lunes, 10 de septiembre de 2007

33. ¿Estoy muerta?

Absurdas. Algunas de las cosas que se piensan antes de morir son ridículas. Un día antes de mi muerte planeada, decidí hacer todo lo que no había podido en mi vida inmediata. Tomé mis ahorros y fui al paseo de compras de Acoyte y Rivadavia. Compré las cosas que siempre había querido y que no había podido tener por miedo a quedarme después sin dinero para cosas importantes. Compré un almohadón con forma de corazón y un par de remeras que había visto unos días atrás. Salí llena de bolsas y fui a la peluquería: quería teñirme de rubio o plancharme el pelo con crema. Quería probar. En la peluquería me dijeron que era tarde, que volviese el día siguiente. Me hubiera encantado poder explicarles que no podía volver porque no iba a estar viva, pero era una historia demasiado larga y trágica.

20 de abril de 2004
Fui al cine con Pilar. Desde que tengo el Rivotril me siento mucho mejor porque me obligo a no pensar. Tendría que haber tomado este medicamento desde hace años. Estoy como dormida o relajada todo el tiempo. Eso es bueno pero no voy a vivir así para siempre.
A Alejandro lo voy a llamar esta semana seguramente. Y él me va a revolver los sentimientos y va a desatar de nuevo el huracán. Quizá lo llame el jueves o quizás mañana ¿quién sabe? Por ahora no siento la necesidad y si puedo evitarlo lo haré. Pero quiero tener una relación con él y si no lo llamo yo no hay relación porque obviamente él no me va a llamar.
Pienso en morirme pero no tan seriamente como antes, supongo que es el documental que me está recargando las pilas, aunque no me lo voy a llevar a la tumba. No tengo miedo y quizás exista la vida sin Alejandro. No va a ser tan pura, tan excitante, tan perfecta, pero puede llegar a asemejarse a una vida. ¿Cómo puede ser que no me haya llamado todavía? Quiero morirme, cerrar los ojos para siempre. Quiero estar con Alejandro en la tierra y en el cielo. Lo amo demasiado como para perderme la vida sin él. Él es mi comida, mi vida y todas mis razones para existir. No voy a llamarlo ahora, pero en cualquier momento lo hago. Quiero que se esté conmigo, que se preocupe por mí. Que me ame y me haga el amor. Eso necesito. Ya hace casi un mes que no lo veo… ¿cuánto tiempo más podré aguantar?
***
A esa pregunta retórica tengo la respuesta: veinticuatro horas. Me quedé dormida sumida en mis miserias y mi imaginación donde Alejandro venía a salvarme. Aquel departamento era en ese entonces una iglesia silenciosa donde cada palabra hacía eco. Cada uno de mis acongojados llantos retumbaba en las paredes y me penetraban con violencia. No podía dormir. Decidí hacer un collage: pegué con cinta adhesiva fotos de mi familia en la pared. Mi madre, mi padre, mis hermanos y amigas colgaban ahora de la superficie blancuzca. Cuando hube terminado me senté en una silla mirando directamente a la pared llena de fotos: “mi vida es una mentira” pensé. “Toda esa gente en la pared… nadie se preocupa verdaderamente por mí”. En ese momento sonó el teléfono: era Mamá que quería confirmar lo del día siguiente.
Mi tía Roberta es psicóloga y la íbamos a entrevistar para el documental. Le habíamos hecho preparar un speech y Roberta había accedido gustosa. Habíamos estado hablando por teléfono toda la semana para concretar la entrevista y finalmente era el día. Le dije a mamá que ni bien saliéramos de la UCA pasaríamos por casa para grabar.
Al día siguiente mamá nos recibió con medialunas y café con leche. Tomé una medialuna: no sabía cuánto me quedaba de vida pero quería que mami se quedara con un buen recuerdo. Grabamos a mi tía hablando pestes de lo que yo consideraba un estilo de vida y mi modelo a seguir: Ana. Mis compañeras intercambiaban miradas entre desdeñosas y cómplices de las que no era partícipe.
En algún momento sentí que María, la encargada de entrevistar a mi tía, hacía preguntas tendenciosas que giraban en torno a MI SALUD. Quizás solo estaba paranoica, pero con seguridad estaba en lo cierto. Irónicamente Mamá estaba en la sala presenciando la entrevista. Yo no podía mirar en su dirección, tenía muchísimas ganas de llorar, de abrazarla y de pedirle perdón por lo que estaba a punto de hacer. Últimamente no la abrazaba por miedo a que se espantase por mis costillas, no quería que me sintiera débil.
“Mamá, te amo. No puedo decirte lo mucho que te quiero. Sé que es lo mejor. No puedo seguir viviendo así, voy a ser egoísta una vez más pero en mi egoísmo quizás estoy pensando en ustedes, porque no son felices con una hija tan conflictiva. Voy a dejarlos y pronto reharán sus vidas. Voy a estar en un lugar mejor, Mamá. Te amo”.
Escuché una canción de Tori Amos, acerca de una violación. Canta en primera persona cómo de pronto se encontró con un desconocido apuntadole un arma en su espalda. “Pueden reirse, es algo raro las cosas que se piensan en momentos como ese. Pero todavía no visité Barbados así que tengo que salir de esta”. Yo la entiendo. Tori quiere salir con vida porque le faltaban cosas por ver, por visitar: ella quería ir a Barbados y en eso pensaba mientras la violaban. Yo quería pelarme, o teñirme, o cantar canciones. También quería que el documental saliera a la perfección. ¿Por qué habría de importarme un documental que no iba a ver jamás? Porque las cosas que se piensan antes de morir son ridículas. Porque la muerte es irracional y la mente no tiene límites. No pensé en hacer un viaje, ni en asaltar un banco. Me quedé con las pequeñas cosas, con los gustos más diminutos. Me contentaba con un cambio de look y con gastar algo de mis ahorros.
Pero estaba en casa presenciando la entrevista que le hacían a mi tía. Ya estaba en otro mundo, en otra esfera de la realidad. Cuando sabés que en horas vas a ser un fantasma no te preocupa lo que está pasando en el momento, sino lo que pasará cuando no estés. Es tiempo muerto, inexistente y sin embargo no lo es para los que se quedan. La muerte es el único viaje donde el que se va es el que menos extraña, porque no puede hacerlo, porque no puede ser, porque no existe, porque ya no es.
Ese día en casa llevaba puesta una de las remeras que me había comprado la tarde anterior, antes de ser rechazada en una peluquería de barrio. Recuerdo que el peluquero me dijo: “estamos cerrando, no podemos atenderte y en todo caso, no te recomiendo que te planches el pelo con crema porque se te va a dañar”. ¿Se me va a dañar? ¿Qué me importa? Bajo tierra no creo que a los gusanos les interese demasiado si mi pelo brilla o deja de hacerlo. Sin embargo no podía explicarle aquello al peluquero homosexual que me atendió. Simplemente me fui.
Me fui como en casa, donde estaba y no a la vez. Observaba la escena como en el cine, como si fuera una película. “No me está pasando a mí, yo estoy muerta”. Aún no sabía cuándo iba a quitarme la vida pero por las dudas antes de volver a Caballito le di a Mamá un abrazo sincero; la abracé sin importarme que me notase las costillas o el frío en la piel. Lo notó: Mamá estaba rota. Como si supiera que estaba por irme de aquel mundo, como si supiera que era la última vez que me vería… o al menos, que vería aquella versión de mi persona.
La besé, abracé y me fui. Pilar manejó hasta Caballito y me dejó en casa. Las saludé a todas cariñosamente, solo por las dudas. Cuando llegué a mi departamento y cerré la puerta perdí la consciencia por algunos minutos que quizás fueron segundos. Abrí los ojos y me vi tirada en el piso y junto a mí la pared llena de fotos, a mi derecha la mesa donde Alejandro se sentaba a desayunar, pero en lugar de un desayuno yacían sobre ella las cartas que había escrito. Estaban terminadas, cada una prolijamente escrita y destinada con nombre y apellido.
La última cena: abrí la heladera y me encontré con casi nada. Papá me había comprado queso rallado porque sabe cuánto me gustan las pastas. Lo había comprado en febrero y aquella noche de abril estaba vencido y aún sin abrir. Lo único que había además del queso era un vino blanco que había comprado hacía unos días porque esperaba la visita (improbable) de Alejandro. Él nunca vino, no apareció. A pesar de mis insistentes llamadas y mudos pedidos de auxilio no apareció. Nunca tocó aquel departamento de nuevo. Nunca usó las llaves. Alejandro me había matado.
Eran más de las diez y yo seguía llorando. No tenía nada que hacer, no tenía por qué vivir. Lo llamé y no contestó. Llamé a su casa y a su celular, no podía encontrarlo. Cuando sentis que perdes sostenes y no encontras de donde agarrarte, tomas el teléfono y haces llamadas desesperadas esperando que alguien conteste. Que alguien importante en tu vida conteste. Un simple “hola” me hubiera salvado. No hubo holas aquella noche.
Le eché un último vistazo a mi departamento y volví a la heladera: aquel vino era el recordatorio de lo tonta que era, de lo mal que me sentía. Ese vino era un letrero de neón diciéndome: “sos una estúpida, creíste que ibas a tomarlo con Alejandro. No, estás sola. Auténticamente sola”.
Sí, estaba más sola que nunca en aquel departamento decorado por mí y habitado por los espectros de los abandonos ajenos. Él me había abandonado de nuevo, no podía soportarlo. Entré en crisis: lloraba intensamente con una agonía hasta ahora desconocida para mí. No podía parar, intentaba calmarme (uno, dos, tres…) en vano. Intenté llamarlo de nuevo: tenía miedo, estaba muerta de miedo. No sabía de qué era capaz, ya no confiaba en mi consciencia, en mi racionalidad. Necesitaba escuchar una voz del otro lado. No atendió. Su celular no estaba apagado, simplemente había decido no contestarme. Pocas llamadas después lo apagó. Fueron ocho en total. Ocho pedidos desperados de ayuda, de salvación. No se hizo cargo, no me sostuvo y yo no tuve otra opción más que derrumbarme.
Abrí la heladera por tercera vez y tomé el vino entre mis manos heladas. Lo apoyé en la mesa, lo abrí y esperé sentada a que algo me salvara. Nada iba a pasar, estaba completamente sola. No, Cielo. No hagas así las cosas… siempre cuidaste bien los detalles. Necesitaba una estrategia para no echarlo todo a perder. Llamé entonces a Pilar para que no me esperara la mañana siguiente en la esquina de siempre para ir a la facultad. Aquel veintiuno de abril no iba a ir a la UCA ni a ningún otro lado. Ya no iba a ir. Ya no iba. Ya no. Me atendió su mamá e intentando contener el llanto le expliqué: “Ana (irónico, así se llama) no voy a ir a la facultad mañana así que decile a Pilar que no me espere. Bueno, muchísimas gracias”. Me había despedido de otra persona.
A continuación tomé mi celular y grabé un mensaje para el contestador: “ahora no te puedo atender, estoy en la peluquería”. No sé por qué pensé que si llamaban a mi celular era una buena excusa decir que estaba en la peluquería. Para ese entonces ya estaba bastante consumida por mi llanto y no creo que se hubiera entendido ese mensaje, pero tenía que hacer mis mejores esfuerzos para que nadie se preocupara por mi desaparición y me dejaran dormir en paz para siempre.
Volví a sentarme a la mesa y tomé mis cajas de Rivotril. No tomé uno por uno, no. Tomé un puñado y los metí mientras lloraba en mi boca y los tragué con vino blanco, aquel que había comprado para Alejandro. “Es tu culpa, maldito infeliz; espero que mañana entiendas que cuando te decía que me moría sin vos lo decía en serio”. Cuarenta. Cuarenta pastillas para dormir tomé aquella noche. Lo siguiente me viene a la cabeza como flashes, como fotos borrosas. Recuerdo haber puesto un disco que me gustaba mucho, Simple Things de Zero7; play. Mareadísima pero todavía algo consciente fumé unos cuantos cigarrillos mientras esperaba mi muerte. Tomé una lapicera y escribí las paredes. No sabía qué estaba escribiendo, pero las paredes de pronto perdieron su blancuzca palidez. Al lado de las fotos de mi familia hice flechas y comentarios: “Te amo” “Te adoro” “Nunca los voy a olvidar” “¡Idolo!”. Al lado de la foto de Alejandro una flecha rezaba “es tu culpa”. ¿Fue su culpa? Ya era tarde. Estaba muerta.

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