lunes, 10 de septiembre de 2007

31. Todo sobre Ana

Para cuando empezó abril mi vida ya era un despropósito. Haberme mudado, los nervios en la universidad y las visitas a la casa de mis padres me habían hecho engordar. Pesaba cincuenta y un kilos y aunque estaba raquítica yo no podía dejar de verme obesa. Así que me dediqué full time a la facultad y a no comer. Empecé a hacer ayunos caprichosos de cinco días a la semana. Pronto mi vida familiar se había regularizado. De lunes a viernes no comía nada, con excepción de los miércoles cuando venían mis hermanos y mis padres a cenar a mi departamento. Más tarde vomitaba, más porque ya no toleraba comida en mi estómago que porque quisiera. Los jueves también eran de ayuno total y los viernes a la noche cenaba en casa con mis padres. Los sábados solamente almorzaba y vomitaba y los domingos almorzaba en la casa de mi abuela como siempre desde que tengo noción de vida.
Así que hacía cuatro comidas en siete días: dos cenas y dos almuerzos. No puedo explicar lo que no-comer produce en el cerebro. Creo que todavía no estoy abstraída totalmente como para contarlo así, con aires desentendidos, pero al menos voy a intentarlo. No comer genera desgano, genera enemistades inexistentes, hace que quienes te aman muten en enemigos mortales. Hace que quieras huir de tu casa, de tu cuerpo, de tu cabeza: todo te agota, te hace sentir un cadáver odioso al que todos temen acercarse. Muchos porque no saben qué esperar de vos y otros tantos porque tienen miedo de que te mueras si te hablan. Yo me estaba muriendo aunque la gente no se me acercaba. No comer, además, vuelve el alimento un enemigo íntimo: “lo que me alimenta me destruye” solía decir. Es una frase conocida dentro del ambiente pro-anorexia “Quod me nutrit me destruit”. Aquella cita podía ser aplicada en muchos sentidos y de diferentes maneras en mi vida. En mi caso dos cosas importantísimas me alimentaban y destruían a la vez. Una, la comida. La segunda era Hogweed. La comida que ayudaba a mi desarrollo físico y mental también destruía mis ganas de vivir; Alejandro alimentaba mis ganas de estar viva y a la vez me destrozaba. Contradicciones, mi vida fue siempre una absurda contradicción donde lo que hoy es mañana quizás no lo es tanto, donde lo que hoy me hace vivir en tiempos futuros puede aniquilarme. Siempre tuve miedo a escondidas. Miedo de mí, de por fin terminar comiéndome.
Cuando llegué a casa no me sentí en paz: no sabía qué hacer. Sentía en aquella época que no pertenecía a ningún lugar. Que era una desterrada, una ignota a quien le daba lo mismo vivir o morir. Y la situación se complicaba porque de a poco me interesaba un poco más en encontrar en cualquier esquina la muerte.
De todas maneras no perdía el tiempo y seguía queriendo que lo poco que me quedaba de vida fuera agradable así que decidí darme algunos lujos: no iba a focalizar mis pocas energías en aprobar materias en la facultad; iba a encargarme de hacer el mejor documental de la historia de aquella universidad. En la materia “producción audiovisual” nos habían dividido en grupos de seis personas y cada una tenía que llevar la clase siguiente un esquema de cómo sería el documental. Después de leer todas las ideas, los miembros del grupo junto con los profesores decidirían cuál se llevaría a cabo.
Mi idea no podía ser otra: los sitios pro-anorexia ¿combatirlos o apoyarlos? Básicamente mi documental ponía en duda la irracionalidad de los sitios pro-desordenes alimenticios. No era un documental “a favor de” ni “en contra de”, era auténticamente objetivo pese a mis claras preferencias. Mi grupo en el documental eran mis amigas: Dolores, María, Pilar y demás. Todas habían llevado sus ideas pero convenimos en que la mía era la más viable o la más fácil de llevar a cabo porque ya tenía(mos) muchísima información. Mis profesores quedaron alucinados con la idea, me felicitaron y nos incitaron a empezar en seguida. La universidad nos prestaba cámaras profesionales, micrófonos, luces, todo lo que necesitáramos para hacer entrevistas y filmar lo que se nos ocurriese. Yo tenía contactos anoréxicos en todas partes del mundo ya que me escribía y hablaba por teléfono con adolescentes y mujeres de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, España y otros tantos países; así que las entrevistas iban a ser grabadas por teléfono y hasta algunas de mis amigas se habían ofrecido a enviarme vía correo electrónico videos dando su testimonio. Iba a ser un documental de primera clase. Decidí que se llamaría “Todo sobre Ana”.
Mis amigas no estaban demasiado convencidas de hacer mi idea porque pensaban que me podía afectar. Yo necesitaba hacerlo, aunque estaba en pleno proceso anoréxico, Todo sobre Ana significaba para mí una excusa para quedarme en este mundo, una meta a largo plazo. Tendría que quedarme viva si quería ver el documental alguna vez proyectado. TSA me llenaba de vida y de ganas de hacer cosas, de moverme, de contactarme con gente, de dar lo mejor de mí y de demostrarme que no estaba tan muerta como creía.
Pronto aquel documental consumía mi vida: no hacía otra cosa más que pensar en detalles, en entrevistas, en personas relacionadas, en dar mi propio testimonio, en colorearlo, hacerlo bello, parirlo. Era mío, lo iba a engendrar y no iba a tolerar malos tratos o comentarios desdeñosos. Pronto me obsesioné y no quería que nadie dijera nada acerca de TSA, era mi bebé, quería hacerlo yo sola, que las ideas fueran solo mías, que sea perfecto, que sea un reflejo de lo que yo quería ser.
Escribí un pre-guión y lo entregué. Mis profesores estaban encantados con mi trabajo y eso me incentivaba aún más. Mientras el documental nacía mi vida se derrumbaba. Aquel departamento de la calle Guayaquil me traía recuerdos espantosos: no quería dormir sola, soñaba con estar con Alejandro todos los días. Muchos de ellos la llamaba a Pilar y pasaba por su casa, charlaba con su madre y sus hermanos, me sentía en familia. Extrañaba a mis padres y a la vez estaba agradecida de tenerlos tan lejos: mi decadencia se estaba haciendo notar y no era broma, pronto desaparecería.
Cada tanto Alejandro venía a visitarme y salíamos a comer a Magno, un restaurante a pocas cuadras de Guayaquil. Ñoquis con crema rosa, siempre que voy a Magno pido lo mismo. Después de comer volvíamos a mi departamento y se quedaba a dormir conmigo. A la mañana siguiente, nos levantábamos temprano y él se iba a trabajar y yo a la facultad en el mejor de los casos, porque muchas veces estaba tan débil que ni siquiera podía levantarme de la cama. La segunda noche que se quedó a dormir en mi departamento se encontró con dos de mis regalos: una copia de las llaves para que entrase cuando quisiese y un cepillo de dientes con su nombre en violeta. Nunca usó esas llaves, siempre tuve que bajar los siete pisos para abrirle. Para él aquellas llaves no significaban absolutamente nada mientras que para mí lo eran todo: tenés las llaves para entrar y salir, para hacer y deshacer como gustes. Esta tierra también es tuya, visitame, usala, compartila, hacela tuya. Y el cepillo de dientes no fue usado demasiadas veces tampoco: este significaba “esta es tu casa, donde están tus cosas, donde no tenes que sentirte un extraño”. Pero Alejandro en Guayaquil siempre fue un huesped.
Mientras tanto los mareos eran cada vez más usuales. Me levantaba de cualquier lado y veía todo negro: el mundo colapsaba; por diez segundos me invadía una ceguera impenetrable y mi cabeza mutaba en una montaña rusa. El mundo era mejor cuando estaba mareada: no podía ver o escuchar absolutamente nada; se me tapaban los oídos, perdía la noción del tiempo, del espacio. Cuando se hicieron más comunes los desmayos, aprendí a identificarlos antes de que apareciesen. Así, cuando sabía que iba a perder el conocimiento, me sostenía con fuerza y rapidez de cualquier pared, o baranda, o mesa que estuviera cerca de ese cuerpo que era más mío que nunca.
Me costaba dormir: la falta de alimento me ofrecía un insomnio imposible de rechazar, así solía quedarme despierta hasta las dos de la mañana habiéndome acostado a las once de la noche. Eran horas insoportables donde no hacía más que tocarme los huesos y repetirme que “es el precio que hay que pagar por ser perfecta”. Mentira, no era ningún precio, no estaba llegando a la perfección, me estaba hundiendo cada día más y más profundo. Pronto iba a llegar al límite donde no había nada más debajo mío y ese día iba a ser el fin.

14 de abril de 2004
La anorexia es ya un estilo de vida y algo de donde jamás voy a salir y no es que pretenda vivir mucho más, pero en la vida se toman decisiones y mientras no afecten a otros no se hace ningún daño. Ana es mucho más que un espectro deambulante. Es una razón, una meta, un camino y un fin en si misma. Es una diosa todopoderosa que se lleva de mí todo aquello que sobra, que no hace falta. Sus penas se arreglan con un café con edulcorante.
Ana no tiene muchas exigencias: solo me obliga a serle fiel. Y cuando no siente que la merezco, se acerca a mí otro ángel, la bulimia, y me ayuda a darme cuenta de que Ana es menos peligrosa y no me daña. No es una obsesión y es tan perfecta que no da a conocer su rostro, porque todos lo llevamos dentro, pero solo algunos elegidos sabemos cómo llegar a ella.
¿Qué te llevó, Ana, a elegirme? ¿Por qué me diste la gracia de conocerte? Comí del fruto prohibido y vi que era un monstruo pero con tu ayuda voy a convertirme en una mujer merecedora de tu amor. Mi admiración por vos va a ser el pago por ser perfecta, algún día, cuando mi carne haya desaparecido y solo queden mis huesos. Mis huesos y vos.
No te ofendas Ana cuando te abucheen. Perdonalos porque no saben lo que hacen. Rezá por mí, Ana, y liberame de este infierno congelado donde vivo. Soy tuya enteramente. Te amo hasta los huesos. Dejame cerrar mis ojos para siempre.
***
Me había convertido en lo que siempre había detestado: una fanática religiosa. Siempre me creí atea y sin embargo me había creado mi propia diosa, con particulares ofrendas y sacrificios que estaba dispuesta a entregar a cambio de la muerte, o de su bendición. Una bendición inexistente, que solo yo podía darme. Nadie iba a salvarme, nadie podía. Era demasiado tarde para buscar ayuda.
Alejandro desapareció: los hombres saben cómo solucionar los problemas de sus parejas, lo hacen huyendo. Ojalá algún día encuentre a un hombre que no sea un cobarde, que se comprometa conmigo y con mi historia. Que no tema a lo que soy, a lo que fui y ya no soy y a lo que posiblemente pueda llegar a ser. Pero no: todos ellos huyen, porque es más fácil desaparecer que hacerse cargo o tomar posición en una situación dolorosa. Nadie sabe enfrentar el dolor. ¿Cómo podía explicarle a Alejandro que mi deseo no era pesar cinco kilos? Yo quería desaparecer del todo. Un día dormirme y jamás despertarme. Quería una muerte silenciosa, una muerte que le quedase grabada para siempre en la consciencia, en el inconsciente y en todas partes de su cuerpo como una viruela mal curada. Quería que mis manchas se mudaran para siempre a su consciencia, que le quede en la cabeza una sola frase resonando como eco: “no quise ayudarla”, “no quise ayudarla”, “no quise ayudarla”. Y sin embargo, en su mediocridad, él creía que era acerca de la comida, que mi temor era ser gorda. No, Ale. Mi temor es estar viva para siempre, mi pavor más profundo es mi imaginación: verme de vieja, seguir viva, seguir sufriendo por siempre. Quiero morirme, reencontrarme con Ursula. Quiero que me ames, también. Y que me salves.
Una sola palabra hubiese bastado para salvarme. Una sola. Una llamada, una caricia, algo. Un indicio de preocupación, de que te importaba. De que querías que siguiera viva. Pero hiciste oídos sordos, te hiciste a un lado. No me escuchaste. Te aclaré una y mil veces que me estaba muriendo, que necesitaba salvarme, que contaba con vos para hacerlo. Que sin vos me moría, que eras lo único que me quedaba. Te sentiste presionado y me dejaste. ¿Tengo que sentirme culpable por mi muerte? ¿O hay más de un culpable? Quiero decirte algo: podrías haberme salvado.

No creo que otra persona entienda el deseo de morir tan acabadamente como lo entiendo yo o como lo entienden los suicidas. No sé si hay alguna sensación peor: sentirse mal por estar tan sano, querer morir, desaparecer fulminantemente. Y luego ver a tus viejos haciendo la cena y a tus hermanos jugando inocentemente al play station; todo mientras vos silenciosamente planeas tu muerte, exquisita, necesaria, inminente, inexorable.
Y llorar hasta el desmayo o el interminable dolor de cabeza que parece encarnársele a uno en lo más profundo de los sesos. Tener tanto odio por uno mismo, tanto que hasta nos parecen irreales e inentendibles todos aquellos años de convivencia con nuestras mentes perturbadas, tantos años de soportarse a uno mismo. Y luego llegan los reproches: ¿por qué no me di cuenta antes de que me odio? ¿Por qué no me eliminé tiempo atrás?
Lo pensás varias veces, intentas encontrar algo por qué vivir, por qué quedarse: las razones son tan frágiles como la convertibilidad y sos menos convincente que Fidel Castro izando la bandera de los Estados Unidos. Querés morirte y tenés millones de razones por las cuales hacerlo. Y sin embargo, todavía rogas por una sola razón para quedarte. Una razón te salvaría, solo una sería suficiente. Y no la encontras, no porque no sepas buscar, sino porque simplemente no hay. No existe la razón por la cual debieras quedarte en este mundo.
¿Por tu familia? ¿Quedarte por tu familia? ¿Que los suicidas somos egoístas? Es la gansada con menos sustento que escuché en toda mi vida. Empecemos a sacar un poco de lógica de todo esto:
Uno no quiere vivir porque sufre, porque está triste. Entonces algún ser muy inteligente (seguramente amigo o familiar) te dirá que todo el mundo te quiere, que todos te aprecian, que no podes HACERLE ESO A TU FAMILIA.
Muy bien, recapitulemos: entonces uno tiene que vivir en pena porque no se le puede hacer “eso” a la familia. ¿Eso? ¿HACER QUÉ?, me sigo preguntando yo, a través de los años. ¿Hacer qué mierda? Si uno está enfermo debería elegir cómo y cuándo curarse. Supongo que las personas con cáncer serían más felices si pudieran extirparse la enfermedad. Pues bien, mi enfermedad es estar viva. Y codificando y pasando en claro no me están dejando sacarme el cáncer de encima. Quieren que tenga cáncer, porque no puedo hacerLES eso. ¿Eso? ¿No puedo qué cosa? ¿No puedo extirpar mi dolor? ¿Debo vivir muriendo para que OTROS no sufran? ¿Tengo cara de Jesucristo? ¿Tengo cara de tener ganas de aguantar mi pena para que otros no lloren cinco minutos o cinco meses mi muerte y después continúen con sus vidas?
Entonces llámenme egoísta, pero no pienso soportar este dolor. La gente es tan moralista, tan hipócrita. No entienden lo que se siente; no lo pueden entender porque la depresión, la anorexia, la bulimia, llevan a la persona al extremo más límite. Te tortura, te viola, te deshace adentro. Tus tripas, tu estómago, tu garganta, tu pecho, tu sexo. Todo le pertenece a tu enfermedad: necesitás morirte porque sabés que no tenés nada más que hacer en este mundo. Que te duele demasiado estar vivo; y que aunque seas una excelente alumna, una hija adorable y una amiga incondicional, no tenés fuerzas para seguir jugando esos papeles.
Te das cuenta que te pasaste la vida actuando: pensando que si te disfrazabas con diferentes personalidades ibas a poder por fin tapar tu verdadero ser: el que quiere morir porque no puede elegir otra cosa. No puede elegir otra cosa.
Pero, por favor, díganme si estoy errada. ¿Si ustedes estuvieran muriéndose de dolor por alguna razón, no les gustaría acabar con ello? ¿O prefieren morirse de sufrimiento lentamente y caer en una completamente evitable agonía a fin de no molestar a terceros? Además, déjenme decirles: cuando hay dolor los demás dejan de existir. No se piensa en nadie más, no se piensa siquiera en uno mismo: porque dejas de existir como persona, pasas a ser simplemente un vegetal con ganas de suicidarse. No más que eso. Tu fin último es planear un suicidio con clase, con estilo, para al menos, no dejar todo ensangrentado. Los otros no existen: sos vos y la muerte. Son la muerte, las pastillas, la soga, el balcón, la bañera, el secador de pelo, el maldito tren, lo que fuera. Sos vos y tu muerte, más próxima que nunca. Y esta vez es claramente inevitable.

4 comentarios:

La chica de otro mundo dijo...

gracias a este capitulo voy entendiendo un par de cosas,y una cosa es sentir que nadie te quiere y otra es que nadie te quiera pero es algo dificil de diferenciar

Poppy Franco dijo...

"La gente es tan moralista, tan hipócrita. No entienden lo que se siente; no lo pueden entender porque la depresión, la anorexia, la bulimia, llevan a la persona al extremo más límite. Te tortura, te viola, te deshace adentro. Tus tripas, tu estómago, tu garganta, tu pecho, tu sexo. Todo le pertenece a tu enfermedad: necesitás morirte porque sabés que no tenés nada más que hacer en este mundo. Que te duele demasiado estar vivo." Excelente frase.

Ana Mia dijo...

"Por que no me di cuenta antes de que me odio?"

Sofii Martinez dijo...

Que triste 😭😔