lunes, 10 de septiembre de 2007

20. Mentiras de marmol

9 de octubre de 2003
Hace mucho que no hablo con Alejandro. Lo sorprendente es que en vez de sentirme triste me siento más libre. De pronto veo muy claro y la vida se me hace más fácil. Entiendo ahora que las trabas me las ponía yo, que no existían realmente. Me sorprendo queriendo hacer cosas, queriendo estar bien. Cuando está soy habitante de un pueblo fantasma, rodeada de un paisaje turbio y seducida por las vías de un tren que me invitan a dormir sobre ellas.
Alejandro desapareció por dos semanas y fue tiempo suficiente para respirar nuevos aires. Conocer a Tomás me ayudó bastante a diferenciar nuestros intereses. Que amor, sexo, amistad y ternura no son lo mismo y que algunos conceptos se rechazan entre sí, son incompatibles. Hoy busco otro tipo de relación, porque la que yo anhelo no funciona, al menos por ahora. Pero no me doy por vencida y quiero seguir luchando por el hombre que amo y no me ama.
Supongo que este tiempo me lo está concediendo porque le asusta mi estado y no quiere hacerse cargo del porcentaje de responsabilidad que le corresponde. Donde antes había enfermedad, pasión y locura ahora hay esperanza y paz. No me doy por vencida, pero Ale me da un espacio para rever la historia desde otro ángulo, apartada del mundo. Y me veo destrozada, profundamente herida, enclaustrada sintiéndome libre pero sabiéndome esclava.
¿Importa saber cuál es el límite? Yo no lo reconozco, pero mi mente hace un “clic” que indica peligro: “o paras ahora o el suicidio es inminente”. Y ese clic es orgánico, yo no lo elijo; lo hace mi cuerpo por instinto (de conservación, claro).
***

Todo en mí me daba signos de inestabilidad, de odio supremo hacia mí misma. Aunque estaba en paz, necesitaba algo de acción. Y no quiero decir que busque los problemas, es algo que yace más allá del límite entre lo moral e inmoral, lo bueno o destructivo para uno. Va más allá de un límite, de cualquiera de ellos. Cuando no estaba con Alejandro me sentía en paz, pero en todo caso las plantas también son pacíficas y libres ¿verdad? Era más bien un vegetal sincronizado con un horario universitario, que reía más de lo que se le pedía solo por no preocupar a terceros. Era una maldita planta, un mentiroso y sucio vegetal.
No me alcanzó con haber tenido que mentir toda mi temprana adolescencia con Alejandro y nuestros encuentros, sino que parecía hasta a propósito que tuviese que seguir con esas conductas de preescolar. Claro, él me había enseñado a mentir como si fuese un arte: me instruyó entusiasta y delicadamente. Casi sin saberlo, era una perfecta mentirosa. Una maldita mitómana.

14 de octubre de 2003
Créase o no y en contra de todas las posibilidades, me estoy por encontrar con Alejandro. ¡No puedo creer lo nerviosa que estoy! Pienso que este va a ser un encuentro desertado porque va a ser un café, unos pocos minutos y no creo que más. Me siento fea e hinchada a pesar de que hace varios días que no como nada (corrección: ayer comí una papa frita). No sé cuáles serán sus expectativas conmigo hoy, pero las mías son nulas. A su casa no voy a ir, porque vive con Romina y Ulises, pero al menos quiero verlo unos minutos antes de morirme, porque me estoy dejando morir. No por dejar de comer, sino porque mi alma es nula: se me fue.
Estoy cansada y débil. Por primera vez no tengo ganas de hacer el amor con él (a menos que antes tome un jugo de naranjas o un café). Mi vida es una balada para un ciego: porque hay que estar ciego para no darse cuenta de que me estoy haciendo muy mal: estoy a punto de cometer un crimen en contra de mi alma.
Estoy loca porque me autodestruyo, el instinto de conservación lo perdí hace años. Quiero morirme y verlo a Alejandro es la manera más dolorosa de desaparecer. Me duele todo y estoy débil pero quiero verlo aunque sea por última vez.
Alejandro ya no ocupa ese lugar exasperante que ocupaba antes, aunque tal vez después de este encuentro vuelva a dormir su fantasma entre mis sábanas. Por lo pronto, me propongo hoy desterrarlo de mi vida por lo menos hasta que me mude y viva sola y sea libre de ingerir la dosis de cianuro que crea necesaria. Incluso puedo hacerlo pasar como un accidente y que nadie sufra pensando en que me quité la vida desgarrada por mi desgracia. Nada de dejar cartas delegando culpas. Me muero yo y todos los demás deben continuar con sus privilegiadas vidas.
***

No se si es necesario aclararlo pero en aquella época sufría una intolerable distorsión visual y, en consecuencia, mental. Las actividades que a la gente le divertían, a mí me resultaban exasperantes y la falta de comida me había vuelto una persona inescrupulosa y gruñona.
Poco tiempo después de haber empezado a vomitar y de haber intentado llamar la atención de Alejandro sin ninguna señal de éxito, me propuse entonces un nuevo desafío. Siempre siguiendo la línea de lo que creo que es lógico me dije: “si como y vomito me hago mal, quizás lo mejor sea dejar de comer del todo”. No me costó demasiado empezar a vivir en un mundo sostenido por las mentiras: ahora no solo de la mano de mi amor obsesivo, sino también de un hambre compulsivo que escondía con recelo. Mis trucos eran bastante obvios: cuando en casa era la hora de la cena, siempre decía que me iba a cenar a la casa de una amiga. Cuando llegaba allá, comentaba que había cenado en casa. La gente es fácilmente engañable cuando sos una persona que genera confianza: y eso era yo, la gente confiaba en mí con los ojos cerrados.
Soy una mujer espontánea y no dudo en decir la verdad si es que mi vida no depende de ello: en cuanto a Alejandro y a la comida (casi un tiro por elevación) tenían mucho que ver con mi vida, debí aprender a ser la peor de las víboras, la más ondulada, la que poseía el veneno mortal. Si me pisaban, si me mordían, si intentaban embestirme no iba a dudar en defenderme con el peor de los ataques jamás vistos.
Dejé de comer. Y no quiero decir que comía poco: simplemente dejé de comer. Tomaba agua como si aquello fuese a calentarme el alma o a reactivar mis neuronas: era la persona más hidratada y descerebrada que había conocido jamás. Y no digo descerebrada de forma despectiva: quiero decir que cuando estás muriendo de hambre (y no es una metáfora) el cerebro no funciona correctamente. La sangre irrigada se destina a los órganos que la necesitan vital y prioritariamente: como mi corazón tenía que seguir latiendo, la sangre que antes corría en mi cerebro, ahora se focalizaba en mi corazón, lo cual me dejaba tonta y con arritmia.
Pensamientos lentos, visión nublada, respuestas tardías: eso era. La mujer más hermosa que conocía, pero también la que tenía el peor aliento, la que no podía compartir ni un desayuno, ni un almuerzo, ni una gaseosa, ni una cena, ni un caramelito con nadie. Yo era esa y estaba orgullosa de serlo. Es decir, no me arrepiento de haber sido eso y la mayoría de las noches pienso en mi cama con los ojos cerrados: ¿dónde estás Cielo? ¿Qué fue de vos? A veces quiero volver, quiero ser hermosa y tener pocos pensamientos inteligentes, pero de aquella triste selección salían las mejores ideas. Eran pocas, pero brillantes y casi todas dirigidas a mi propia destrucción.
Me odié profundamente toda esa etapa de mi vida y me odio ahora al compararme, al verme tan lejos (un sentido de responsabilidad me sorprende ahora ¿qué pensarán mis padres cuando lean esto?). Me odiaba no por mi comportamiento sino porque no había podido ser así antes: no había podido dejar de comer, no había podido ser una arpía, no había sabido mentir y afirmar con miradas gélidas que “estaba bien” y que “no necesitaba ayuda” antes. Ahora podía dejar de comer, podía mentir sin límites, podía manipular a la gente y manipular verdades hasta convertirlas en mentiras de mármol, costosas pero irrompibles.
Mi imagen personal estaba cambiando asimismo estaba cambiando lo que transmitía al resto de los mortales (porque en el fondo yo sabía de mi mortalidad). Cielo dulce y espontánea estaba muriendo y en cambio una escultura de hielo daba directivas y mutaba de escultura a rama caduca de un ex árbol frondoso. Me estaba consumiendo, lo sabía y no podía dejar de disfrutarlo. Si no me amaba entonces iba a morirme: y me iba a morir hermosa, inteligente y con el cuerpo perfecto. La perfección era mi fin y en mi enfermedad la entendía como alcanzable; cada kilo menos era un paso más hacia mi ansiada meta. Cada kilo de más un recordatorio del cerdo que había sido todos esos años, del odio hacia mi misma: de la repugnancia.
Seguí concurriendo a la universidad y de pronto me volví más exigente que nunca: necesitaba ser la mejor aunque lejos estaba de serlo (la falta de comida provocaba que me quedase dormida en cualquier lado). Mis amigas empezaron a sospechar cuando reiteradamente les decía que había comido “¡muchísimo!” y que estaba satisfecha cuando al mismo tiempo estaba blanca como una nube y lucía ojeras del color del carbón. Cuando uno es anoréxico piensa que es inteligente y que los demás son todos tontos, o despistados, o que no se interesan por uno y por eso se presupone que cualquier tonta excusa es válida.
Lo que uno no sabe es que los diagnósticos están hechos porque hay comportamientos que se repiten, porque la enfermedad no es única (aunque creas que como te tocó a vos no le va a tocar a nadie). Son comportamientos seriados, no le pasa a cientos de chicos y chicas, les pasa a miles en todo el mundo. De todas maneras te sabés (sí, ¡¡sabés!!) la persona más inteligente jamás nacida y con tanto ego como para darle clases de filosofía a Sartre. Así me sentía, así lo recuerdo.
Las cosas en casa estaban más que muy complicadas (ahí lo tienen, Alejandro de nuevo) y aún no sabían ni el cinco por ciento de lo que me estaba ocurriendo. Mamá siempre fue muy perceptiva conmigo y entiendo que quizás percibió algo fuera de lo normal en mis comportamientos (sobretodo por mi personalidad irritable en niveles insospechados). Mi relación con mi familia estaba volviéndose nula y superficial: nunca sabían si yo estaba triste o contenta o con hambre o molesta o si lo había visto a Alejandro. Simplemente les decía que tenía mucho para estudiar o que prefería quedarme a dormir en la casa de alguna de mis amigas. Pronto las peleas con Mamá se fueron dando menos espaciadamente y llegó un momento donde decidí que quería morirme, que no iba a soportar sus planteos (no porque no quisiera sino porque seriamente NO podía soportarlos). Yo estaba demasiado sensible y débil como para cruzar dos palabras inteligentes sin agresiones, así que la mayoría de las veces terminábamos llorando las dos o yo llorando y mamá gritándome: “¡en esta casa no se puede vivir!” o Mamá llorando y yo regodeándome en mi demencia.
Era el infierno. No es una metáfora, nuevamente: estoy hablando en serio. Era peor que estar muerta, deseaba con todas mis ganas (con las pocas que me quedaban, al menos) estar muerta, enterrada, para siempre. ¿Por qué estaba todo tan mal? Aun les ocultaba que lo veía a Alejandro y que había dejado de comer y que lloraba todas las noches y que me quería morir.

Por aquella época Papá tuvo un infarto y seriamente no pude dejar de sentirme culpable. Y si en algún momento hubo alguna chance de no hacerlo, Mamá se encargó de recordármelo a cada hora, a cada minuto, en cada oportunidad. Jamás me dijo: “Papá tuvo un infarto por tu culpa”, pero sus resoplos y sus frase al mejor estilo: “en esta casa no se puede vivir, ¿por qué no nos morimos todos?” y los clásicos “me estás matando” eran prácticamente lo mismo que echarme en cara la posible muerte de mi padre.
Todo salió bien: la obra social cubrió todos los gastos de lo que fue una operación exitosa; pero el infarto de papá nunca dejó de ser un recordatorio para mí (no debía excederme, me recordaba los límites y lo cerca que había estado de la muerte). A partir del infarto de mi papá, las cosas cambiaron diametralmente: la universidad ya no me importaba tanto y no estaba dispuesta a seguir abandonada por Alejandro; no podía soportarlo. La noche en que internaron a Papá hice un solo llamado, escondida como una rata en una sala de espera: lo llamé a él. Me dijo que contara con él para cualquier cosa que necesite (sí, claro) y que lo mantuviese al tanto acerca de la salud de mi viejo. Muy bien, era todo lo que necesitaba oír, ahora podía dormir tranquila. Alejandro siempre me salvó de los momentos de zozobra y ansiedad: dos minutos al teléfono y me siento capaz de seguir viviendo.
El infarto de Papá nos ayudó a tomar consciencia del ambiente que se respiraba en nuestra casa, que pronto pasé a llamar “la casa de mis viejos”. Sentía que viviendo ahí iba a deberles la vida todos los días. Empecé a pensar en la posibilidad de alquilar un departamento en capital el año siguiente. Lo conversé con mis padres que de buenas a primeras gritaron rotundos NO. Sabía que podía convencerlos: es decir, si les mentía todos los días acerca de la comida y todavía no se habían percatado, más fácil iba a resultarme persuadirlos de que vivir cerca de la universidad era mejor para mí y para sus bolsillos.
Lo cierto es que de lo único que quería estar cerca era de Alejandro, ese era uno de los motivos por el cual necesitaba imperiosamente vivir sola. El otro motivo, quizás tan fuerte como el primero, era que quería morirme de hambre (había decidido morirme de hambre) y viviendo sola nadie iba a controlar cuántas calorías ingería por día. Era un plan perfecto, destinado a fracasar, claro. Pero como dije antes: cuando sos Cielo y anoréxica y caprichosa, nada parece tan imposible y estás dispuesta a cualquier cosa y repito: cualquier cosa para lograr tu cometido.
Pronto la anorexia se había convertido en un culto para mí. Decidí meterme en Internet a buscar información acerca del monstruo que estaba consumiéndome, que en aquel momento más parecía una princesa esquelética pero hermosa y dispuesta a hacerme perfecta.
Ana, así le llamaban las anoréxicas a su diosa; y Ana se convirtió en pocas semanas en el objeto de mi devoción. Puede decirse que tuve dos amores obsesivos: Alejandro y Ana. Con la diferencia de que no estaba dispuesta a dejar a Ana si Alejandro me lo pedía, pero sí viceversa.
Me convertí en una comedora compulsiva de libros: era lo único que masticaba y de lo que me alimentaba. Estaba hambrienta de información: recorrí librerías buscando libros insólitos que figuraban en Internet pero que no parecían estar en ninguna librería argentina. Pronto tenía la casilla de emails repleta de mensajes de otras chicas anoréxicas intercambiándonos consejos y brindándonos apoyo en nuestro progresivo camino a la muerte (a quien confundíamos con “perfección”).
Una vez que hube recolectado lo que yo suponía era una cantidad generosa de información, decidí ocupar mi tiempo libre construyendo una página web con toda la información que me hubiera gustado encontrar fácilmente y que me había costado. Era un portal al que cualquier persona podía acceder, pero que solo quienes sufrían o elegían o disfrutaban de un trastorno de la alimentación podían entender. Y digo sufrían o elegían o buscaban, porque había personas tan diferentes allí dentro que era fácil perderse en los consejos vanos. Estaban aquellas que querían ser anoréxicas y visitaban mi página para recoger consejos, otras que me adoraban como si fuera yo ANA en persona y muchas otras que simplemente estaban de acuerdo con lo que escribía y me apoyaban y agradecían la información y la contención. Me había convertido en un líder de opinión y recibía decenas de emails por día: había creado una nueva personalidad que dejaba a Clara14 y a Cielo en un costado oscuro y polvoriento. Había nacido Lágrima, un gurú anoréxico que intentaba no ahogarse en su desdicha y predicaba al mundo que la anorexia no era un desorden alimentario sino un estilo de vida.

9 comentarios:

Aliena dijo...

Hola! ¿Eres la autora? Pues...Sólo quería saber.

Yass... dijo...

hola!! hago la misma pregunta q otra de las blogger...sos Cielo?? La autora de Abzurdah??. espero tu respuesta.gracias.chau

solange dijo...

wau...no se si seas la autora pero e leido tu libro 100tos de veces en internet y luego me lo compre...me facina tu manera de ver en mundo ..o como lo veias en ese entonces..como tienes la valentia de describir ...todo loq pasaste o sentiste

muñeca de porcelana dijo...

es admirable la manera en como te expresas por escrito, sabes? en eso nos parecemos yo me expreso mejor escribiendo que hablando y a decir verdad me encanta como eres de explicita con cada detalle en tu vida; en tu infancia, ahora que veo tu imagen en fotos o programas de televisión, realmente no me fijo en lo fisico si no en lo que uno puede traer dentro, te vi y dije: eres hermosa en absolutamente todos los sentidos, te ví y me diste sensación de ternura y al mismo tiempo te vi y fue algo contradictorio, porque de la forma como te describes en tu libro es de un perfil sumamente bajo, y cuando te vi en un video en tu visita al perú, wao se te ve radiante llena de vida, dulce. Realmente me fascina tu diario aunque yo no haya pasado por el problema de la anorexia pero tengo el don de entender a las personas tan bien, como si yo fuera la afectada.

muñeca de porcelana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
muñeca de porcelana dijo...

Hola, realmente admiro la forma en como te expresas, admiro como puedes expresar cada detalle con precisión lo que te pasaba en tu niñez; sabes?, en eso nos parecemos, porque yo me expreso mejor escribiendo que hablando y tengo al igual que tu un cerro de escritos que los conservo como tesoros; aunque yo no haya pasado por el problema de la anorexia entiendo a la perfección como te sentís, siempre tuve el don de entender a las personas, como si fuera yo la afectada. sabes? cuando imágenes tuyas en vídeo de entrevistas y una de ellas fue en tu estadía en Perú y cuando te vi me me inspiraste ternura, cariño, dulzura, se te vio tan llena de vida, cuando te vi y no soy de fijarme en lo físico de las personas si no por lo que traen dentro aunque quizás sea poco creíble, pero te vi hermosa en absolutamente todos los sentidos de la palabra. Ere admirable no solo por haber escrito una novela autobigráfia sino por que a pesar de tus problemas te apuntas en una campaña de Cy Zone como vocera contra la anorexia, ese me parecio un gesto veraderamente hermoso.

Ina Vaci dijo...

Hola! Yo también me pregunto si es la autora
Me está encantando el libro y me siento muy muy muy identificada en cómo se siente Cielo.

naci loba por que princesas sobraban dijo...

No comer es un estilo de vida...el cual defenderé hasta mi muerte...

Unknown dijo...

La autora se llama cielo latino! Asta donde se!