eran bastante más copiosas.
Por lo demás, seguía preocupada por el documental e intenté contactarme con mis compañeras de la UCA. Una psicopedagoga del demonio les prohibió llevarlo a cabo, aún sin mí en él. “La anorexia casi le causa una muerte a una alumna, no vamos a hacer el documental”. Muy bien, reflexionemos: sos psicopedagoga. ¿Dónde te recibiste? ¿En Mauritania? Por favor, iletrada, imbécil, pedazo de escoria ¿cómo vas a quitarle a alguien lo único que la mantiene con el sentimiento de vitalidad? ¿Cómo podés? Sigamos analizando, saco lleno de desperdicios: estás en una universidad de Periodismo, lo que hiciste fue censura. ¿Cómo se puede censurar así? ¿Cómo se puede tener tan poco tacto? ¿Psicopedagoga? ¡Qué bárbaro!. Hay cosas que nunca voy a entender. Pensemos, por favor, no era un documental “pro-anorexia”, no apoyaba el estilo de vida. Las páginas pro anorexia no van a desaparecer porque dejemos de hacer un documental, ni yo voy a volver al pasado y a ser feliz. No tenía pies ni cabeza, no entendí jamás aquella decisión. De todas maneras, no podía ir a la universidad porque estaba internada, pero la universidad sí se encargó de molestar en casa.
Llamaban sin cansancio, una señora Richitoli y miles de veces le pedí que dejase de llamar, que no iba a hablar con mis padres porque suficiente habían tenido y tenían con lo que estaba pasando. “No vas a hablar con mis viejos, entendelo. Nunca te vas a comunicar con ellos. Y dejá de llamar porque te voy a hacer un hueco del tamaño de un caballo”. No molesten a mis padres ¿cómo se puede ser tan insensible? “La facultad me importa tres pitos, entendelo. No soy más alumna, no tengo nada que ver con ese intento de universidad que es un fracaso. Cordialmente te pido que dejes de llamar y no quiero insultarte así que espero que esta sea la última vez que tenga que oír tu desagradable voz”.
Horas más tarde, vi que mis padres salían de casa. Se apoderó de mí una impotencia superior a cualquier cosa que hubiera sentido desde mi “muerte”. Me dijeron que iban a la UCA, que alguien quería hablar con ellos. Hice un escándalo que terminó con una ambulancia en casa dándome sedantes… pero lo conseguí, nunca fueron al intento de universidad en Puerto Madero. Son algo poco serio.
Aquellos ataques de indignación e impotencia me hicieron caer en algo aún más terrible. Estaba encerrada y no podía hacer otra cosa que leer o mirar películas. Tenía que expresar mi indignación y mi odio hacia mi misma (no como persona sino por estar simplemente viva) y encontré un método muy eficaz pero un tanto dañino. Claro que después de la muerte nada te parece demasiado dañino y ninguna cosa puede ser peor que eso.
Necesitaba sacar de adentro todo lo malo que me inundaba, que no me dejaba respirar y literalmente me estaba matando. Encontré la manera: no la mejor pero sí la más eficaz, cortándome. Al principio utilizaba cualquier cosa filosa que encontrase (y, en serio, era difícil que mis padres dejaran cosas filosas cerca de mí) pero más tarde me hice especialista en filos y navajas. Después de una crisis de llanto o en el medio de ella, cuando sentía que no iba a parar, me llevaba un cuchillo al baño o a la cama y me cortaba primero despacio hasta que me acostumbraba al dolor y después lascivamente hasta que la sangre fluía libremente sin nada que la parase. Obviamente no lo hacía para quitarme la vida, solo quería deshacerme del sentimiento que me agobiaba en el momento: aquello podía ser angustia, tristeza, melancolía, odio desmedido por Alejandro o por mí, o por estar respirando. Una vez que veía caer la sangre, una vez que lo sentía, respiraba profundo, aliviada, y me ataba los brazos con papel higiénico que pronto mutaba en color carmín.
Empezaba a hacer frío en aquella época (y más cuando sos anoréxica y no tenés pelos que te cubran siquiera la cabeza) así que usaba siempre camisas o remeras de mangas largas. Mi plan era perfecto, nadie iba a darse cuenta. Me calmaba, me hacía sentir de nuevo persona y no tanto esqueleto o zombie vuelto de la muerte para quedarse a mitad de camino. Sin querer estaba dañándome otra vez, casi sin pensarlo. Lo que me ayudaba me destruía, una vez más.

8 comentarios:

andrea dijo...

hola solo keria decir, q te entiendo, q yo tmb me cortaba pa calmar el dolor, ya no aguantas tanto estar vivo o el dolor.. yo hacias eso, me cortaba por tanto sufrimiento.. hasta q una vez por hacerme las cortaduras siempre en el mismo lugar ,no paraba la sangre.. mi piel ya no tenia sensibilidad.. hasta q un dia de esos q te agarra la depresion, casi me lleva a la muerte..

cecilia gala dijo...

totalmente descarnado y perturbador llegue hasta aca,este libro explica minusiosamente como matarse como dejarse morir,si vivio esto deberia estar muerta o demente en un internado,me dio repugnancia,yo tengo una hija adolescente esto es extremadamente peligroso

Luciana Esquivel dijo...

Cielo, realmente una pendeja tarada que jamás valoró nada de lo que sus padres le dieron que fue todo y más, no te alcanzó con hacerle la vida imposible a tus propios viejos que también se la cagaste al pobre pelotudo de Alejo que lo único que intentaba era AYUDARTE y lo dijiste vos en uno de tus capítulos de mierda, de tu libro de mierda que tenías para elegír entre "Tu amor, tus amigas, tu familia que te ama o "ser perfecta" y elegiste la segunda opción. Hay chica/os que realmente sufren esta enfermedad y sin embargo no hacen un circo de todo lo que viven, sufren y padecen en su proceso, más que de "tu anorexia" el libro debería de hablar de TU DEMENCIA. Te cagás en chicas sin personalidad que creen que sos buena persona porque "sufriste" y te tienen como modelo a seguir contando toda tu mierda como si fuese una gran azaña el mal que le causaste a quienes te rodeaban, así están las pendejas por gente como vos "Cieli", da pena que en vez de ayudar, por unos mangos te cagues en unas pobres pendejas que aprenden como cortarse, como aguantar tus "Ayunos" y toda tu sarta de pelotudeses.

Carolina Reale dijo...

Luciana Esquivel pero que ignorante que sos querida. Date cuenta, este libro no te enseña a lastimarte, a ser anorexica o bulimica, es simplemente el retrato fiel de lo que esta mina vivió y de como después de tocar fondo pudo salir. Hoy Cielo Latini es una mina como vos, como yo, pudo superarlo. Acepta que esta es la realidad de una persona enferma, porque eso fue ella, eso te esta mostrando, como piensa una adolescente enferma. Va mas allá de cuanto le dieron o le dejaron de dar los padres, los amigos o Alejandro. Abrí un poquito la mente corazón, ¿O esperas que ella te muestre la anorexia y el suicidio "light"? Acepta que esta es la realidad de una persona enferma, te guste o no a vos.

Dulce Millan dijo...

Luciana Esquivel, aquí la "pendeja tarada" eres tú, al inicio de este blog explica que ella escribe su libro como un medio terapéutico para superar su enfermedad. Pelotuda estúpida ignorante. La gente imbécil como tú que critica sin saber me enferma.

Mariel Molina dijo...

Coincido con Luciana pero también creo que estaba enferma, y lo sigue estando. Es muy manipuladora y en sus entrevistas se ven sus contradicciones acerca del libro, pero no la juzgó porque sigue enferma y no sólo de anorexia.

Mariel Molina dijo...

Coincido con Luciana pero también creo que estaba enferma, y lo sigue estando. Es muy manipuladora y en sus entrevistas se ven sus contradicciones acerca del libro, pero no la juzgó porque sigue enferma y no sólo de anorexia.

Flor dijo...

Sin embargo te leíste el libro jajaja