lunes, 10 de septiembre de 2007

29. Estas muerta

Entiendo a mis padres ahora que lo veo desde lejos. Estaba completamente loca, desquiciada y pensaba que ellos eran la causa de todos mis males. No podía hacer otra cosa: quería morirme más que nada en el mundo; quería desaparecer y dejar de ser una molestia y un mal recuerdo para todos. Me iba a ir a vivir a lo de Pilar hasta que decidiese el día de mi muerte.
Pilar me recibió como siempre con los brazos abiertos. No me pidió explicaciones del barro en mis jeans o de lo morado de mis brazos. Me abrazó y nos fuimos a dormir temprano aquella noche. A la mañana me despertaron risas femeninas en la habitación contigua: había llegado una amiga estadounidense a la casa de Pilar que más parecía un hotel donde las comidas no eran obligatorias. Ese día caminamos por la plaza Rivadavia, nos reímos mucho y paseamos por un paseo de compras cercano. Me mostró Caballito y me enamoré: decidí que allí iba a vivir en caso de sobrevivir esta crisis.
Los días siguientes no hablé con mi madre, pero sí con papá. A él le preguntaba cómo estaban todos y él siempre respondía que lo importante era que estuviese bien yo. No estaba bien, ni él, ni yo, ni mi familia, ni la situación. Aquella semana el padre de Pilar fue internado por un tumor en el colon. Acompañé a mi amiga al hospital y le prometí jamás separarme de ella. ¡Tanto había hecho por mí, tanto! No podía negarme, necesitaba serle útil también. Decidimos estudiar juntas para las materias que nos habían quedado en febrero.
Hablé con Alejandro y le dije que iba a vivir intermitentemente en Caballito en la casa de Pilar y a veces en mi ciudad, porque algún día tenía que volver. No me seducía la idea de volver a aquel barrio donde estaba mi castillo de cristal con mis padres y miles de recuerdos que me congelaban la sien.
A medida que pasaban los días el clima con mamá se fue descongelando y hasta volvimos a hablar por teléfono. Papá tres veces por semana viajaba a Capital y me llamaba. Usualmente nos encontrábamos en un paseo de compras de Palermo. Le conté que aprendí a usar el subte y que me gustaba mucho vivir en Capital, que me llevaba muy bien con Pilar y que estaba comiendo. La mentía deliberadamente pero cualquier cosa para ver feliz a Papá. Le preguntaba siempre por mami y me decía que me extrañaba mucho y que quería que volviese a casa. Yo, extorsionadora como siempre, respondía que solo iba a volver a casa el día en que ellos se decidieran a dejarme vivir sola en Caballito. Sola, no con Pilar.
Papi siempre me invitaba a almorzar: muchas veces le decía que ya había almorzado y otras tantas hacía el esfuerzo de comer en el patio de comidas. Después tomábamos café (¡cómo extrañaba los cafés todas las tardes con mis padres!) y helado. Frutilla al agua con chocolate, cualquier gusto tenía el mismo destinatario: el inodoro más cercano. Casi siempre terminábamos llorando y abrazados. Los extrañaba, los extrañaba demasiado pero no me olvidaba de cómo me habían tratado cuando estaba en casa. No podía volver, tendría que hacerme valer y demostrar que era una mujer independiente que sabía manejarse sola.
Cuando lo despedía a Papá quedaba confundida: quería irme con él. Siempre que lo veía alejarse lloraba amargamente pero lo reprimía pensando: “ya va a pasar, Cielo, vas a ser feliz”. Decidí ayudarme por primera vez a ser feliz y llamé a mi obra social para consultar con un psicólogo. Me derivaron a un tal Néstor que iba a atenderme. Néstor vivía en mi ciudad y no por nada elegí un psicólogo tan lejos: quería estar en casa, quería estar cerca de mi familia… no eran mejores o peores que yo, eran ¡mi familia! Los amaba a pesar de todo.
Una vez por semana iba a lo de Néstor y le contaba banalidades. Le contaba sin tapujos que no comía y que no pretendía volverlo a hacer a menos que mis padres me permitiesen vivir sola en un departamento en Capital. “Solamente así voy a ser feliz, el clima que se vive en casa me hace muy mal”. El clima en casa no me cerraba el apetito, por el contrario: hacía que yo comiera el doble de lo necesario. Mi angustia oral crecía día a día. Iba a engañar a mi psicólogo como engañaba a todos los demás: usando mis estrategias más severas. Iba a ser sexy, iba a confundirlo a contarle cosas sin sentido y a convencerlo para que les dijera a mis padres que no estaba desquiciada y que podía sin ningún problema vivir sola y valerme por mí misma.
No me costó demasiado: para finales de enero ya estábamos buscando departamentos con mis padres. Vivía ocasionalmente en lo de Pilar y en casa de mis padres dependiendo del buen o mal humor de estos últimos. Los días que iba a ver a Néstor usualmente me quedaba en casa. Cuando estaba allí comía como una persona normal (sí, vomitaba, pero al menos comía) y así logré convencer a mis padres de que no estaba tan loca como creían y que mi problema de anorexia se había solucionado por completo. Al menos creían que estaba luchando con fuerzas en contra de mi diosa Ana.
No estaba luchando en contra de nadie más que de mí misma. Estaba pendiendo entre la vida y la muerte, esperando sin esperanzas que apareciese un signo, una persona, un gesto, un abrazo, una palabra que me salvase de mi muerte inminente. Y la nada misma. Nada.
Alejandro se había ido de viaje a Brasil y yo me sentía más sola que nunca. Me enviaba emails de vez en cuando diciéndome cuán bien la estaba pasando y yo le contaba mis novedades pero en cómodas cuotas, no quería que se asustara… que me dejara porque estaba desquilibrada. A decir verdad, tenía mucho miedo de estar loca.
Trastorno de personalidad fronteriza, ese fue el primer diagnóstico de mi psicólogo (enfermedad más conocida por su nombre en inglés “Borderline”). Según me explicó Néstor, es una finísima línea entre la neurosis y la psicosis. Después me interesé en el tema (siempre quise saber quién soy, por qué y qué me pasa) y averigüé algunos otros datos que me describían detalladamente y sin errores.
Leí que los borderline nacen con una tendencia biológica innata a reaccionar más intensamente a niveles bajos de estrés y a tardar más en recuperarse. Que son criados en ambientes en los cuales sus creencias sobre sí mismos son continuamente devaluadas o invalidadas y que estos factores combinados crean adultos que no saben cuáles son sus propios sentimientos y por eso corren de un extremo a otro.
Se les hace difícil decidir quiénes son. Eso es exactamente lo que me sucede: no sé bien qué me gusta, cuál es mi color o comida preferidos, qué asiento prefiero en el avión, qué cosas me molestan, cuales me dan placer. Me cuesta muchísimo describirme sin estar mintiendo acerca de mi misma. No puedo describirme porque no sé quién soy.
Tengo problemas de constancia con la gente: cada acción, cada palabra, los tomo como si no tuvieran un contexto, como si no pendieran de algo más. Y el insoportable sentimiento de sentir que está “todo bien” o “todo mal”. Conmigo no hay medias tintas, con los border no hay grises. Lo pavoroso es que lo que en este momento está bien en cinco minutos puede terminar siendo lo peor que me sucedió en la vida.
Algunos otros síntomas del trastorno de personalidad fronteriza:
1 Dificultad de ver las acciones hechas por una persona durante un periodo de tiempo, porque no ven las cosas en general como una acción completa. Tienden a analizar individualmente las acciones de las personas y a proporcionarles a esas acciones significados individuales. Así, las personas son definidas según cómo actuaron por última vez.
2 Pensamientos mágicos: creencias que los pensamientos pueden causar acontecimientos.
3 Omnipotencia, proyección de características displacenteras en otros e identificación proyectiva, un proceso donde el border trata de obtener en otros los sentimientos que él mismo está experimentando.
4 Relaciones extremas: episodios sicóticos, negación y amnesia emocional. Relaciones inestables e intensas donde el borderline siempre sale herido
5 Comportamiento autodestructivo repetitivo, a menudo causado para buscar ayuda.
6 Miedo crónico al abandono y pánico cuando es forzado a estar solo. Percepciones/pensamientos distorsionados, particularmente en lo que respecta a las relaciones e interacciones con otros.

Sufro todo aquello y algunas otras delicias: depresión crónica, desesperación, sentimientos de inutilidad, culpa, rabia, ansiedad, soledad, aburrimiento y vacío. Pensamientos extraños (si adelgazo Alejandro me va a querer), percepciones inusuales (estoy gorda), gestos de suicidio, desviación sexual, intolerancia a la soledad, abandono, sumergimiento, dependencia (sin vos me muero), relaciones tempestuosas (sí, claro), manipulación, masoquismo, exigencias.
Y lo más grave, si es que se puede hacer este paréntesis, es no saber quién uno es, qué deportes le gustan, qué discos queremos escuchar: tendemos a ser la persona con la que estamos. No por nada compraba cada disco que veía en su habitación, no por nada me sabía todas las letras y me gustaba su cuadro de fútbol y leía sus libros. Quería ser él… porque yo no era.
No sé cuáles son las razones que me llevaron a ser esto que soy, que no soy, que intento no ser, que no quiero ser. Confiaba en que mi psicólogo me ayudase a salir de aquel círculo sin retorno… pero después de algunas sesiones me di cuenta de que nadie podía ayudarme. No era negativa, pero mi pronóstico era oscuro, como aquella noche en la casa fantasma.
Flirteaba con Néstor y sin embargo quería que me ayudase. ¿Cómo podía un psicólogo ayudar a una paciente a vivir? No lo sé. No creía que pudiera hacerlo y sin embargo quería vivir. Si moría no iba a ver los ojos de Úrsula cuando finalmente naciera del todo, no iba a ver a Alejandro entre mis brazos otra vez; no vería crecer a mis hermanos ni envejecer felizmente a mis padres. Me faltaba mucho por ver y tenía mucho por hacer, pero no podía seguir viviendo de esa manera.
Hay una diferencia abismal entre querer morir y no querer vivir de determinada manera. Yo no quería seguir viviendo como hasta ese momento, pero decididamente no hice buenas elecciones y me encaminé hacia el oscuro pantano que tenía como única salida una muerte escabrosa.

2 comentarios:

Ina Vaci dijo...

dioos éste libro me encanta.
Me describe a la perfección, tengo exactamente los mismos pensamientos.
Todo se parece tanto a mi história.♥

Fiamma Vitori dijo...

Me encanta este libroo!!!
Me describe a mii..