lunes, 10 de septiembre de 2007

26. Una casa no es un hogar

Cuando sos anoréxica, bulímica y te rehusas a buscar ayuda porque crees que te las sabés todas, empezá a buscar una lápida que te guste porque estás cerca de la muerte. La situación empeoraba cada día más: Alejandro me presionaba para que les cuente a mis viejos, mientras que mis amigas ya los habían dado por enterados y yo no siquiera podía confiar en nadie. No podía contarles mi malestar a mis amigas porque automáticamente habían dejado de serlo; tampoco podía hablar con mis viejos, tenía mucho miedo de que me internasen. Lo único que me quedaba por hacer era hablar con Alejandro, aunque supiese que tarde o temprano iba a cansarse de lidiar con mi estilo de vida y mi obsesión congénita a su persona. Tenía que elegir: ser perfecta o estar con Alejandro y tener amigas y una familia que me amaba. Elegí ser perfecta, o intentar serlo al menos.

15 de diciembre de 2003
Lagrima dice:
No soporto más esto, me quiero ir de esta casa, no puedo estudiar. Los odio a todos. Vos no sabés lo que es esta casa, no sabés. Me parece que me voy a vivir con mi abuela.
Hogweed dice:
Intentá relajarte un poco. No seas extremista, porque sin duda hay muchísimas peores. Tenés todas las comodidades posibles, solo tenés que mejorar o manejar la relación y punto. No tomes en cuenta solo lo "malo" que tus viejos te hacen, porque estarías siendo muy injusta. Tu vida depende hoy por hoy de ellos, te guste o no.
Lagrima dice:
No es que están mal conmigo, ellos están mal entre ellos y descargan conmigo y no lo puedo soportar más. Hay mala onda por todos lados, en cada rincón de la casa, soy muy receptiva con esas cosas. Si puedo evitar impregnarme de eso, lo evito. Y estando acá no hay más remedio que contagiarme el stress familiar.
Hogweed dice:
Bueno, a mí no me parece que sea tan terrible y deberías empezar a acostumbrarte a estar en climas hostiles, no pienses que te van a tratar bien en todos lados
Lagrima dice:
Flaco, vos podés estar en climas hostiles pero ¿vivir permanentemente inmersa en esto? No, me niego. No quiero, no puedo soportarlo, soy débil.
Hogweed dice:
No sos débil, estás débil.
Lagrima dice:
En serio, esta mala onda me está tirando abajo. Me quiero ir a Mar del Plata hasta marzo.
Hogweed dice:
¿Así allá no comés?
Lagrima dice:
Así no me joden. Ni siquiera puedo rajar a capital ahora que está todo mal con mis compañeras.
Hogweed dice:
¿Con todas está todo mal? ¿Por el tema de que hablaron con tus viejos?
Lagrima dice:
Dejé de hablar con ellas, ya no puedo confiarles nada, por obvias razones. No me interesa seguir estando con ellas. No las puedo querer sabiendo que me traicionaron y por lo tanto seguir con ellas sería usarlas. Ni siquiera ganas de usarlas tengo. Antes todo era perfecto, no sé qué pasó acá en casa. Me hace sentir horrible.
***
Mi error fue ese: creer que las cosas eran perfectas. Siempre tuve por seguro que mi familia era la familia perfecta, que mis padres eran los mejores, los más dedicados; que mis hermanos y yo éramos perfectos. Nada más lejos de la realidad, pero tenía que aparecer Ana para que nos diésemos cuenta. No quiero decir que yo fui la causa del desequilibrio que sufrió mi casa, mi familia, sino que gracias a lo que me sucedió se destaparon varias mentiras y cayeron paredes que en realidad eran cartones.
Al mismo tiempo que estaba faltando considerablemente a las clases en la universidad y que no me hablaba con mis padres, empecé a vivir a través de Internet. No existía el teléfono para mí, todo era “cyber” (no es difícil entender por qué estoy escribiendo un libro y no contándoselo a la gente directamente). Las personas con las que me relacionaban eran Tomás (el chico con quien me topé de casualidad cuando lo fui a buscar a la facultad a Alejandro) y las chicas de mis grupos pro-anorexia.
Empecé a salir con Tomy regularmente: íbamos a jugar al pool, al teatro, a tomar algo; todo siempre como amigos. Aún así, no contaba todavía con plena confianza así que no le conté acerca de Ana, siempre me limité a decir que era una infeliz sin remedio. Una de las noches que salimos, me llevó en su auto a Martinez, a un bar cerca del río. Después de tomar una gaseosa light y charlar unas cuantas horas, me decidí a contarle la verdad (no era muy creíble que era una mujer triste simplemente porque me iba mal en la facultad). Creía que Tomy necesitaba saber la verdad, así que cuando salimos del barcito nos sentamos al lado del río. Tenía muchísimo frío aunque era diciembre, pero estar con Ana al lado del río no era una combinación muy adecuada para mí: una mujer con huesos de pasta dentífrica.
“Te tengo que contar algo, Toto”- le dije. Supongo que él pensó que le iba a decir cualquier otra cosa excepto lo que escuchó aquella noche. “Vomito después de comer… bueno, en realidad trato de no comer. Después de esta confesión espero dos cosas: que no me dejes de querer y que no sientas lástima por mí”. Me abrazó y me dijo que su ex novia también había sido bulímica y yo confirmé mis sospechas: no éramos amigos porque nos habíamos caído bien, creo fervientemente que las personas son atraídas por percepciones y de alguna manera Tomy sabía que en algo me parecía a su ex novia. Éramos malditas bulímicas, muy romántico.
Me llevó hasta nueve de julio e Independencia donde había dejado mi auto (sí, soy masoquista) y me dijo: “¿Cie, podés llevar a una amiga mía que está en Capital y vive en tu misma ciudad?”. Le respondí que sí, así que la esperamos en la estación de servicio mientras tomábamos otra gaseosa. Entonces llegó ella: rubia despampanante, con un cuerpo escultural y voz entre ronca y disfónica: Chechu. Hablamos diez minutos juntos en la misma mesa y me dijo: “¡Gracias Sky por llevarme!”. Saludamos a Tomy y emprendimos camino hacia nuestras casas.
Chechu vivía en un barrio cerrado cerca de mi casa y no me causaba ningún trastorno llevarla… y pronto aquello que podría haber sido una carga se convirtió en el viaje más divertido de la historia. Era una mujer increíble, tenía algunos años más que yo pero era divertida y nos entendimos perfectamente desde el primer momento. Los que siempre eran tediosos cuarenta y cinco minutos de viaje, se volvieron mágicos y apasionantes mientras Chechu me contaba acerca de sus desamores: ¡te entiendo, Chechu! ¡Te entiendo! Llegamos a su barrio privado y me dijo: “no te vayas ya ¿no querés que nos quedemos dando unas vueltas con el auto?”. Dije que sí, aunque ya eran las cinco de la mañana. Nos reímos, bailamos en la caja de mi camioneta y nos pasamos nuestros respectivos emails.
La segunda vez que la vi a Chechu, me estaba esperando con Tomy en un auto para irnos a Mar del Plata. ¡Una locura! Las cosas imprevisibles son las que mejor terminan. Le pregunté a Alejandro si le molestaba que me fuera a la ciudad del mar plateado con un amigo y su amiga y me dijo que no tenía problemas (claro, no le importaba absolutamente nada lo que hacía o dejaba de hacer). Les expliqué rápidamente a mis padres quiénes eran Chechu y Tomy; los saludé cariñosamente y entré en el auto de mi amigo.
¡Nos vamos a Mardel, Sky!- dijo Chechu entusiasmada. Yo estaba con seguridad más contenta que nadie de hacer ese viaje: por fin iba a despejarme. Sin amigas, sin Alejandro, sin padres, sin comida. ¡Iba a ser el viaje perfecto! Tener a Chechu al lado era un recordatorio permanente de lo que quería ser: rubia, cuarenta y cinco kilogramos, unos diez centímetros más baja que yo, busto enorme, cuerpo perfecto. No iba a comer, pero como premisa primera: iba a divertirme.
Fueron cuatro días divertidísimos donde Chechu y yo nos hicimos pasar por prostitutas brasileras de la mano de Tomy. Él le decía a la gente que nos miraba: “son brasileras, no entienden lo que hablamos… ahora nos vamos a dormir los tres juntitos ¿no chicas?” y nosotras en un castellano precario respondíamos: “Sí, sí” entre risas.
El drama llegó la última noche: Tomy quería irse a la mañana y yo a la tarde. Chechu se había puesto de novia con Santi, un jugador de fútbol que la esperaba en Pinamar, así que Tomy y yo volvíamos juntos a Capital. Ningún viaje es perfecto y menos si Alejandro estaba en el medio. “¿Qué día volves de Mardel?” me preguntó Alejandro. Le respondí que el domingo y me dijo: “bueno, a tu ciudad volvés el lunes ¿qué te parece?”. Me propuso quedarme en su casa aquella noche y Tomy no estaba de acuerdo. Peleamos en el medio de un boliche la noche antes de irnos. Me tomé un taxi hasta el departamento (de Tomy) y le dije que iba a ir a la terminar a buscar un pasaje a Capital porque “si sos tan egoísta como para no hacerme caso y querer volverte solo, bueno, hacelo. Pero yo me voy en micro”.
Finalmente Tomy fue víctima de mi manipulación y me dijo: “Cie, volvemos a la hora que vos quieras”. Feliz, llamé a Alejandro y le dije que me esperara en la esquina de siempre a las diez de la noche del domingo. El viaje con Toto fue muy divertido, escuchamos la música que nos gustaba y nos reímos mucho. “No me gusta que te encuentres con este tipo que te hace mal, boluda. Pero bueno, por lo menos prometeme que vas a comer algo”. Le prometí que cuando llegase a Monte Grande iba a comer algo. Mentí.
Llegué a lo de Alejandro, llamé a mis padres y les dije que iba a quedarme una noche más en Mar del Plata con Tomy y Chechu y les pareció bien. Disfruté aquella noche con Alejandro pero me ahorcaba el miedo: tengo que volver a casa, no quiero volver a casa. No es que no quisiera a mis padres: pero me estaban volviendo loca. Me hacían comer, me trataban mal, me culpaban de estupideces y se vivía un clima demasiado tenso. Mi estabilidad mental era precaria y no soportaba grandes desafíos, así que hubiera preferido no volver jamás a aquella casa que no era un hogar.
Lamentablemente tuve que volver a mi ciudad, a la casa de mis viejos, a los calambres en piernas y manos y a mecomoami y a mi obsesión mayor: comida y Alejandro. O mejor: la falta de ellos. No quería ser una carga para él, no necesitaba otra persona en mi contra y sin embargo no podía evitar hacer comentarios tendenciosos acerca de lo mal que me sentía o lo bien que me veía. Pronto caí en cama, con mucha fiebre, descompensaciones de todo tipo y dolores que parecían no abandonarme jamás. Mis padres resolvieron que lo mejor era que me inspeccionara un médico.
Me llevaron a un pediatra amigo de mi papá que me tomó el pulso y me dijo: “Cielo, te veo muy desmejorada. Tu peso no es normal, aunque los estudios de sangre dan bien”. Me hizo abrir la boca e inspeccionó mi garganta con auténtica minuciosidad. Luego les dijo a mis padres que se retiraran y me acosó a preguntas: “Cielo, estás vomitando. Me doy cuenta por tu paladar, por tu garganta. Tu viejo no está bien, yo te diría que reviertas la situación porque a esto le sigue otro infarto o una posible internación tuya. Tus viejos te quieren mucho, hacelo por ellos”. Muy bien, estaba cansada de hacer las cosas por los demás. ¡Nadie se preocupaba por mí, lo importante era que mis viejos estuvieran tranquilos en su castillito de cristal! Genial, iba a hacer lo que el médico me pidió: iba a dejar de vomitar, pero también iba a dejar de comer por completo.
“Hagamos un trato- me dijo el médico- yo les digo a tus papás que vos estás bien y estable pero vos me prometes que no vas a vomitar más y que te vas a portar bien y vas a comer”. Yo redoblé la apuesta: “Además de decirles que estoy bien les vas a sugerir que me alquilen un departamento en capital para que yo pueda vivir más relajada… yo prometo que voy a comer”. Así que el médico hizo su parte y fue el único que cumplió. No iba a ceder ante extorsiones de ningún tipo. Había una sola persona en el mundo que podía controlarme y convencerme y no era ese médico amigo de mi viejo.
Necesitaba aliados así que volví a hablar con las chicas de la universidad, no podía estar sola. Estaba muy enojada con Dolores porque pensaba que ella había tenido la idea de advertir a mis padres, pero estaba completamente equivocada. De todas maneras, a Pilar la quería tanto que no podía siquiera pensar en que ella me hubiera traicionado. Seguí visitando a Pilar y yendo a su casa como si fuera la mía.
Las cosas estaban yendo bien hasta que una tarde de diciembre se me ocurrió llamar por teléfono a Alejandro:
-Hola
- Hola flaco, ¿Dónde estás?
- Adiviná…
- No sé… ¿Dónde? ¿Quiénes están ahí con vos?
- Me estoy yendo a Mar del Plata con una chica de pelo cortito.
No, no me hagas esas bromas. Por favor, no. No era una broma. Se estaba yendo a Mar del Plata con una mujer de pelo corto que supuse se llamaba Romina. Muy bien, la parejita feliz se estaba yendo de viaje con su hijito perfecto y yo vomitando soledades y lechugas, sufriendo calambres y reemplazos. No era justo, no. Quería desaparecer.
-¿Y cuándo volvés?
- Me voy por el fin de semana, supongo.
- Bueno…
- Bueno, te dejo porque Ulises quiere bajar a hacer pis
- Bueno…
- ¡Chau!
“Bueno”. Era todo lo que tenía para decir: bueno. No era bueno, no era positivo de ninguna manera. Me había quedado petrificada: ¿qué es Alejandro en mi vida? –pensaba- ¿Qué lugar ocupo en su vida? Ningún lugar importante, con seguridad. Me sentí estúpida, usada, maleable como arenilla vencida. Una estúpida. Porque para viajar prefería a Romina y a su hijo… ¿para qué me quería a mí entonces? Aquel fin de semana vomité cósmicamente, como nunca lo había hecho. Me despertaba a horas inusuales a abrir la heladera e ingerir cualquier cosa: no distinguía entre lo dulce o lo salado, lo frío o lo caliente.
Todo me daba lo mismo, necesitaba llenar con comida el hueco que sentía adentro. Así, mientras esperaba que se hicieran las tostadas comía un chocolate amargo, mientras les ponía manteca a los panes, tomaba café y gaseosa light; todo me daba lo mismo, necesitaba comer, necesitaba tener cosas en la boca y masticar y sentir el gusto de la comida de nuevo y masticarla a Romina, despedazarlo a Alejandro y tragarme a Ulises. Minutos después me encontré en el inodoro vomitando todo lo que había consumido. Me daba cuenta de que ya no quedaba nada adentro mío cuando salían hilos de sangre en lugar de comida y un gusto ácido me llenaba el cuerpo de soledad otra vez.

3 comentarios:

Ivi Nievicz dijo...

Tenía que elegir: ser perfecta o estar con Alejandro y tener amigas y una familia que me amaba. Elegí ser perfecta, o intentar serlo al menos.

admití que estabas enferma, cómo vas a elegir ser perfecta teniendo la otra opción que era genial? igualmente te felicito por el libro, y por todo. Un beso grande Cielo

NO TE LO PONGAS! dijo...

Porsupuesto que estaba enferma ...y mucho! pero lo contó y se supone se dio cuenta de su error,ojalá logre ser felíz algún dia!

nadita de nada dijo...

Mientras culpe a los demas por sus desiciones no vaba ser feliz.. no hay mas.