lunes, 10 de septiembre de 2007

41. Antes del amanecer

Sobrevivo. Una y mil veces sobrevivo desde hace ocho años. Es marzo de 2006 y sigo viva. Sobrevivo. Paso por alto lo negativo, lo reprimo, lo guardo en lo más recóndito de mi ser, lo convierto en mentiras, en historias de cosas que jamás pasaron. Junto memorias, me aíslo, me pierdo. Escribo. Fueron días candentes, calurosos y sin vida los que me dediqué a escribir, a relatar mis desventuras, mis secretos más íntimos. Me queda la tranquilidad de saber que no conté lo peor, que lo más oscuro se queda conmigo. Que es imprescindible contarlo todo, que puedo seguir viviendo.
Me pregunto quizás este libro llegara a sus manos cuál sería su reacción. Me lo pregunto y solo me responden los ecos apesadumbrados de las palabras no dichas. Los ecos me recuerdan los “nosotros”, “estamos”, “nos”, “comemos”. Una y otra vez me cortan como navajas de sacapuntas. Me afilan, me vuelven una persona temeraria. La gente me da miedo: no quiero contar porque sé que no van a entender. Sé que no puedo escribir todo lo que me pasa porque no hay palabras existentes para describirlo. Nadie va a entender jamás lo que me pasó. Ojalá tuviese videos, ojalá pudiese entregar a cada persona que entra en mi vida un disco con mis datos. Ojalá, así nadie se decepcionaría, así nadie crearía demasiadas expectativas conmigo. No, no soy brillante ni la mejor, no soy la más coherente tampoco. Soy poco y de lo poco que soy poco entiendo.
Me he dejado pisar, basurear, usar. He dejado que hicieran lo que quisieron con mi cuerpo, con mi mente y mis deseos pero siempre quedó firme la idea de amarte para toda la vida. Una idea perpetua y perenne, casi inata. De muchas cosas jamás me recuperaré, otras tantas las olvidaré con el tiempo. Cada una de ellas me ha dejado una marca. Él me pide que use cicatrizante para sacarme las marcas en los brazos: yo quiero que esas marcas se queden. Las ciento un marcas de mis brazos, los miles de dolores que me trajeron sangre: no voy a olvidarlos. No quiero que las marcas se vayan. Se irán sí con el tiempo, sí con la desmemoria, si con el aprendizaje. No las voy a eliminar, se irán de a poco, a su debido tiempo. Jamás podría alejarlo de mi camino, nunca. Cuando él está en pareja y me pide que me aleje lo hago. Solo él puede decidir cuándo no vamos a vernos. Por lo demás no me preocupo: lo conozco, sé que no va a ser feliz con nadie porque ni siquiera es feliz consigo mismo. Siempre volvió, siempre vuelve, siempre va a volver.
Lo vuelvo a ver después de mucho tiempo. Estaciono el auto, lo dejo a dos cuadras de su departamento. Es miércoles, hace calor y esta vez no me consumen los nervios. Es una Cielo más madura quien lo visita. Camino mientras enciendo un cigarrillo. Cuando llego a la esquina ya lo veo en la mitad de la cuadra: pequeño, sentado en las escaleras de la entrada de su departamento. Se asombra al verme, no me vio venir. Se levanta, me toma entre sus brazos y me da un beso apasionado. Su beso recorre millones de terminaciones nerviosas, me estremezco. Confirmo que es él: nunca nadie me hizo sentir así. Abre la puerta de su edificio, lo sigo con paso decidido.
“Estás linda - dice- como más… señora”. Llevo puesto un vestido estilo años cincuenta y el pelo recogido (sé que le gusta el pelo corto). Me muestra su departamento nuevo, me cuenta que se mudó cuatro meses atrás. “Hermoso”- resumo. El departamento es fabuloso: bien ubicado y con una decoración exquisita. Tiene un cuadro donde están pintados los lugares y emblemas más importantes del mundo. “¿Qué es eso?”- pregunto mientras me acerco al cuadro con paso lento. Se para detrás de mí y me pide que observe con atención. Me habla y su voz acaricia mi cuello: “ahí está la torre Eiffel, allí las ruinas del Machu Pichu, el Big Ben, más a la izquierda Salvador de Bahía, la estatua de la libertad”. Faltaba Guayaquil y el cuadro hubiera sido perfecto. Camina hasta la cocina, pensaba que iba a tocarme. No lo hizo: es estratégico. Siempre gustó de llevar las cosas al límite más extremo.
“No sé si tenés ganas de tomar algo nuevo… pero por las dudas compré champagne y algo de cassis”. Me alcanza una copa, brindamos. Nadie dice nada, estamos solos después de tanto tiempo. Suena un cantante brasilero y el living está iluminado tenuemente. Me pregunta acerca de mi vida, le cuento que estoy escribiendo un libro. No me pregunta de qué se trata, le explico que es “algo autobiográfico”. Algo, sí. No hace más preguntas, se acerca a mí y me da un masaje en la espalda que en minutos se convirtió en besos apasionados.
Me da cosquillas, siempre me da cosquillas. No puedo pensar en el champagne ni en los besos, necesito saber algo. Le pregunto entonces qué sucedió el día que me visitó en mi internación. “Llegué a tu casa después de discutir con tu tía, tu padre estaba demasiado triste como para hablar. Básicamente tu tía me culpó de todos tus males, quiso que yo tuviera la culpa de tu suicidio. Yo le dije que ella era una inconsciente, porque siendo psicóloga había dejado que fueras a comprarte el medicamento sola. Me había llamado por teléfono aquella tarde y me pidió que fuera a verte. Yo le dije que me parecía urgente así que me presenté ese mismo día, pocas horas después. Fui en mi auto hasta tu casa secundando a tu papá y a tu tía. Me acuerdo que me tendió la mano para saludarme ¡como si nunca nos hubiéramos visto! Ella fue la primera en saber acerca de nuestra relación. Tenía ganas de morderle la mano. No lo hice por respeto, no le dije demasiadas cosas. Fui bastante bueno.
Llegué a tu casa y estabas en la puerta con tu mamá. Cuando me viste corriste hacia mí y te colgaste de mi cuello. No, no te rías… es literal. Te colgaste de mi cuello y me besaste por todos lados. En dos segundos todos habían desaparecido. No puedo explicarte lo bizarro de la situación. Me llevaste al living de tu casa, drogada como estabas, me sentaste en un sillón y te sentaste arriba mío. Sí, arriba mío, no puedo creer que no recuerdes nada de esto. Me diste besos en el cuello, en la boca, en las mejillas, quisiste desprenderme la camisa…”
-No puedo creerlo. No tengo noción. Perdón.
-Seguiste intentándolo hasta que tu tía abrió la puerta. No Roberta, otra. Otra que no conozco. Te vio, se puso a llorar, te abrazó. Yo me hice a un lado y tu tía enseguida me dijo: “No Alejandro, por favor, quedate”, cerró la puerta y se fue. No podía ser más extraña la situación, yo no entendía nada.
-No me acuerdo de nada.
-Estabas completamente drogada.
-¿Qué te decía?
-Algo me decías. O nada quizás. No sé. No se te entendía nada, solamente balbuceabas e intentabas por todos los medios abrazarme y besarme.
-¿Estuviste mucho tiempo?
-Fueron diez minutos. No pongas esa cara… yo recién abría mi negocio, tenía que ir a abrir, a atender, no podía quedarme. En serio te digo. Cielo, en serio. Además la situación era demasiado bizarra como para quedarme. Me fui en cuanto pude y te dejé con tu prima o alguien.
-Y eso fue lo último que supiste de mí entonces.
-No, hablaba con Pilar. No digo todos los días pero sí a menudo. Me interesa saber cómo estás, siempre. Y me alegra verte tan bien hoy.

El discurso me llenó de sentimientos encontrados. Lo odiaba por lo que había hecho y sin embargo allí estaba en su departamento una vez más. ¿Por qué? No sé por qué. Seguimos tomando champagne y me contó que el día de mi cumpleaños de ese año lo llamé para decirle que iba a suicidarme. “Me amenazaste, no tuve otra opción que hablar con tu padre. Lo llamé y le dije ‘Discúlpeme que lo moleste pero Cielo me llamó y me dijo que quería matarse y que quiere verme’. Tu papá me dijo que estaba bien si querías verme que nos viésemos. ‘No habíamos quedado en eso- le dije- yo voy a cumplir mi promesa’. ‘Sí, tenés razón’- dijo tu Papá y no hablé nunca más con él”.
Se levantó, llenó nuestras copas nuevamente y me dijo: “¿A qué hora querés poner el despertador?” dando por asumido que iba a quedarme a dormir. “A las cuatro” le dije casi sin pensarlo. Me parecía que cualquier hora era razonable, que lo único irracional era que yo siguiese al lado de ese pobre tipo.
A veces me olvido de las cosas que me hace. En una ocasión hace poco menos de dos meses, estaba yo en un paseo de compras un viernes por la noche. Estaba sola y tuve un ataque de pánico. Entré en el baño intentando mantener la calma y pronto me desvanecí y caí al suelo. Tenía miedo: todo lo que sentía era pavor. No quería salir del baño, sentía que iba a morirme. Empecé a respirar agitadamente. Se me durmieron las manos y las piernas. Estaba tirada en el suelo del baño del paseo de compras y no podía respirar. Pronto mi vista se nubló hasta volverse completamente negra. No veía nada y no podía sentir nada. No quería llamar a mis padres para no preocuparlos, así que llamé a Néstor. No atendía mis llamadas. Con cada llamada fallida mis nervios crecían y mi ataque de pánico se volvía más y más mortal. Llamé de nuevo: Néstor seguía sin contestar. Todavía lograba mantener la calma. No sabía a quién llamar. Estaba a sesenta kilómetros de distancia de mis padres, ellos no hubiera hecho más que preocuparse. Entonces se me ocurrió llamar a Alejandro: “Hola, Alejandro. Estoy en Paseo Alcorta, por favor… vení”.
-¿Qué pasa?
-Alejandro… ale.. alej… Alejandro… no puedo respirar… ale…
-¿Qué pasa Cielo?
-por favor vení… tengo miedo ¿dónde estás?
-No puedo ahora, estoy en un asado con amigos. Tranquilizate.
-Por favor, necesito que vengas, tengo mucho miedo.
-No puedo Cielo, lo siento mucho.
Me cortó. Yo tenía un ataque de pánico y el muy maldito me cortó el teléfono. No es fácil describir un ataque de pánico pero es básicamente miedo desmedido e irracional generado por cualquier cosa. Sentía que iba a morirme, sentía que era veintiuno de abril de 2004 y que iba a morirme. Llegó la policía y una enfermera. Me trasladaron hasta la enfermería donde me tomaron la presión y me dieron una pastilla para tranquilizarme (la última vez que había tenido un ataque de pánico terminé con la ambulancia en casa inyectándome en las venas un sedante súper-poderoso). No sabía cómo iba a salir de esa… o peor: no sabía si iba a salir viva. No tanto me afectaba el ataque de pánico, lo peor era que no podía contar con Alejandro. No podía contar con él, ni aunque me estuviera muriendo (como si aquello fuera una novedad).
Finalmente la policía se comunicó con Néstor y éste con mis padres quienes me fueron a buscar en seguida. Me abrazaron y lloramos juntos. Yo había dejado de temblar y me había vuelto el color a la cara. No podía contarles lo de Alejandro, ellos no podían saber nada. El ataque de pánico había sido suficiente para ellos y para mí.
Pero esa noche estaba con él, sentados los dos tomando champagne, como si nunca me hubiera sentado con Claudia a la mesa o como si jamás me hubiera rechazado en mi pedido de auxilio. Simplemente allí estábamos, como si nada hubiera pasado. Como siempre: ignorando las malas experiencias del pasado. “Estoy solo. Cuando tenés treinta años sabés cuánto tiempo podés durar con una persona y en este momento no puedo durar con nadie. Estoy muy mañoso… ya me vas a entender cuando tengas mi edad”. La historia de mi vida: “cuando tengas mi edad”.
Me desvistió suavemente e hice lo mismo. Después de dos largas horas nos acostamos a dormir. “Unos masajes no me vendrían mal”- me dijo. Me senté encima de él y le hice masajes, tal como pedía. Me cansé, dejé de hacérselos. Me senté a su lado en la cama. Él dormía, pero no roncaba como siempre, lo cual suponía un sueño leve. Yo no podía dormir. No quería estar ahí, quería estar en mi casa, finalmente. Eran las dos de la mañana, había puesto el despertador a las cuatro. Por primera vez en mi vida dudé si podría aguantar esas dos horas a su lado.
Mi devoción por Alejandro consistía mayormente en verlo dormir después de hacer el amor. Acariciarlo, jugar con su pelo, hacerle masajes, cualquier cosa que él quisiese. Él conmigo era solo rechazo: no puedo ir hoy, no quiero ir hoy, no sé si voy a querer mañana. No intentó impedir mi muerte, ni mi ataque de pánico, ni siquiera me brindó una mano de ayuda jamás. ¿Eso quería durmiendo al lado mío?
Lo medité un poco más. Me levanté de la cama tan silenciosamente como pude y fui al living junto al cuadro de los millones de países. Prendí un cigarrillo en la oscuridad. ¡Asco! Lo prendí al revés. Encendí otro, esta vez correctamente. Me senté en un puff y miré al vacío y escuché un disco que se había rayado pero a volumen casi imperceptible. Lo apagué. Pobre Ale, se iba a quedar dormido con el disco rayado. Cuando terminé el cigarrillo busqué mi ropa interior por el living pero estaba demasiado oscuro.
Volví a la cama y me senté a su lado. Esperé cinco minutos y finalmente le pregunté si dormía.
-No
-Bueno… yo me voy.
-¿Qué? ¿Qué hora es?
-Más de las dos.
-Pero por mí quedate hasta las diez de la mañana
-Quiero irme, prefiero irme.
No sé si entendió algo de lo que dije porque estaba bastante dormido. Le pedí que me acompañase hasta mi auto y lo hizo. Le di un beso y un abrazo. “Manejá despacio que despacio se llega”. Eso fue lo último que escuché de él. Me fui. Increíblemente quise irme. En otro momento de mi vida me hubiera quedado años esperando a que se durmiera, acariciándolo o viéndolo ser. Esa noche no quería. Simplemente necesitaba estar conmigo, sabía que algo se había roto, que yo había cambiado. Haber estado escribiendo sus maldades me había hecho recordar, me había hecho tomar consciencia. Soy consciente por fin del mal que me infligió durante ocho años. Soy consciente y sin embargo aquí estoy escribiendo acerca de aquel hombre. Aún tiemblo cuando me toca, aún merezco parte de su amor, parte de su sexo. Aún soy parte de él y aún él es parte mía. Sos parte de mí y sin embargo ya no te quiero.

8 comentarios:

Elizabeth dijo...

CIELIN AMO TU LIBRO!!!!! LO LEI EN DOS DIAS, EL TIEMPO EN EL QUE LO LEI NO IMPORTA TU LIBRO ES GENIAL.
SALUDOS Y MUCHA SUERTE

cherezada dijo...

El libro me encanto,en muchas cosas nuestras vidas se parecen, no pudo creer hasta que punto, te felicito por expresar tus ideas de una forma tan sincera, me gustaria hacer lo mismo, saludos

-Eduard- dijo...

ese tal alajendro si fue un bastardo

Luna dijo...

hasta q al fin cielo entendiste q alejandro no era quien tu creias amar era algo q te hacia mal...felicidades

Fernando Mateo. dijo...

La verdad que sos PATETICA. No creo que un hombre te haya echo TANTAS atrozidades! Seguramente sos una mentirosa que se hace ahi la victima. Y prefiero creerle a Alejandro. www.medicenalejo.blogspot.com .

M.Ruiz dijo...

Cielito!! ya me heché tu libro en una noche de insomnio gracias a mis pils :( pero bueno eso no quería contarte jaja la verdad es que me identifico muchísimo con tu libro, siempre es una gran diferencia esos 8 años, creeme sé que es eso, pero bueno a lo que iba, curiosamente en el último comentario chequé el post dónde venía el blog de Alejandro, pued dejame decirte algo... ES UNA MIERRRRRDA!!! como se atreve a hablar mal de ti, si tu estás dando tu testimonio fielmente, ahora por lo que sé tienes un hijo, pero el pasado siempre nos sigue, ánimo tienes mucha gente que te admira realmente y no nos dejaremos engañar por estúpidos ardidos :) querida ya me voy antes de que te aburra mi post :) besitos atte: MIA RUIZ

Suddenn dijo...

Yo le creo a ambos. A Alejandro y a Cielo. Ambos dicen que Cielo es manipuladora, soberbia y egoísta. Los dos lo dicen,Cielo no lo oculta. Y ambos dicen que Alejandro fue irresponsable de estar con una menor desde el principio y que después no supo manejarlo. Cielo a pesar de ser algo sadica en su relato sobre Alejandro (y Alejandro algo sadico en su relato sobre Cielo) mostró partes donde el cariño de Alejandro se ve. El cariño o la obsesión que el también en parte sentía con ella. El volvía, ella aclara. Era dependiente tanto como ella, solo que sin ser Borderline. No hay un lobo y un cordero para mi. Veo dos lobos y dos corderos a la vez. Esa es mi opinión. Y ojalá Cielo y Alejandro se recuperen algún día, es difícil, pero ojalá puedan.

Rocio Gaona dijo...

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