lunes, 10 de septiembre de 2007

40. El reemplazo celestial

Había vuelto al departamento. Había visto las fotos. Ahora que intentaba recuperar o rehacer mi vida, quería volver a ver a Alejandro. Me faltaba su presencia aunque tan solo fuera cibernética para estar completamente viva. No me alcanzaba con respirar o escuchar latir a mi corazón, esos jamás fueron signos suficientes de vitalidad. Alejandro era un signo suficiente y hasta ese momento ausente.
Era aproximadamente octubre de 2004 cuando volví a hablar con él. Lo convencí, le dije que estaba bien, que había mejorado muchísimo, que ya no estaba internada y que quería verlo. Al principio dudó y luego me dijo soberbiamente: “bueno, nos vemos. Pero tengo solo media hora”. No me interesaba… esa media hora cuando me viese iba a convertirse en dos horas, quizás tres. No iba a poder resistirse, nunca pudo.
Media hora: lo cual quería decir que yo debía manejar una hora para encontrarme con él, estar media hora y volver a manejar otra hora. En conclusión: dos horas arriba del auto para estar treinta minutos con quien yo creía el amor de mi vida. “Suena desparejo, pero las cosas van a salir bien”. Siempre con la estúpida idea de que las cosas van a salir bien, porque cuando se trata de Alejandro no hay esfuerzo que no esté dispuesta a hacer para que el resultado sea positivo.
“Nos encontramos en Recoleta”, me dijo. Él siempre decide dónde, cuándo y cómo. Henry J. Beans, un restaurante o pub en Recoleta. Le pregunté a Papá cómo ir y le dije que iba a encontrarme con el Innombrable. Me dijo que agradecía mi sinceridad y me explicó cómo llegar. Papá, cómo te amo. ¿Cómo podés confiar tanto en mí? Supongo que simplemente soy muy buena actriz.
Llegué a Henry J. Beans con el corazón en la boca. Lo llamé por teléfono: “¿dónde estás?”. Me dijo que “llegando”. Subí al baño, me miré en el espejo: hermosa pero cortada como un fiambre. Me puse un saquito negro con rayas blancas para disimular los cortes. “No quiero que sepa que estoy enferma” (como si una prenda pudiera disimular aquello). Al menos esta vez tenía cejas y pelo.
Llegó, me encontró, me besó en la mejilla. “Vamos a otro lado”- me dijo. Caminamos hasta un paseo llamado Buenos Aires Design, lleno de negocios de arte y decoración y restaurantes. Nos sentamos en un bar en la puerta del Hard Rock Café. No podía creer tenerlo en frente mío después de tanto tiempo. Lo adoraba, lo idolatraba. Era mi Dios y estaba ahí cerca de mí. “Te veo mejor” me dijo. Le agradecí. “¿Seguis medicada?”- preguntó. Le contesté la verdad, que tomaba ansiolíticos y antidepresivos pero que quería dejarlos porque realmente me sentía bien. “¿Seguis con Néstor?”. Sí.
-Y vos Ale, ¿estás de novio?
-Sí.
-¿Cómo se llama? ¿Quién es?
-Se llama Claudia.
-Ah… ¿y qué hace? ¿Hace mucho que están juntos?
-Hace dos meses… pero, ¿por qué no le preguntas a ella mejor?
-¿Cómo?
-Mirá, ahí viene.
Lo miré a Alejandro azoradamente y después corrí la mirada centímetros a la derecha y vi venir a una mujer rubia, que caminaba casi bailarinamente, acercándose cada vez más a nuestra mesa. Lo miré a Alejandro que sonreía mientras la desvestía con la mirada. Volví a mirarla a ella. Alejandro se levantó: “Claudia, ella es Cielo. ¿Viste? Acá está, tanto que querías conocerla. Ahora te podés quedar tranquila”.
Sí. Fue todo una trampa. Alejandro me citó para que su novia no me cele. Ya me imagino esa conversación: “no podés estar celosa de ese desastre que es Cielo. Está toda cortada, pesa cuarenta kilos y está completamente loca”. Ella seguramente hizo caso omiso y habrá dicho: “hasta que no la conozca no voy a quedarme tranquila”. Eso supuse, eso parecía.
Claudia me saludó con un beso. Yo me quedé mirando atónita. Él le dio un beso en la boca. Mis ojos se abrían a la vez que mi garganta se cerraba. Claudia compartió mesa con nosotros: “bueno gordo, al final se hizo tarde para ir al cine”- dijo. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¿Estoy soñando? ¿Es esto verdad? Estoy sentada a la mesa con Alejandro, el hombre por el que me quité la vida y su nueva novia, mi reemplazo. ¡Y me está reemplazando en frente de mis narices!
Pedí permiso y fui al baño del bar con mi cartera. Me temblaban las manos. Se me caían de los ojos lágrimas inevitables de odio, de pasión desenfrenada, de celos, de impotencia, de no poder creer que lo que me estaba pasando. Me enjugué las lágrimas, no quería darles el gusto de verme llorando. Busqué desesperada con mis manos temblorosas dentro de mi cartera. ¡Maldición! No estaba. Seguí buscando: “estoy segura de que tengo uno”. Lo encontré finalmente: un sacapuntas recién comprado, filoso como ninguna otra cosa. Temblando pero ya suspirando por el alivio que iba a sentir a continuación extraje con las uñas los pequeños tornillos del sacapuntas. Miré la hoja con placer casi orgásmico y me corté los brazos una veintena de veces, con dolor (no el del metal sino el del reemplazo) y placer.
Las mujeres que estaban en el baño me miraban extrañadas, algunas horrorizadas corrían a la puerta. Terminé de cortarme y me sentía mucho más calma. Volví a ponerme el saco y salí, no sin antes ponerme rubor y rimel en la cara y ojos. Claudia y Alejandro charlaban entretenidamente en la mesa de cosas que yo no entendía; no me incluían en la conversación y me sentía de más en mi propia cita. Tomé mi taza de café y al hacerlo se corrió hacia mí la manga de mi saco que ya no era blanco y negro, sino bordó y negro. La sangre salía sin parar, a borbotones, aunque me había cubierto de papel higiénico. Una gota manchó la mesa. “¿Cielo qué te hiciste?”- preguntó Alejandro. La estúpida de Claudia miraba con ojos celestes y freezados. “Nada ¿de qué hablas?”- contesté y a continuación me saqué definitivamente el saco dejando al descubierto mis heridas y mi sangre que emergía como de la fuente de Salmacis.
Claudia abrió los ojos grandes como platos y luego miró hacia abajo (quizás arrepentida del show que habían armado). “Veo que estás mucho mejor”- me dijo él irónicamente. “Sí, muchas gracias por preocuparte”- contesté frívolamente. Después de unos minutos se levantó para ir al baño y quedamos ella y yo juntas en la mesa. Ella me hablaba, como si no tuviera los brazos cortados o la pintura corrida o diez kilos de menos… me hablaba como si fuéramos amigas o compañeras de algo… me hablaba como si no estuviera ocupando mi lugar, haciéndole el amor al amor de mi vida, corrompiendo mi alma y mi salud mental. Hablamos de cine, me dijo que querían ir a ver una película porque a él le gustaba, pero que a ella no tanto. ¡¿Qué podés saber de Alejandro vos que lo conoces hace un mes?! ¿Qué podés saber pedazo de estúpida? Nadie sabe más de él que yo… pero sos mi reemplazo… y sos rubia, tenés ojos celestes, sos médica, tenés treinta años. Yo no soy nadie y estoy sangrando demasiado.
Alejandro volvió, se dieron otro beso en la boca. Yo no podía hacer nada más que quedarme callada y mirando al vacío. Unas palabras terminaron de destruir lo poco de digno que quedaba en mí: “gordo, vamos yendo porque llegamos tarde al cine”. Ahora sí, por favor, ¡mozo! Cianuro on the rocks. Muchísimas gracias y buena vida. “Llamá a tu papá y decile que estás yendo para tu casa”- me pidió él. Que quede claro: no me pidió eso porque se preocupaba por mí, sino porque sabía que iba a intentar morir definitivamente después de semejante escena tragicómica donde él era el actor principal, su pareja la estrella invitada y yo una simple iluminadora del demonio.
-No pienso llamar a nadie.
-Vamos, hacelo… me quedo preocupado sino.
“Dale Cielo, llamá”. ¡La estúpida, la usurpadora, la reemplazante me dijo “dale Cielo llamá”! ¡¿QUÉ ES ESTO?! ¿QUIÉN SOS PARA PREOCUPARTE O INTENTAR HACERTE CARGO? ¡SIQUIERA PARA DIRIGIRME LA PALABRA! Reemplazante de cuarta… ¿Cómo podés siquiera dirigirme la palabra? ¡sucia!
Que Claudia me lo pidiese fue demasiado. Dije que iba a quedarme tomando algo y que no iba a irme hasta que ellos se fueran. “Bueno, nosotros nos vamos”- dijo Alejandro y el eco repitió: “nosotros”, “nosotros”, “nosotros”, “nosotros nos”, “nos”, “nos”. Claudia me besó en el cachete y me dijo: “un gusto”. ¡Un gusto! ¡¡¡Un gusto!!! Alejandro hizo lo mismo, pero sin gustos. Simplemente me dijo: “dale, llamá, por favor”. Le contesté que no pensaba llamar y que por favor se fuera porque se le hacía tarde para el cine.
Él nunca entendió lo que era para mí volverlo a ver después de una interminable espera que incluyó intento de suicidio e internación. Nunca lo entendió y esa noche menos que nunca. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¿Cómo pudo llevarla? Habían caminado ya una cuadra y yo seguía sentada a la mesa, esperando que me cayera un helicóptero encima o me decapitara por casualidad un verdugo cuando de repente alguien me tocó el hombro. No me di vuelta, no me importaba si me violaban. Pero no, era él. Miré para atrás, Claudia esperaba lejos.
-Por favor, si no lo hacés por vos hacelo por mí (¡la historia de mi vida!). Llamá a tus padres.
-No- le dije, mientras ingería un antidepresivo.
-¿Qué tomaste?
-Un Alplax. Lo necesito después de esto.
-Te dije que estaba de novio.
-Sí, pero no que ibas a traerla a sentarse con nosotros.
-No me hagas llamar a tus padres, por favor.
Entonces tomé mi celular y llamé a Papá: “papi, estoy volviendo”. “Ahora me quedo más tranquilo”- me dijo. Me abrazó, me dijo que me quería mucho y se fue de la mano con mi reemplazo.
Me quedé más de quince minutos llorando en aquella mesa. Llorando y sangrando. A continuación me levanté, fui al baño, me sequé la sangre y las lágrimas y caminé hacia donde creía que estaba mi auto. Estaba completamente perdida. Había perdido la ubicación, mi orientación, no sabía dónde estaba, ni qué día era ni dónde había dejado el auto. Media hora después llamó Papá: “Cielo ¿ya estás llegando?”. Le dije, llorando, que no encontraba el auto. Me contestó que no me desesperara, no sé qué otra cosa me podría haber respondido. Me senté en la vereda y fumé un cigarrillo. “Claudia y Alejandro deben estar en el cine ahora y yo ni siquiera sé dónde está mi auto”.
Caminé sin rumbo por lo menos veinte cuadras, a veces en círculo y a veces sin sentido hasta que lo encontré. Me subí, lloré inmensamente hasta calmarme y manejé intentando no quedarme dormida después de haber ingerido la pastillita de la felicidad.

6 comentarios:

Camis dijo...

que puedo escribir? despues de las cosas que lei... sin palabras.. me siento tan identificada con muchas cosas... me hizo llorar me hizo entender parte del sufrimient de un ser querido...
que me hizo entrar aca?? sabia que leyendo esto iba a enteder no se si mucho pero un poco de la oscuridad en la que estan inmersos los que tienen enfermedades que no se pueden explicar si no las vivis... MUCHAS GRACIAS, gracias por animarte a contarnos tu hisotoria x destapar problematicas y situaciones...

Luna dijo...

que triste que una persona crea que eso es amor, que te den migajas, como puede ser que nuestra mente se crea tanto que amamos a alguien que ni siquiera podemos vivir sin el...
pero pasa y es tan triste y tan ilogico como el "amor" el cual dicen es el sentimiento mas bello te puede llevar a cometer las mas grandes locuras.

'panqeew dijo...

Pff me siento tan identificada con el libro no puedo creerlo. Me duele y hasta he llorado por tantas coincidencias.

Fabi Gutierrez dijo...

Este capitulo me conmovió las entrañas...

Emswan dijo...

Conosco a un chico que se corto una ves... por mi. Nose si lo sigue haciendo, el dijo que solo lo hizo una ves, pero despues de leer esto nose si creerle. Me siento la peor mierda (ahora sabiendo, entendiendo) sabiendo lo que el sintio... me odio.

Joor Suarez dijo...

El INOMBRABLE.... ironicamente asi le digo a mi ex. Buenisimo el libro! De mas esta decir lo identificada que estoy desde el principio hasta el final.