lunes, 10 de septiembre de 2007

24. La usurpadora

30 de octubre de 2003
Me levanté temprano, fui a la facultad y me quedé leyendo Bauman al sol, sabiendo que a las tres de la tarde me encontraba con Alejandro. Mi plan realmente era estudiar Bauman a la mañana, ver a Alejandro no más de 3 horitas por la tarde, por ejemplo hasta las 6 y después volverme a mi casa para seguir estudiando. Creo que por primera vez la realidad superó mis planes.
Pasó a buscarme por la UCA aquella tarde y caminamos muchísimo hasta el puente de la mujer y nos sentamos en un café allí mismo. Hablamos de mi “problema” y me dijo que no va a mentir por mí. Me parece bien que no se meta, es lo que tendría que haber pasado desde un principio. Es ridículo que la gente se meta con mi estilo de vida, yo no sanciono a las gordas porque se van a morir a causa de grasa acumulada ¿por qué ellos tienen que vigilarme a mí?
De todas maneras, no tenía ganas de discutir. Estaba con Alejandro en Puerto Madero tomando un agua mineral: no podía ponerse mejor que eso. Me equivoqué, sí podía: “Bueno, muy lindo Puerto Madero, pero nos podríamos ir a la mierda ¿no?”- dijo. En ese momento me desilusioné porque todo muy bonito pero también muy escaso, pensé que quizás nos podríamos haber quedado un rato más. De todas maneras tenía que estudiar para el examen del día siguiente así que no dije nada más que “bueno, me voy a seguir estudiando”. Pero cuando dije eso, Alejandro me dijo: No, vos te venis conmigo. “Pero hay un problemita –le dije- estoy indispuesta”. Se le transformó la cara en un signo de pregunta. “Cielo- me dijo- no tiene importancia. No nos tenemos que revolcar cada vez que nos veamos”. Muy bien, si eso no era amor ¿entonces qué?
Subimos al auto y junto con las palpitaciones aumentaban mi buen humor y las esperanzas de que Alejandro quizás no solo me quisiera para tener un par de horas de buen sexo. Aproveché que tenía que cargar nafta y bajé al kiosco de la estación de servicio a comprar chicles de menta (no había comido nada y el aliento a desnutrición era inminente). Cuando volví Alejandro me dijo: “Cielo, te estaba viendo recién cuando venías. Y ahora que te veo de lejos me di cuenta de que nunca te había visto tan flaca. ¿Estuviste tan flaca alguna vez? ¿Cuándo recién empezábamos a salir? Yo creo que no. Nunca te vi así”. Yo le aseguré que sí, que tuve mis épocas de flaca. Después cambié de tema porque aunque me gusta que se preocupe por mí me irrita bastante que me obliguen a hacer cosas que no deseo hacer y ya estaba empezando a darme clases de nutrición.
Desvié la mirada hacia la autopista. ¿Autopista? ¡Me estaba llevando a Monte Grande! ¡Iba a conocer a Romina! Quería estar ahí pero disfrazada de alien persa. Anhelaba conocer a la mujer que me estaba reemplazando y al niño que se creía hijo de Alejandro. Quería conocerlos y a la vez tan solo pensar en ellos me provocaba nauseas. “No pasa nada entre Romina y yo” me venía repitiendo hacía semanas Alejandro y sin embargo, la idea de vivir con la gemela del amor de tu vida seguía pareciéndome intrincadamente escabrosa.
Pronto estuve en Monte Grande por primera vez en mi vida (y por cierto ¡qué lejos quedaba!). Alejandro vivía en una casa de paredes lilas, bastante raras y portón negro automático. Dejamos el auto y cuando entramos vi que una mujer de pelo corto limpiaba el jardín. Era Romina.
Romina, la mujer que está ocupando mi lugar. Yo quiero dormir en la misma casa que él, yo quiero comer de las comidas que haga, yo quiero tomar mate con él a la tarde, yo quiero que escuchemos música juntos, yo quiero ver una novela a las diez de la noche con él, yo quiero ayudarlo cuando tiene un problema, yo quiero lavarle los calzoncillos y plancharle las camisas. Yo quiero, pero lo hace ella. Romina es una mujer hermosa de pelo corto y pelirrojo. Tiene ojos celestes cielo y una nariz perfecta. Es linda, armoniosa, de ninguna manera me la hubiera imaginado así. Cuando la vi tan linda me pareció un cachetazo injusto para mí ¿qué habrá pensado Romina de mí?
Cuando se percató de que en el auto no estaba solamente Alejandro, siguió barriendo como si nada hubiese pasado. Bajamos del auto y ellos se saludaron amistosamente. “Ella es Cielo” le dijo a Romina (y dio absolutamente por entendido que yo tenía que adivinar quién era ella y sobreentendido quedaba que él me había hablado al respecto).
Entramos y Alejandro me mostró la casa. Vimos a Ulises que dormía como un ángel, y nos hicimos unos mates. Yo estaba un tanto incómoda: no podía hacer y deshacer según quisiera y no sabía exactamente cómo manejarme porque no era solo territorio de un hombre. En aquella casa vivían una mujer y su hijo. Al mismo tiempo que intentaba adaptarme se acercó Romina a la mesa. Sorpresivamente se sentó en frente mío y al lado de Alejandro y pidió un mate. Con Romina sentada a la mesa, mi existencia se convirtió en nulidad exasperante. Hablaban de impuestos y de la luz y del trabajo de Alejandro y de las camisas que había planchado ayer Romina y se reían mientras intercambiaban comentarios graciosos que solo ellos entendían. “¡Porque vos dejas toda la ropa tirada!” “¡Si pero viste que también cocino rico!” “¡Callate! ¡Si no cocinara yo nos moriríamos de hambre!” “Ah, Ale. Hoy Uli me hizo un dibujito…”. Basta. Me quería ir de ahí, eso no era lo que Alejandro me había dicho. ¿Cómo puede ser que dos personas puedan vivir juntas de esa manera y aún así no se tocaran un pelo? Era completamente irreal y sin embargo, yo creía cualquier cosa que él me dijera.
Después de un rato se despertó Ulises. “¡Mamá!”- se escuchó desde otro sector de la enorme casa. Tengo que admitir que temblé: que tembló mi voz y mi alma se llenó de angustia (aquellos gritos se parecían tanto a los que imaginaba de Ursula). Romina se levantó de la silla y fue en busca de su hijo. Volvió con Ulises en los brazos. Un Ulises que al verme puso cara de enojado con preocupación. Claro, no entendía nada. ¿Quién es esta mujer que está en mi casa con mi “papá”?
Fue una situación por demás incómoda pero pudo haberse puesto peor y eso sucedió: “ya vuelvo”- dijo Alejandro. Me quedé sola con Romina y su hijo. Romina le dijo a Ulises: “Ella es Cielo, la amiga de Ale. Bah, la novia, no sé”. Yo me limité a sonreír y disfruté muchísimo la posibilidad de que al nene le hubiera quedado en la cabeza que Cielo es la novia de Alejandro. Como para que se entere que él tiene su propio papá y no es él, justamente. Y el eco en mi cabeza repitió “la novia de ale… bah, no sé” “bah, no sé…” “no sé”.
De todas maneras tenerle rabia o querer asesinar un infante no son íconos de mi comportamiento habitual así que pocos minutos después Ulises y yo estábamos pintando con crayones de colores en hojas blancas. Prometió hacerme un dibujito y antes de comer me lo regaló. Le enseñé a escribir “Cielito” en un papel y él me escribió “Ulises” en el dibujo. Alejandro lo trataba como a un hijo. Claro, pobrecito, no quiero imaginarme la confusión que tendrá en la cabeza. ¿Ellos no pensaron que al bebé le puede hacer mal? Mientras Alejandro lo sostenía en sus brazos y jugaba con él, me detuve a inspeccionarlo: rubio, con los mismos ojos celestes y nariz perfecta de la mamá.
Después de tomar muchos mates Alejandro me dijo que fuera a estudiar a su habitación mientras él iba a comprar cosas para cocinar. Subí las escaleras, entré en su habitación, me acomodé en la cama con mis libros y se me hizo casi imposible estudiar: escuchaba risas y frases indescifrables de la parejita feliz allí abajo. ¿Cómo podía pensar en filosofía de segundo año de Periodismo cuando en la planta de abajo estaban sucediendo cosas inexplicables? Finalmente me concentré y estuve dos horas arriba estudiando. En un momento, Alejandro entró en la habitación donde yo estaba, se acercó, me besó en la frente y se fue cerrando la puerta. Me di cuenta muy obviamente de que enfrente de Ulises ni me dio la mano, ni me dio un beso, ni me habló demasiado, porque no quería que se diera cuenta el bebé de que yo estaba con él. Por las dudas, supongo. “Pregunta Ulises dónde está Sol”- me dijo Alejandro sonriendo. No puedo evitar enternecerme.
“Celeste ¡a comer!”- gritó Alejandro. Cuando bajé las escaleras me encontré con una patética escena familiar, y digo patética porque me di cuenta que estaba completamente de más, estaba sobrando. Alejandro cocinaba una salsa, Ulises se abrazaba a las piernas de la mamá y Romina planchaba una chomba rosa de Alejandro. Yo me quedé un poco pasmada con ese panorama. Me senté a la mesa, sola, mientras esperaba que alguien notara al menos mi existencia, hasta que no aguanté más. Le pedí a Alejandro un poco de agua, me dio jugo y subí a tomar unas pastillas porque me dolía la cabeza (además quería escapar de ese hábitat extraño). Después volví y nos sentamos a cenar. Alejandro terminó su plato en seguida, come como un hombre. Romina tardó un poco más porque al mismo tiempo le daba en la boca a Ulises y yo ni probé mi plato. Me di cuenta de que Alejandro me miraba compulsivamente cada vez que agarraba el tenedor y me lo llevaba a la boca.
Después cuando estuvimos solos me dijo: “No comiste nada. Ni los probaste. ¿No te gustaron?”. Yo le respondí dulcemente: “no me jodas”. Después de cenar, nos quedamos los tres sentados mirando televisión. Yo estaba un tanto más relajada y nos reímos un rato. El bebé se quedó dormido y lo llevó su madre a la cama.
Él se fue a bañar y Romina y yo nos quedamos tomando un café, fumando y charlando de cualquier cosa que hiciera que el tiempo pasase más rápido. Me dijo que a Alejandro le molesta muchísimo que fumen y que ella fumaba dos atados por día hasta que se mudo con él. “Le molesta el humo, el olor, todo. Viste que él es re ordenadito, todo limpito. Y yo ahora estoy fumando porque estás vos, sino no”.
Alejandro volvió de bañarse y me dijo: “No sé tú, pero yo me voy a dormir”. Besó a Romina deseándole buenas noches y nos fuimos a dormir. Pero en cuanto nos acostamos, yo primero me tenía que sacar el corpiño ya que iba a dormir en bombacha y con la musculosa blanca. Entonces me saqué el corpiño por debajo de la musculosa “¿Te da vergüenza que te vea?”. Lo cierto es que me daba vergüenza que apareciera alguno de los dos integrantes de esa casa. Apagó la luz y yo me acordé de un detalle. “Esperá, prendé que te quiero mostrar algo”. Entonces me bajé un poco la bombacha y le mostré mi tatuaje. “Hogweed”. Me lo había hecho días antes a escondidas a la salida de la universidad.
“Estás loca”, me dijo. “¿Es de henna? ¿Se va?”. “No –le expliqué- es para siempre. Te voy a tener para siempre acá”. Su respuesta fue un beso apasionado. “¿Y? ¿Te gustó?”. “Sí, pero estás loca. ¿Qué les vas a decir a tus viejos cuando lo vean? ¿Ellos saben lo que es Hogweed?”. Le expliqué que el lugar es estratégico para que nadie me lo vea. “Excepto algún que otro amante. ¿A ellos qué les vas a decir?”. “Bueno –expliqué- por eso me puse hogweed y no ALEJANDRO”. Así que nos dimos un beso y le dije: “Te quiero mucho”. Y él me contestó: “Yo también te quiero mucho”. Así que nos acostamos y él me acarició. “Ya no tengo de dónde agarrarte”. Me di cuenta de su preocupación porque me acariciaba la panza, las costillas (que me sobresalen bastante).
Y así nos dormimos, abrazados, amándonos hasta que tocaron la puerta. Era Romina: “¡Ale! ¡Sacame los mosquitos! ¡hay mosquitos en mi cuarto!”. No solo irrumpió mi escena romántica sino que además se acostó entre Alejandro y yo en la cama boca abajo y repitió contra la almohada “dale, no puedo dormir si no me sacas los mosquitos”. “Por mí quedate a dormir acá”- dijo Alejandro. Entonces me senté en la cama a verificar que aquel despliegue digno de un circo no fuera un sueño. Efectivamente, no era un sueño, era bastante más real que muchas cosas que habían sucedido esa tarde. Alejandro y Romina se quedaron hablando mientras yo esperaba azorada que se retiren y en caso de que tuvieran ganas de consiguieran un cuarto donde no estuviera yo para estar juntos. El problema era que la casa era de ellos y la única desubicada era yo. Hice como si no me molestara que Romina estuviese acostada entre Alejandro y yo (toda una alegoría ¿eh?) y esperé pacientemente. Alejandro se levantó y se fue con Romina a “matar mosquitos”. Me quedé dormida.
A la mañana escuché “buen día, buen día” y sentí un abrazo fortísimo que me despertó. Eran las siete de la mañana y para variar yo no había escuchado el despertador. “¿Te querés dar un ducha? Andá al baño antes de que te lo ocupen otros”. Sí, otros que no tendrían que estar en esa casa. Bañarme fue un placer porque me había muerto de frío toda la noche (Alejandro duerme tapado solo por una sábana ¡y yo sin calorías en el cuerpo estaba helada! ¡Me muero de frío todo el tiempo!).
Antes de bañarme Alejandro me preguntó: ¿Qué vas a desayunar? “Un té”, le contesté. “¿Pero para comer? ¿Tostadas? ¿Galletitas?” “No, nada gracias”. “Cielo, no almorzaste, no merendaste, no cenaste, ¿ahora tampoco vas a desayunar?”. Y yo inventé: ¿Cómo sabés si no comí ayer? Además cenamos juntos ¿o no te acordás?
Así que bajé a desayunar y estaba Ulises con Romina que lo estaba cambiando con la ropa de gimnasia del jardín de infantes al que asiste. Ulises tomaba Nesquik con una bombilla de mate y yo tenía mi té preparado. Le pregunté a Alejandro si él no tomaba nada y me dijo “yo ya tomé mate antes con Romi”. Fantástico: los adultos desayunaron primero y ahora los nenes tomábamos chocolatada.
Cuando Ulises y yo terminamos de desayunar, los cuatro nos subimos al auto de Alejandro y llevamos al bebé al jardín de infantes. Luego volvimos a la casa y la dejamos a Romina. Alejandro bajó a la casa a buscar una campera y quedamos la usurpadora y yo en el auto. Antes de bajarse me dijo: “Bueno Cielo, un gusto. Yo le digo a Ale que te traiga a cenar, que vengas. Vení cuando quieras ¿eh?”. No podía quejarme, no tenía nada en contra de ella: simplemente que vivía y ocupaba la posición que me pertenecía.
Alejandro volvió al auto para llevarme a la UCA. “Cielín, ¿te puedo pedir una cosa? Tomate un Actimel aunque sea. No sé si es rico o no, pero te da vitaminas. Y no engorda, no seas tonta. Aunque sea eso tomá. Mirá, tan feo no debe ser porque Ulises a la mañana se toma tres seguidos”. ¡Ulises a la mañana se toma tres seguidos! ¿Podemos dejar de hablar de eso? ¿Podemos evitar al niño con nombre parecido al de mi hija nonata? ¿Podríamos intentarlo siquiera?
Durante lo que restó del viaje me habló acerca de mi salud (o mejor no-salud). Así que me contentó otra vez con su preocupación extrema por mi salud. Estacionó justo en frente de la universidad y puso las balizas. Me fui caminando sintiéndome muy mareada y sin ganas de volver a tocar el libro de Bauman. Sintiendo en mi piel el olor de la suya, de su cama, de todo lo que había vivido esa noche, esa tarde. Con su perfume entre mis dedos, su nombre tatuado en mi cuerpo y la cabeza llena de Ulises.

5 comentarios:

Greendaymaniaco dijo...

ojala saquen su libro del mundo

Marcedance ♡ dijo...

si no has pasado por esto, no intentes entender..

Vero dijo...

por que lo van a sacar? que a vos no te guste es otra cosa. aparte esta contando su historia, tal asi de dura como fue.

Sol Pereira dijo...

Tanta bronca a un nenito que no tiene nada que ver? Pobre esa mujer está loca. Espero que esté en tratamiento.

Sari L. Correa dijo...

cuando la ternura de un infante está entre lo que amas y tú, así es como una se siente. Con la cabeza llena de 'Ulises'