lunes, 10 de septiembre de 2007

30. El ultimo clavo de mi feretro

Los días transcurrían abruptamente en Caballito. La convivencia con Pilar
era magnífica y aún así, necesitaba un tiempo sola. Quería volver a casa, abrazar a mamá, a papá, a mis hermanos; y por otro lado la idea me espantaba definitivamente. Tenía que volver. Por aquellos tiempos los verbos “necesitar” y “tener” eran imperiosos en mi vocabulario. Siempre necesito y quiero y sino me muero, pero en enero de 2004 aún más.
Sobreviví a las fiestas lo cual no es poco. Las navidades en casa siempre fueron muy divertidas hasta que crecí. Uno de mis tíos se viste de Papá Noel y pocos minutos antes de las doce nos juntamos todos a aplaudir mientras cantamos desde que tengo noción, la misma canción cada año: ¡que venga Papá Noel! ¡Que venga Papá Noel! Eventualmente poco después de las doce aparece algún tío disfrazado en el techo de la casa de turno. Con él lleva una campana que da aviso, segundos antes, de su presencia. Cuando aparece Papá Noel todos aplaudimos fervientemente y animamos a los más chiquitos a que lo saluden desde abajo. Él después de saludar baja con una soga una sábana llena de regalos. Y cuando digo llena de regalos, créanme porque está llena. Una gran bolsa blanca con regalos para más de cincuenta miembros familiares. Antes de abrir los regalos Papá Noel baja del techo por otro lugar y aparece en tierra firme junto con nosotros los mortales. Los más chicos lo miran atorados entre el miedo y la sorpresa; los adultos lo aplaudimos y nos sacamos fotos.
Odio a Papá Noel. Lo detesto. Gordo vestido de colorado, sábana a modo de bolsa llena de regalos, familiares sonrientes y obsequios para todos. Después se va y a continuación me invade un vacío. Me siento y los miro: algunos abren los regalos entusiasmados, otros tantos ya saben qué se compraron y los abren desganados. La escena de los obsequios dura por lo menos media hora, en la cual se escuchan los gritos de algún familiar desafinando nombres. “¡Marina! ¡Fernanda! ¡Agostina! ¡Carlos!”. Cada uno va en busca de su regalo y yo miro. No me gusta navidad y no me gustan los regalos. En general no entrego mis regalos a ese hombre disfrazado que simula ser San Nicolás; los abro antes porque para mí ya no hay sorpresas. Sí, canto “que venga papá Noel” pero tampoco tengo muy en claro por qué. Cada año pienso que la adrenalina de verlo aparecer por los tejados no se va a ir en cinco minutos y cada año dura menos. Después del gordo colorado me invade un vacío espeluznante y este año también frío e incertidumbre ¿será esta mi última navidad? Yo no tengo una hija para darle un regalo. A mi hija me la quitaron.
Año nuevo no es muy diferente pero es quizás una fecha aún más violenta. No tiene sentido que lo explique: cena familia, subirnos a un banquito, contar descendentemente a partir de diez y al llegar al uno gritar ¡feliz año nuevo! ¿Feliz? A continuación bajar del banquito con el pie derecho (nunca me acuerdo de eso) y saludar a cada uno de mis familiares, abrazarnos y moquear con algún otro. Aquel año nuevo de 2003-2004 lloré verdaderamente pensando en que era mi último año de vida. Ojalá me hubiese equivocado. Feliz año nuevo.
Pero en febrero las fiestas ya se olvidaron y vuelve la universidad y las materias que todavía no rendimos aunque a mí me ocupaba otro tema. En uno de mis encuentros con Papá me confesó que había hablado con mi madre y con mi psicólogo y que habían decidido alquilarme un departamento. A mamá no le gustaba la idea y a papá mucho menos, pero cualquier cosa para conservar la frágil salud de su primera hija. Solo allí pensé que quizás podría tener otro año nuevo, otro año de vida.
Decidí volver a casa. Mis padres habían tenido suficiente. Pensé que quizás podría dedicarme a comer un par de semanas hasta que mis padres estuvieran seguros de que yo iba a estar bien. Lo cierto es que mi fragilidad y mi demencia nada tenían que ver con la comida, o en todo caso, tenían mucho que ver con otra cosa. No es fácil de entender lo que un borderline es capaz de hacer por conseguir sus metas. Es difícil explicar la depresión como un estado constante. Nada me hacía feliz, con nada sonreía. Todo lo hacía amargamente casi en un estado de inercia. Vivía, sí, pero no sabía por qué. ¿Por qué estaba viva? Eso me preguntaba cada noche antes de llorar y antes de dormir.
Néstor se dio cuenta de mi condición y me pidió que nos viésemos dos veces por semana en lugar de una, incluso quiso que hiciera terapia hasta tres días a la semana. Dos eran suficientes. Pronto mi vida se trató de encontrar el departamento perfecto: la universidad no existía, solamente quería mudarme. Sorpresivamente desde que empecé a comer mis padres estaban mucho más calmos conmigo y no me gritaban a menudo. Engordé dos kilos en un mes. “Recuperaste dos kilos”- me dijo Alejandro. Como fuera… estaba gorda pero también estaba por mudarme.
Aquella tarde a fines de enero visitamos el departamento de la calle Guayaquil en Caballito. Entraron primero Papá y un señor de la inmobiliaria, los seguimos mamá y yo con cara de preocupación y una sonrisa respectivamente. “Bueno, este me gusta”- dijo Papi y a mí me dio un vuelco el corazón. ¿En verdad querían que me mudase? ¿Tan rápido? ¿Por qué ese departamento? ¿No podíamos seguir viendo otros? Un nudo de angustia me atravesó el corazón y se instaló en la garganta. ¿Quería vivir sola? ¿Iba a poder soportarlo? “Yo creo que este está bien”- confirmó Papá.
Sí, el departamento estaba más que bien; la del problema era yo. ¿Cómo iba a sobrevivir sin mis padres? El departamento estaba a cinco cuadras de la casa de Pilar, pero aún así, no podía depender de ella para que me ayudase. Vivir sola, me di cuenta tarde, significa mucho más que fumar sin ataduras y comer cuando a uno se le antoja. Vivir sola es más que lavar algún que otro plato y poner las mejores sábanas cuando se quede a dormir Alejandro. Había muchas otras cosas en las que no había pensado hasta que aquella tarde Papá decidió que iba a vivir en la calle Guayaquil entre Doblas y Viel.
El departamento era chico: dos ambientes, con paredes recién pintadas de blanco eclesiástico. Una cocina apartada del living, un pequeño balcón que servía a modo de lavadero, un baño y una habitación. No necesitaba más. Más tarde el departamento llegó a parecerme un laberinto interminable y sin embargo aquel día de enero felizmente le dije a papá que iba a vivir ahí.
Lo inspeccionamos una vez más y mamá tuvo una mala corazonada, por alguna razón que no podía explicar no le gustaba aquel departamento. Enseguida me enojé y le dije que ningún departamento le iba a gustar, ni ese ni uno en puerto madero, ni en Belgrano, ni nada. “Mamá, queda cerca de la facultad, estoy a cinco cuadras de lo de Pilar, está buenísimo. Ya está, me mudo acá”. Me convencí más por llevarle la contra que porque realmente quería vivir allí.
Cuando abandonamos el edificio mi papá y el señor de la inmobiliaria arreglaron una fecha para firmar los papeles y darme las llaves. Quería gritar: ¡mamá! ¡papá! ¡no quiero mudarme! ¡Quiero vivir para siempre con ustedes! ¡Nunca me dejen! No podía hacerlo, mis padres estaban cumpliendo mi voluntad y no iba a dejar pasar la única oportunidad que creía tener para salvarme. Iba a vivir sola a mi manera, no había escapatoria. Camino a casa pensaba en los malos ratos que me habían hecho pasar y quería convencerme de que estaba haciendo lo mejor para mí. “Voy a poder estudiar tranquila, voy a aprender a manejarme sola, voy a cocinar (¿a cocinar?), a limpiar, a ordenar, a hacerme la cama. Tengo que vivir sola, no puedo quedarme en casa de mis padres”. Mamá, no quiero vivir sola. No quiero. No me dejes.
Papá pensaba que yo estaba contenta y quizás hasta lo estaba a ratos. Me daban pena mis padres. ¿Por qué les estaba haciendo eso? Porque creía que la otra opción era morirme y aquello iba a ser peor. O me moría en casa de mis padres o intentaba darme una segunda oportunidad en aquel departamento blanco y deshabitado.
Los días siguientes me encargué de persuadir a papá para que me ayudase a planificar la mudanza. Finalmente llegó el día de la firma. Junto con mi mamá, mi papá y yo fueron mis abuelos (los padres de papá). ¿Por qué tenían que estar metidos ellos? Pronto voy a estar muerta y no quiero que sufran. La situación me abría los ojos y yo presionaba fuerte intentando cerrarlos. No quiero que mi familia sufra ¿qué puedo hacer? No había escapatoria. Tenía que vivir sola o morirme.
Entramos en una habitación con una mesa larguísima como mi tristeza y nos acomodamos en varias sillas. Mis abuelos se sentaron inocentemente deseándome lo mejor y mis padres se sentaron cerca de mí. Mamá me miraba angustiada y los ojos llorosos de papi contradecían una sonrisa dulce. Recuerdo pensar: ojalá pase algo. Que no se pueda firmar este papel. No sé si quiero vivir sola, no sé si quiero pasar por esto. No, bueno, es lo mejor. No, no es lo mejor… ¿Y si me muero? ¿Y si no tengo hijos? ¿Y si me arrepiento y vuelvo a casa de mis padres? No. Antes de volver con la cabeza gacha prefiero estar muerta. No creo que haya mucha diferencia entre la muerte y mi estado actual”.
“Muy bien, felicitaciones. Aquí tienen las llaves”. ¿Ya las llaves? ¡¿Ya?! ¿Por qué nos las dieron ahora mismo si todavía no me voy a mudar? Si falta hacer el depósito ¿por qué ya tengo las llaves? No quiero las llaves. No me voy a ir hoy al departamento… tengo miles de cosas que hacer antes de mudarme. Ahora no se me ocurre ninguna, pero estoy segura de que voy a tardar bastante.
Mis padres me abrazaron emocionados y soltaron algunas lágrimas. Yo inmutable, incapaz de demostrar mis sentimientos o de admitir que estaba cometiendo un error, los abracé sonriente y alcé un brazo con las llaves en la mano. Foto. En esa foto papá sonríe amargamente, mamá está seria y mis abuelos no entienden demasiado lo que está pasando. En mis ojos está aquella tristeza latente que me perseguía desde siempre; desde la gorda rechazada del primario hasta esta mujer esquelética a punto de morir.
“¿Papá, podemos ir a visitar el departamento antes de volver a casa?”. Mamá preguntó para qué si estaba igual que como lo habíamos dejado, pero me llevaron de todas maneras. Fue la primera y última vez que mis abuelos tocaron esas paredes y pisaron esas maderas. Lo observé detenidamente: quizás pueda ser feliz acá. Lo voy a hacer mi lugar, con mi decoración, con mis cosas, lo voy a llenar de amigos y de amores. Va a ser mío, mi refugio.
Cuando volvíamos a casa la idea de mudarme no me parecía tan descabellada, quizás pudiera rehacer mi vida en Caballito; un barrio que sigo nombrando y que aún ahora me da escalofríos.
Mientras tanto seguí yendo a lo de Néstor pero a ratos le contaba toda la verdad. Le decía que quería desaparecer de mi casa y le pedí que me diese antidepresivos. Él pensó que por el momento no eran necesarios (así son ellos, los súbditos de Freud; van a hacer cualquier cosa antes de medicarte) y me instó a que sigamos con la terapia hasta que se pudiera. Yo sabía que con la terapia no iba a llegar a ningún lado pero necesitaba aferrarme de una esperanza y aquella luz era Néstor. Un Harry Potter de treinta y siete años que iba a curarme con su varita mágica. Siempre el personaje de Rowling me hace acordar a Néstor: los dos tienen el mismo pelo, anteojos, mirada, boca, color de ojos. Siempre pensé que Néstor podría ser un actor de Hollywood si hicieran Harry Potter en el futuro.
No iba a conseguir antidepresivos y Néstor no tenía varita mágica: tendría que empezar a manipular gente nuevamente. Mis padres estaban complacidos porque estaba yendo a terapia, sinceramente creían que eso podía ayudarme. Lo cierto es que podría haberme ayudado si a los catorce años cuando le dije a mami que quería ir al psicólogo me hubiera llevado. Ahora no había tiempo suficiente para intentar empezar a ayudarme, era demasiado tarde. Mientras tanto Alejandro y yo no estábamos pasando por nuestro mejor momento: “no puedo estar con vos porque lo único que te interesa en la vida es pesar 25 kilos”. Es cierto, pero si tenía que elegir entre Ana y Alejandro, ya sabemos que los kilos se pierden y el amor se recupera.
Finalmente el seis de marzo de 2004 me mudé. Con gran esfuerzo mis padres me ayudaron a hacer los viajes pertinentes hasta caballito, llevando una cama de dos plazas, un televisor, un equipo de música, la heladera que sabía no iba a usar, muchas perchas, valijas llenas de ropa y algunas otras pavadas. Nos quedamos en Guayaquil toda la tarde: papá instalaba luces, acomodaba la mesa con las sillas. Mamá y la empleada doméstica limpiaban la cocina y yo intentaba limpiar un baño por primera vez en mi vida. “Dejá, ocupate del cuarto”- dijo mamá y se lo agradecí infinitamente.
Ver a mis padres trabajando tan duro por mí me pareció a la vez una falta de respeto y la demostración de amor que tanto necesitaba. Mis padres me amaban, ellos querían lo mejor para mí. En algún momento dudaron, tuvieron miedo de que yo viviese sola y dejara de comer del todo o cometiese un acto imprudente; ahora, al parecer, estaban convencidos de que con la terapia iba a mejorar y que vivir sola me iba a hacer madurar y crecer.
Aquel sábado cuando ya se había hecho de noche y nos estábamos volviendo a la casa de mis padres, les pregunté si me daban las llaves y ya me podía quedar a dormir esa noche. “¡Pero está todo sucio!”- dijo Mamá. “Sí, pero estoy contenta y quiero limpiarlo”- respondí. Era cierto pero no quería limpiar, quería quedarme. Una vez que mis padres se fueron sentí una libertad inenarrable. Me acosté en mi cama de dos plazas y miré el techo blanco y brillante, después miré hacia el costado izquierdo y vi las cortinas que papá había instalado. Lloré: gracias por las cortinas. Mamá, Papá, gracias. No merezco todo esto. ¿Por qué les estaba haciendo aquello? Pronto me encontré tan sola en el departamento que tomé el teléfono y lo llamé a Alejandro. Aquella noche no le importó que mi última meta fuera pesar veinticinco kilos y se quedó a dormir conmigo en mi nuevo departamento. ¡Feliz estreno!
Durante la semana vivía de día en la casa de mis padres y de noche me iba a dormir a mi departamento. Todo se trataba de ver a Pilar, a Alejandro o a Chechu. Esta última vivía lejos y por eso algunas veces se quedaba a dormir conmigo en mi departamento. El departamento de su abuela quedaba a tres cuadras del mío así que nos veíamos bastante seguido. También pasaban a visitarme Toto y algunas de mis compañeras de la facultad. ¡Eso era vida! ¡No estar encerrada en un barrio privado con mis padres en otra ciudad! Amigas que me visitaban, otras que se quedaban a dormir, viajes insólitos a cualquier lugar en cualquier medio de transporte: era la libertad total y sin embargo no sabía aprovecharla. La mayor parte del tiempo me la pasaba adentro del departamento limpiándolo y preguntándome para qué diablos tenía una heladera si nunca la había usado. Mientras no empecé a cursar en la universidad viajaba a casa de mis padres todos los días, pero a mediados de marzo las cosas cambiaron. Me levantaba a las siete de la mañana todos los días, tomaba un vaso de gaseosa light, me fumaba un cigarrillo, me bañaba, cambiaba y pintaba un poco y caminaba cuatro cuadras hasta la esquina donde me pasaban a buscar Pilar con su hermano para ir a la facultad. Después de clases me juntaba con alguna de las chicas o las veía comer, después a estudiar cada una a su casa. Yo no tenía muchos ánimos de estudiar, así que llegaba al departamento y lo limpiaba una vez más, o escuchaba la radio, o pensaba en planes para la noche siguiente. Muchas de esas tardes me las pasaba esperando un llamado de mi mamá. ¡Cómo la extrañaba! Y cuando eventualmente me llamaba (creo que no lo hacía mucho porque no quería coartarme la libertad ni que la sintiera pesada) me ahorcaba una angustia solo comparable a lo que me hacía sentir Alejandro. Él era mi placebo: siempre después de hablar con mamá o con algún miembro de la familia lo llamaba a él para compensar y ponerme feliz.
Mamá al teléfono me decía que se aburría, que extrañaba a su Cielito, que quería volver a reírse conmigo. Yo no podía contener el llanto y muchas veces tuve que cortar para correr a la cama y llorar desesperadamente; justo como ahora mientras escribo este texto.
Mamá, si supieras cuanto te extraño… ¡cómo quisiera estar en esa casa y sin embargo siento que soy una molestia para todos ustedes! Mejor que viva afuera, mejor que me olviden de a poco, que no se note tanto mi ausencia para cuando esta sea definitiva. Quiero volver a mi casa y sin embargo no puedo estar allá. Quiero volver.
Una tarde fue definitiva, fue diferente de las otras. María se iba a su departamento para más tarde ver al novio, Doli iba a “Solsac”, donde el padre tenía un programa de radio y ella lo ayudaba, Pilar se iba a su casa y más tarde a visitar a su padre; y yo… yo no tenía nada que hacer. Salí de la facultad y miré el cielo: celeste sin una sola nube. Caminé llena de tristeza hasta la parada de colectivos para esperar el que me llevaba desde Puerto Madero a Caballito y sin embargo cuando por fin llegó, dejé caer una gota de mis ojos y decidí pensar dos veces qué iba a hacer esa tarde.
Caminé cerca del río y me dediqué a osbservar a la gente: hombres de traje atareados caminando rápido, mujeres mayores paquetas tomando cafés en restaurantes carísimos, jóvenes corriendo con mp3 en sus orejas, estudiantes gritando y agitando libros, novios abrazados, dandose besos… todo aquello y además yo, sola como nunca. Como siempre.
Me senté en la vereda y lloré amargamente hasta que una señora paqueta que paseaba su perro me preguntó si estaba bien. A continuación enjugué mis lágrimas y le dije que me había ido mal en un examen en la facultad y desvié el tema. Ahora hablábamos de su perro, la mujer le hablaba como si fuera una persona. Así voy a terminar yo –pensé- hablando con los gusanos, pero seis metros bajo tierra.
Cuando la señora paqueta se retiró, me volvieron a invadir las lágrimas. Intenté calmarme y lo llamé a Papá “si está en Capital me vuelvo con él y sino me voy al departamento”. Papá atendió y me dijo que no estaba en Capital pero que si quería me iba a buscar. Le dije que no, no iba a hacerlo recorrer ciento veinte kilómetros solo porque yo estaba triste, solo porque me estaba muriendo todos los días.
Entonces decidí hacer algo por mi vida y caminé hasta Paseo Colón, unas cinco o seis cuadras desde donde estaba, y esperé el micro que me dejaba cerca de la casa de mis viejos. Una vez adentro del micro me arrepentí toda la vida de haberlo tomado: “ahora van a pensar que me alquilaron el departamento en vano, que no quiero estar ahí”. Y por primera vez iban a estar en lo cierto.

5 comentarios:

Victoria Rossi dijo...

Capítulos atrás lo único que quería era mudarse. Cuando al fin lo logra quiere volver con sus padres. Ay, Cielito que confundida estabas...

Ina Vaci dijo...

Pues igual que yo quiero independizarme y seguro que si lo hago me voy a sentir igual
pienso igual que ella siempre, me encanta el libro

Fiamma Vitori dijo...

Yo tambien quiero irme a vivir sola pero tengo miedo..pienso igual que vos cielo

Fiamma Vitori dijo...

Yo tambien quiero irme a vivir sola pero tengo miedo..pienso igual que vos cielo

Reina Mia dijo...

Subió dos kilos en un mes, yo cuando vuelvo a comer normal subo como siete jajaja ay Dios :c jajaja!