lunes, 10 de septiembre de 2007

28. Feliz Año nuevo

Necesitaba mudarme: el clima familiar no era hostil, era peor. Siempre mi cabeza fue más rápida que mis impulsos aunque muchos me cataloguen de impulsiva. La anorexia me había convertido en una mujer calculadora y fría. Necesitaba mudarme y mis padres en consecuencia pedían de mí una imagen muy lejana a la real. Decidí que les iba a dar aquello que me imponían como condición única para mudarme: un cielo alimentado. También me pedían que estudiase, que fuera buena alumna, que tuviera algo de relación con ellos y que no lo viera a Alejandro. Estaba dispuesta a empezar a comer de nuevo, de eso estaba segura. Una vez mudada iba a hacer lo que me placiese.
Aquella noche de enero salimos a cenar en familia. Tenía que comer, quería que se sintieran bien (la historia de mi vida, intentar anónimamente complacer a otros) y necesitaba creer que no estaba enferma, que podía contra un plato de comida. Intenté hacerlo, juro que lo intenté dignamente.
Me senté a la mesa y bromeé con mis padres. La moza trajo el menú y lo inspeccioné más porque todos hacían lo mismo que por otra cosa. Hacía semanas que no probaba bocado y ya sabía lo que iba a comer siquiera antes de decidir si iba a hacerlo: ñoquis a la crema gratinados, mi comida preferida. “¿Ya elegiste Cieli?”- preguntó papá inocentemente. Le contesté y a continuación hicieron sus pedidos. Tenía hambre, pero no el suficiente espacio como para que cupiera un plato de pastas en mi estómago. Finalmente llegó la comida. Miré el plato: blanco, de porcelana, lleno de harina, papa y crema. No veía ñoquis, veía consistencias de color blanco espeso con pintitas verdes. Tomé el tenedor sin esfuerzo y pinché el primer ñoqui. A continuación sentí sobre mí las miradas de todos los comensales: ¿estaban jugando a algún juego del que yo era partícipe ignotamente? Sí: juguemos a cuántos ñoquis come Cielo esta noche.
Comí un cuarto del plato que me habían servido y no impedí que mi papá me sacara algunos cuantos. “No está tan mal” pensé y no sabía lo equivocada que estaba. Dejé el resto de la pasta aburriéndose en mi plato y me dediqué a hacer chistes mientras enredaba el tenedor dando vueltas los ñoquis como jugando un partido de jockey sobre pasta.
Una vez terminada la cena, mis hermanitos quisieron ir a tomar un helado. No iba a negarme: me pierde el helado. Frutilla al agua y chocolate, eso pedí. Lo comí todo, incluyendo el cucurucho que nuca supo tan bien como aquella noche pero pocos minutos después, en el auto camino a casa, empezó la tempestad.
En mi estómago estaban invitados los alimentos a un carnaval del que yo era partícipe sin quererlo. Los ñoquis y el helado bailaban sonora y dolorosamente dentro de mí. Había una fiesta en mi estómago y en mi cerebro resonaba un eco repetitivamente: “necesito vomitar”, “necesito vomitar”. No QUIERO vomitar; NECESITO vomitar. Luces de colores, eso veía ahora alrededor mío, luces y ecos tan sonoros que parecían reales. Era Ana hablándome desde un rincón olvidado aquella noche, recordándome que la había traicionado, que tendría que purgar mis culpas. Iba a vomitarlo, pero faltaba aún una hora para llegar a casa. No podía contener la comida, que viajaba desde mi estómago hasta mi garganta una y mil veces provocándome arcadas fácilmente reconocibles. Cerré los ojos, me mareé aún más, como aquella noche en la calle Estévez. Esta vez no era alcohol, era un veneno aún más nocivo: era comida en mi cuerpo por primera vez en miles de horas.
Cuando llegamos a casa estaba dormida, demasiado como para acordarme de las luces, los ecos pero no tanto como para aguantar el dolor en mi estómago. Le pedí a mamá un digestivo y a continuación tomé un laxante. Pedí perdón una y mil veces, no a Ana sino a mí misma. ¿Cómo había podido hacerme aquello? No sabía cómo pero sí porqué: necesitaba vivir sola.
Los días siguientes fueron peores que la muerte misma. Las discusiones con mamá habían aumentado en intensidad y cantidad conforme pasaban los días. Una tarde ya no aguanté: mamá me gritaba cosas de las que no puedo acordarme pero que sonaban así como “¡en esta casa no se puede vivir!”. No puedo olvidarme de lo que sentí: no vivía en esa casa, era un huésped no querido. Pronto empecé a sentirme de más: me peleaba con mis padres y con mis hermanos, no tenía un segundo de paz. Sobraba en esa casa, quería irme. En respuesta a los gritos reiterados de mamá, me encerré en mi habitación a llorar histéricamente: era vómito de llanto, no podía parar, era compulsivo. Tiré almohadas y ositos y cualquier cosa que estuviera encima de mi cama o al alcance de mi mano. Tenía que descargarme de alguna manera. Mamá golpeaba la puerta de mi habitación y gritaba a voz viva que saliera en ese preciso instante. Los golpes de la puerta desequilibraban mi delicadísima salud mental; con cada golpe ensordecedor se abría una grieta en mi cuerpo por donde escapaban los últimos vestigios de sanidad. ¡Abrí la puerta o te interno!- gritaba mamá desaforada.
Yo sentía miedo, mucho. No quería que me internasen pero mucho menos apetecible era la idea de abrir la puerta: ¿Qué me iban a hacer? No abrí, me quedé llorando histéricamente contra la almohada y a tiempos me levantaba y golpeaba con fuerza las paredes lastimándome los puños. Un último grito desaforado me obligó a abrir la puerta “¡Llamá a la amulancia! ¡Que vengan ya mismo! ¡Hay que internarla… que le den algo para que se calme!”. Y pronto la voz de mi papá, en un volumen hasta ese momento desconocido por mí: ¡Cielo abrí la puerta ya o te reviento! ¡Te reviento!
No, no quería que papá me reventase. Abrí la puerta y un tigre, quiero decir mi mamá, se abalanzó sobre mí y me pegó fuera de sí. Me pegaba fuerte pero me dolía más su tristeza, su impotencia, su rabia contenida. Entonces grité yo: ¡BASTA! ¡No me pegues más porque si te pego yo te hago mal, mamá! Siguió golpeándome, casi sin control de sí misma. Papá la sacó de encima mío mientras ella repetía gritando: “¡LLAMÁ A OSDE AHORA MISMO! ¡LLAMÁ O LLAMO YO!”.
No quería que me internasen. Salí corriendo sin destino. Me escapé de las manos de mis padres y corrí raudamente con las pocas energías que todavía me quedaban. Fueron los peores días de mi vida: mis padres querían deshacerse de mí. ¿Por qué lo hacían? ¿En qué clase de monstruo me había convertido? Salí de casa desprovista y corrí por los menos un kilómetro hasta que me caí en la calle. No podía contener el llanto, me faltaba el aire. Nadie me perseguía, pero no iban a tardar en salir a buscarme. Entonces vi la casa fantasma: la llamamos así porque aunque está terminada nadie vive allí. Corrí hacia ella e intenté abrir la puerta; estaba cerrada. Las lágrimas corrían infinitas sobre mis mejillas mojando mi cara y mi ropa.
Me caí en el pasto, semi-escondida en la casa fantasma. Intenté calmarme y respirar pausadamente. Recordé a Alejandro una vez más: “intentá respirar: 1- 2- 3. Relax”. No me servía su método, estaba en un estado de psicosis que no iba a ser fácilmente solucionable. Quizás sí debieran internarme, pensé. Me miré: estaba descalza y me sangraba el pie izquierdo. Con seguridad había pisado algún vidrio en la calle mientras corría sin rumbo. Ahora estaba a salvo, pero empezaba a anochecer y hacía frío. Todo lo que tenía era un jean (ahora impregnado de barro y mocos) y una remera blanca que era gris.
Me recosté en el pasto mientras las nubes hacían fila en el cielo: iba a llover y yo estaba descalza y desabrigada en una casa fantasma. Apoyé mi cara en la tierra y un batallón de hormigas se acercaron a mí: estoy muerta. No, no estaba muerta pero tampoco estaba viva. Las hormigas me evitaron, no era más que un cuerpo sin vida en la tierra a mojada por mi llanto.
Me quedé dormida y un hilo plateado de frío me recorrió desde la cabeza hasta los pies. Estaba helada, tenía mucho hambre y miedo de volver a casa. No tenía dónde ir descalza y sin dinero. ¿Por qué me había escapado tan desprovista? Entonces recordé: “me escapé porque sino me mataban a golpes”. Me miré los brazos violetas de tanto que los había estrujado mi mamá. ¿Cómo pudieron hacerme esto? “Salí sin celular… ¿qué voy a hacer?”. No tenía salida ni medios de comunicación ni zapatillas.
Después de una hora, cuando ya estaba más calmada y era de noche, caminé sin rumbo por las calles hasta que vi la luz de mi auto venir hacia donde yo estaba. Corrí en dirección opuesta aunque era inevitable. Era papá que cruzó su camioneta prohibiéndome el paso. Bajó y me dijo: “subí YA”. Entiendo que pudieran estar preocupados por mi desaparición pero yo tenía los brazos morados y estaba completamente desprovista ¿a dónde podría haber ido?
Subí en la camioneta y no hablamos una palabra. Llegamos a casa y le supliqué a papá; casi de rodillas le grité “¡quiero irme a lo de Pilar!”. Casi no podía hablar, ni gritar, ni modular, ni abrir los ojos. Era un trapo. Otra vez en mi habitación seguí gritando que quería irme de esa casa, que quería ir a lo de Pilar. Entonces escuché que papá hablaba con alguien en el teléfono: “Hola Pilar, ¿puede ir Cielito a tu casa? No se siente bien, está en un estado de crisis y no sabemos qué hacer. A la única persona que quiere ver es a vos”.
Minutos después (y habiéndome armado una valija bastante contundente) papá me llevó a Caballito. Le dije que me podía ir en micro pero insistió en llevarme. Pobre papá, él no tenía la culpa de nada. La hora de viaje me la pasé llorando. “Cielo, no estés mal, por favor. Decinos cómo podemos ayudarte”. No había manera de ayudarme, ya estaba muerta y a aquella casa no iba a volver nunca más.

7 comentarios:

Camii♥ dijo...

El mejor capitulo que lei en mi vida

Mercedes Armano dijo...

Como pueden ser tan ignorantes esos padres...necesitaba ayuda terapéutica hacia tiempo...

Sol Pereira dijo...

La culpa no la tienen los padres, la tiene ella por no querer ayuda.
Sabemos que ningún enfermo mental se deja ayudar, pero ella realmente necesitaba ayuda

Rebel Sweet dijo...

La madre es mala,es una arpía...te enteras de que tu hija tiene anorexia y le pegas una paliza? Que clase de madre es esa?

AliadaDeCrisღ dijo...

Su mama era desesperada porque veía que su hija estaba muriendo lentamente.Obviamente no apoyo su actitud pero la entiendo porque yo también vivi situaciones parecidas en mis épocas peores de bulimia.En este momento tenia los mismos sentimientos de pena y bronca que Cielo pero ahora entiendo lo perdidos y desesperados que eran y todo lo que me quierian-tal cual los padres de Cielo.

Daniela Salazar dijo...

La mía por ejemplo :)

nadita de nada dijo...

Es cierto lo que dices sol, pero que clase de padres no tienen autoridad sobre sus hijos? Aunque ella no quisiera debian internarla. Eso que termino haciendo el papa fue cumplir un capricho mas de la hija. Por eso cielo hacia lo que le venia en gana, por que jamas nadie la contuvo de sus propios deseos